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Juego de caballeros: cuando el fútbol era un asunto de honor

Juego de caballeros, la miniserie de Netflix, evoca los inicios del fútbol en Inglaterra y suscita una época en que el deporte era un asunto de honor.

Andrés Osorio Guillott

11 de marzo de 2021 - 03:57 p. m.
Fergus Suter (Kevin Guthrie-izq.) y Arthur Kinnaird (Edward Holcroft), protagonistas de la serie Juego de Caballeros.
Foto: Netflix
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El fútbol es lo único que los mantenía con esperanza. Esa idea se desarrolló en Juego de Caballeros. El fútbol, que por sus pasiones despierta amigos leales y enemigos acérrimos, se convirtió en el escape de una pequeña comunidad obrera al norte de Inglaterra.

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Omitamos por un instante todas las teorías y mitos sobre el origen del fútbol. Vayamos a la Inglaterra de finales del siglo XIX. La desigualdad social se hizo mayor con el auge de la revolución industrial. Las élites aprovecharon el desarrollo económico para aumentar sus arcas, mientras los obreros trabajaban más por menos. Una brecha insalvable que fue creando dos mundos en todo el planeta, uno que tenía pocos habitantes y una cantidad apoteósica de dinero, y otra que cada vez tenía más sobrepoblación y menos recursos financieros.

“Fergus Suter, tú y yo haremos historia. Para eso te traje. Solo los nobles levantan la copa. Hombres de escuelas refinadas, ropa refinada y vidas refinadas. Imagina que la levanten hombres como nosotros”, le dijo James Walsh, dueño de uno de los molinos de Darwen, una villa situada en Blackburn, a Fergus Suter, un jugador de fútbol que venía de Escocia para hacer parte del equipo del pueblo. Una estrella, una leyenda, el primer futbolista junto a Jimmy Love, su compañero, en obtener un sueldo a cambio de dedicarse a ser el mejor dentro de la cancha.

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Arthur Kinnaird, banquero y futbolista, hacía parte de los Old Etonians. Por su relación con su esposa y por su añoranza de tener un hijo y ser un ejemplo para él, cierto llamado a la justicia se despertó en él. Su equipo, dentro de la trama, era conformado por la misma junta directiva de la Asociación Inglesa de Fútbol. Era imposible perder. Como él mismo lo dijo: “inventamos este juego para los nobles”.

Hombres de traje negro, camisa blanca, corbatín negro, sombrero y bastones del mismo color. Todos en carruajes, con sus posturas rectas y sus palabras vestidas con la misma elegancia con la que hacían negocios y llevaban una vida paralela al deporte. Una vida cómoda. Del otro lado, de dónde surgiría la épica, hombres de pantalones y camisas desteñidas, sin sombreros y corbatines, con los zapatos percudidos por el barro. Todos obreros que trabajaban de sol a sol para sostener a sus familias con sueldos que eran descontados cada tanto por los grandes empresarios para no provocar una crisis económica de gran escala. Salvar la economía y condenar a los olvidados. Una primera imagen del capitalismo rampante.

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Unos cenaban hablando de negocios y del fútbol con altivez, creyendo que lo ganarían todo por ser los dueños del deporte; otros se encontraban en cantinas para tomar cerveza, reír y hallar espacios diferentes a los molinos donde salían sudados y angustiados por el pan de cada día. Los partidos se jugaban entonces por el honor de representar a su gente, en medio de la diversión había un compromiso tácito de darles la alegría que la vida y el sistema les arrebataba constantemente.

Las críticas al poder y a la misma brecha social. El fútbol a merced de la élite y del dinero. Fergus Suter y Jimmy Love, que llegaban a Darwen para ganar la FA Cup, terminaron jugando en el Blackburn por una mejor propuesta salarial. Una rivalidad acérrima entre dos clubes que compartían el mismo origen obrero y las mismas ansías de arrebatarle la copa a los dueños del deporte. Las tensiones fuera del campo terminan influyendo en lo que pasa dentro de él. La vida misma parece no haber cambiado en 140 años.

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“Los que juegan por dinero nunca dan tanto como los que lo hacen por amor al juego”, más que una frase parece una máxima. Y en tiempos donde los jugadores valen millones euros, donde los salarios son más altos que las de un presidente, parece que se olvidó esa ley del honor. En sus principios todos juegan por diversión y compromiso, pero los ceros aparecen y la opulencia vence a la lealtad. Y aunque Suter encarna un hecho inédito en el fútbol inglés en aquel entonces, termina siendo él un profeta de los tiempos venideros y de cómo las dinámicas del mercado terminarían apoderándose de un deporte que también desde sus inicios no pudo quedarse arraigado a la clase alta, sino que se hizo democrático y ansiado por todos.

El poder que les hace creer a los hombres que pueden acomodar las leyes a su antojo, a su beneficio. El cargo de consciencia de Kinnaird para reconocer que el deporte le puede pertenecer a todos, y que su estatus no se verá perdido si replantean la manera en que el fútbol está diseñado. Ser capaz de trascender y de ver que los tiempos exigen cambios que resultan positivos para todos. De ser inadmisible que un equipo pague por un jugador a aceptar que del deporte también se puede vivir dignamente. Una final entre la clase alta y la clase obrera. El fútbol agresivo, ordenado según su época, jugado con zapatos, pantalones y camisas de manga larga hechas de algodón. Un balón café de cuero. El poder contra la resistencia. Ganar en nombre del honor, del honor que para unos es mantenerse siempre en lo alto, el honor de otros que es ganar en nombre de sus familias y de sus tierras. Romper los paradigmas. Cumplir el sueño. Dejar en la historia que nunca más un equipo amateur volvió a ganar la FA Cup como ocurrió a finales del siglo XIX. Invitar a conocer el verdadero relato e igual comprender que por al Blackburn Roves (su nombre real) existe una anécdota de que un equipo lleno de obreros, en todo el sentido de la palabra, fue capaz de derrumbar la estructura de la burguesía en Inglaterra gracias al fútbol.

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