José Rojas: de la palabra que hace yacer al que mira

El poeta antioqueño acaba de lanzar el libro "Marca y resonancia" con la editorial Ojo Mágico.

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Óscar Jairo González Hernández.
09 de agosto de 2018 - 12:47 a. m.
José Rojas, escritor.  / Cortesía
José Rojas, escritor. / Cortesía
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Ante la inminencia de lo irrevocable, la palabra hace eclosión para contener lo irrevocable del destino, del destino de quien no ha buscado nunca tratar con nadie, que no sea el mismo, o sea, en ese instante inescrutable, en el que se dice poeta, en silencio melancólico, es cuando decide revelarse. O cuando tiene que decirle al otro, que él extraño ante la extraña que sabe poseída de su misterio, ha de decirle que es poeta. Entonces desencadena la turbulencia del caos. No podrá vivir sino en el caos de lo que ha sido y que no será nunca más, sino por un instante, el del poeta.

No le conocemos sino cuando se revela como poeta pues proviene del ocultamiento, porque por la palabra es que se revela. Pero también la palabra que lo revelo como poeta vuelve a llevarlo al silencio como la quimera, lo hace quimera de nuevo. Y entonces se hace silencio en la carne misma de la palabra. La palabra es como la carne del que no se ha dicho nunca poeta y tiene que vivir en la carne viva, dolorosamente, cruelmente sin decirlo.

Y aún, tras hacerlo saber, continuará en él la carne viva de la palabra, en carne viva tendrá que ser poeta. Desde donde entonces la palabra será la carne viva. Contra la carne viva de la palabra, la palabra desnuda sin la carne viva. Desnudan los nudos de la palabra, pero él no lo hace, porque para él la desnudez es lo que destruye la carne viva. O porque ella es: Un espejismo sobre tu Sahara, / innombrable y desconocida mujer de pies pequeños.

Furia de los sentidos en esa condición de la disolución, de la combustión, que intenta asirse a la realidad, que todavía no tienen ni es. Los sentidos son las palabras que se abisman en ellas y abisman al que las desea tener. Tener es resultado de la tensión de la carne viva de la palabra con o en relación con su desnudez. Una mujer desnuda, no es una palabra viva, solo es carne su nombre. Y todo para decirla como: Sobre el abismo de tu mirada (…)/ tu lado del abismo, pequeña abisinia de delgados pies.

Y los pies, desnudos, equivalen al caminar sobre la noche del deseo o el mediodía de la luz proyectada en horizonte que los ilumina, que les da la luz que necesitan, entre la oscuridad. Caminar, no es la tarea de los pies, sino danzar como Gradiva. Danzar para que el deseo sea una mística de la mirada hacia luz que revela lo que tocará cuando el horizonte sea derribado por el movimiento en la temperatura misma que dan los pies a la mirada. Perturbación de los sentidos entonces, que se mueven en ondulaciones insinuantes hacia los hombros que exclaman de furor exótico, ante la “belleza convulsiva” de la mano, porque ella es: Abrazo feroz de lluvias calcáreas, / boca dulce como un naufragio.  

Mirar es morir, morir es quedarse sostenido en el deseo de la luz que hace una fisura tormentosa en la vida. Y hace una incisión luminosa para mantener la mirada en el vórtice de los elementos de una naturaleza inquietante y misteriosa, la femenina y por ello: Caminas frente a mí,/pasas así con tu belleza pegada a tus largas y pequeñas piernas.

De nuevo entonces: Esa palabra que lo revela como poeta, es la palabra que estaba poseída en la mujer que mira y toca, que desnuda y cubre de nuevo con su mirada frenética y delirante. Mide delirantemente a la mujer en su deseo, para que ella pueda entonces hacerse palabra y revelarla, pero sin él, ya que ella no lo es todo en esa incesante duda que lo hace no ir hasta ella sin que él lo decida en la excitación misma.

Excitar los sentidos, para sentir.  Deseo es lo que forma este libro, del poeta José Rojas, quien no puede decir de sí mismo que lo es, que es poeta, porque él mismo quemo sus palabras, en un incendio que él mismo causó, para ser ella a la que canta. No tiene deseo por la palabra sino por ella, o al revés, transformada ella en palabra, para que el poeta pueda morir, mirando al horizonte a la de los pies descalzos, la Gradiva. Y así entonces, podemos decir de la palabra que hace yacer al que mira.

Por Óscar Jairo González Hernández.

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