Pasaron muchos años, demasiados sucesos, para que en el rincón en el que en marzo de 1970 fuera detenido José Mujica colgaran recortes de periódicos y fotografías de aquella tarde en la que el comandante Facundo, como lo llamaban en la interna del Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros, fue acribillado por agentes de la policía en el bar de La Vía, Montevideo, Uruguay. Mujica y dos de sus compañeros habían entrado a tomarse un café. Los policías les pidieron documentos. Mujica sacó una pistola Colt. 45 y les dijo que ese era su documento. Entonces empezaron a sucederse los hechos, que luego fueron versiones, y leyendas y mitos.
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Hubo gritos, por supuesto. Gente que salió del bar, despavorida. Curiosos que se asomaron por las ventanas. Meseros que se tiraron al piso. Los policías se lanzaron sobre Mujica. Se escucharon disparos. Uno, primero. Otros, segundos más tarde. El comandante Facundo fue inmovilizado, pero aún así, los golpes continuaron. Un oficial le disparó. Después otro y otro más. O eso dijeron los testigos, y eso manifestó él en sus posteriores declaraciones. “Fueron sus disparos”. Medio muerto, fue llevado a una ambulancia, y en la ambulancia, al hospital Militar de Montevideo. Cuando se recuperó, lo metieron en una celda, y después en otra y en otra, y de una prisión lo pasaron a otra.
Así comenzó su noche de 12 años, para recordar el nombre de un documental que contó parte de esa historia, Una noche de 12 años. Mujica, o el Comandante Facundo, o Ulpiano o Emiliano, había comenzado a luchar por los derechos de todos desde los 14 o 15 años. Antes, y después, trabajó con unas pequeñas plantaciones de flores que su padre les había dejado luego de su muerte a él, a su hermano y a su madre. Fue florista, y como florista y muchacho de la calle, conversó con otra gente de la calle. Con gente como él, y de charla en charla fue conociendo los problemas de la gente como él. Sus necesidades. Sus ilusiones.
Eran los primeros años 50. El mundo se había dividido entre los pocos que tenían, y tenían mucho y querían más, y los que no tenían, la gente como él. El tiempo pasaba. Aquella división se ahondaba cada día más. Unos vivían de los otros, y esos otros apenas si alcanzaban a vivir, hasta que de repente estalló la gran noticia, el primero de enero de 1959. Luego de numerosos combates contra el ejército oficial, unos barbudos habían logrado tumbar al presidente de hecho de Cuba, de la muy lejana Cuba, Fulgencio Batista. Los cables hablaban de un tal Fidel Castro, de un Camilo Cienfuegos y de un argentino, Ernesto Guevara, a quien conocían como el Che.
Muchos años más tarde, Mujica diría que “El mayor legado que nos ha dejado el Che es el amor por el ser humano… No se es revolucionario por empuñar un arma, se es si una parte de la existencia se vuelca a construir causas colectivas. Lo que más importa del Che no es su camino, sino sus sueños. El Che anda en las injusticias de nuestra América y hay que homenajearlo luchando”. De adolescente, guiado por su madre, doña Lucila Cordano, y mientras se involucraba en cuanto mitin obrero hubiera, Mujica conoció a un viejo político del partido de los Blancos, Enrique Erro, un hombre de mil batallas que jamás se había rendido en su batallar a favor de los necesitados.
Erro fue una especie de mentor para aquel muchacho, y siendo ministro de Industrias y Trabajo, lo envió a Cuba en 1960 al primer Congreso Latinoamericano de Juventudes de La Habana. Allí, Mujica terminó de convencerse de que la realidad uruguaya, aquella división entre los que tenían y los que no, debía transformarse, cambiarse, por medio de la política, y para ello no había otra alternativa que reformar desde sus cimientos el sistema político e involucrar, decididamente, a los trabajadores y al pueblo en general. En Cuba sintió, palpó, el fervor de ese pueblo por y con la revolución. Cuando retornó a Montevideo, empezó a buscar a quienes podrían unirse a su proyecto.
Algunos años más tarde, siguiendo el ejemplo de otros países, y con la revolución cubana como faro, surgió en Uruguay el Movimiento de Liberación Tupamaros, en el que confluyeron varias facciones de izquierda. Pese a que después se hubiera discutido en numerosas ocasiones la razón del nombre, y de que muchos cronistas hayan creído que era un homenaje al inca Tupac Amaru, el nombre fue tomado de una novela popular, cuyos protagonistas eran unos criollos que se enfrentaban a los europeos. Su símbolo era una estrella de cinco puntas, con una t en su interior. Era, como todas, una guerrilla de mil pensamientos y millones de rostros.
José Mujica hizo parte del grupo desde sus comienzos. Se le conocía en los núcleos revolucionarios por su practicidad, su meticulosidad y determinación. “Y no tenía claro cuál iba a ser mi futuro político -explicaría para el libro “Mujica”, de Miguel Ángel Campodónico, pasados varias décadas-. Fui dando pasos. Pero, haya sido como haya sido, insisto con que había quedado muy claro que sin ninguna coordinación había gente que pensaba las mismas cosas, que reflexionaba acerca de los mismos temas, en distintos lugares. En ese paquete estaba el ‘por acá la cosa no va, con esto no alcanza’”. Aquel ‘por acá la cosa no va’ significaba que aquella democracia era un remedo de democracia.
Nota del editor: recuperamos este texto, que es la primera entrega de cuatro sobre José ‘Pepe’ Mujica, publicado originalmente en noviembre de 2020, a propósito de la noticia de su fallecimiento.