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Juan José Millás, Juan Luis Arsuaga y el arte de la conversación

El escritor y el paleontólogo españoles publicaron el libro “La vida contada por un sapiens a un neandertal”. Un fragmento en el que hablan sobre la vejez y la muerte en tiempos de pandemia.

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Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga * / Especial para El Espectador
16 de febrero de 2021 - 08:04 p. m.
Juan José Millás (izq.), además de escritor, es filósofo, y Juan Luis Arsuaga, además de paleóntologo, es profesor en la Universidad Complutense de Madrid.
Juan José Millás (izq.), además de escritor, es filósofo, y Juan Luis Arsuaga, además de paleóntologo, es profesor en la Universidad Complutense de Madrid.
Foto: Cortesía de Penguin Random House
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El paleontólogo me toma del brazo y comenzamos a alejarnos de la sepultura del genio.

—Esta visita —dice— nos sirve por lo menos para introducirnos en el asunto que te quería explicar.

—Tú dirás. (Le puede interesar: Lectura de “Que nadie duerma”, reciente novela de Juan José Millás).

—Cajal tiene un libro precioso que se titula El mundo visto a los ochenta años. Cuenta en él cómo se siente en la vejez. La vejez y la muerte son dos de los grandes problemas de la ciencia. ¿Por qué envejecemos y por qué morimos?

—Bueno —digo—, ahora se dice que la vejez es reversible. Muchos investigadores hablan de ella como de una enfermedad curable.

—Exactamente. ¿Pero cómo es que cada especie tiene su vejez? ¿Por qué la vida de un conejo es de cinco años y la de un humano, de noventa? ¿Dónde está ese reloj? ¿Hay una programación? Si fuera una enfermedad, ¿se podría transmitir? ¿Sería contagiosa?

—Pues no sé —titubeo. (Recomendamos: entrevista sobre periodismo y literatura con Juan José Millas).

—La gente habla por hablar —afirma Arsuaga—. Ahora vamos a hablar con seriedad.

—Vale —convengo.

—¿Por qué tenemos que morir? ¿Por qué las células de todos los órganos no se autorreparan para evitarnos la muerte del mismo modo que se reparan cuando nos hacemos una herida? Sentémonos en ese banco.

Nos sentamos en un banco de piedra un poco frío para mi gusto, pero decido no quejarme.

—Dímelo tú.

—¿Que te diga qué?

—Arsuaga, ¿te has dado cuenta de que tienes ausencias?

—Ausencias cómo.

—Yo diría que de carácter budista. De súbito te evades como si entraras en uno de esos trances de la meditación trascendental. Te admiro por eso.

—No digas tonterías. ¿Qué querías que te dijera?

—El porqué del envejecimiento y de la muerte.

—No se sabe. Son los dos grandes enigmas de la ciencia. Los mayores enigmas de la biología a partir de Darwin.

—Pues creí que me ibas a hacer una gran revelación.

—Mira —dice volviendo la vista absurdamente a derecha e izquierda, como el que está a punto de confesar un secreto—, como nos vamos a hacer ricos con este libro, llevaremos a cabo una investigación en el siguiente. Viajaremos por todo el mundo, iremos a los mejores sitios, haremos las preguntas adecuadas y publicaremos el estudio más exhaustivo que se haya realizado nunca sobre la vejez y la muerte.

—Mejor vamos a caminar —digo, porque me estoy quedando frío. Nos levantamos. El paleontólogo sigue hablándome al oído, como si los muertos pudieran escucharnos.

—No debemos desvelar estas claves ahora porque constituirán el núcleo de nuestro próximo trabajo.

—Pero no estaría mal que avanzáramos algo.

—Me parece una pena destripar lo que en su día podría ser una bomba. Tendremos que viajar mucho, indagar mucho, porque el asunto está lleno de derivadas.

—¿Crees que la inmortalidad da para un libro?

—Da para una biblioteca —dice riéndose—. Otra cosa es que sepamos contarlo con gracia, que yo creo que sí. Ahora en serio: vamos al asunto que nos ha traído hasta aquí.

—Todavía no sé cuál es.

—La longevidad y la esperanza de vida.

—Ya —digo decepcionado.

En esto, pasa por delante de nosotros un autobús vacío, el 110.

—No sabía que hubiera autobuses en el cementerio—dice Arsuaga.

—Yo tampoco.

—¿Qué número era?

—El 110.

—¿Existirá el 666?

Me río. Nos reímos.

—La selección natural —continúa Arsuaga— consiste en la supervivencia de los mejores. Hemos tenido cuatro mil millones de años para seleccionar a los mejores. ¿Cómo es posible entonces que seamos una mierda? ¿Cómo es posible que nos mate un virus? ¿Por qué solo duramos noventa años? ¿Qué pasa aquí?

—Es lo que digo yo: ¿qué pasa?

—Ya lo averiguaremos. De momento, vamos a lo que íbamos, que era...

—Ver la diferencia entre la esperanza de vida y la longevidad.

—Muy bien. Si este asunto sobre el que hay tanta confusión queda meridianamente claro, me doy por satisfecho.

—¿La longevidad no depende del aumento de la esperanza de vida?

—Eso es un disparate. La longevidad, toma nota, es una propiedad de la especie. Cada especie tiene la suya.

El perro vive en torno a quince años; el gato, un poco más; el elefante, setenta, igual que la ballena o el delfín. Por ahí andan las cosas.

—Según eso, ¿la longevidad de nuestra especie no ha cambiado? ¿Era la misma hace trescientos años o tres mil que ahora?

—Y tanto. Era la misma, aunque la esperanza de vida en 1900, por ejemplo, era de treinta años.

—¿Y cómo se explica esa contradicción?

—Me paso la vida intentando que lo entiendan mis alumnos: se explica por la mortalidad infantil. Lo que llamamos esperanza de vida de una población es en realidad la edad media de muerte de sus individuos. Si la mortalidad infantil es muy alta en una época, la media baja y al revés.

—O sea, que la longevidad en la Edad de Piedra era, para la especie humana, la misma que ahora, solo que morían muchos niños.

—Exacto.

—No era tan difícil.

—Pues estoy seguro de que lo olvidarás y tarde o temprano volverás a decir que nuestra generación vive más años que la de nuestros padres.

—Es que la percepción es esa.

—Es que la percepción engaña. Recuérdalo: la esperanza es el número de años que, estadísticamente hablando, te quedan de vida, y no son los mismos si los calculas cuando tienes un año que cuando tienes sesenta. Cambia todo el rato. La mortalidad infantil es brutal en todas las especies de mamíferos, en la nuestra también. En el Paleolítico no se vivía treinta años, como suele decirse, sino que la mortalidad infantil era muy alta y el promedio de muertes arrojaba esa cifra.

—Entonces, ¿un hombre de Altamira no era un viejo ya a los treinta años?

—¿Qué dices? Estaba mejor que uno de cincuenta de hoy. Se pasaba la vida haciendo ejercicio, comía carne magra, vivía al aire libre, sin contaminación. No tenía un gramo de grasa. La medicina recomienda ahora llevar una vida como la del Paleolítico.

—Pues yo siempre he oído que envejecían antes.

—Es lo que estoy intentando quitarte de la cabeza, pero seguro que cuando llegues a casa me llamarás por teléfono para que te lo explique otra vez.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Alfaguara.

Por Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga * / Especial para El Espectador

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