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Juguetes caducos: reflexiones infantiles a propósito de Toy Story 5

El crítico de la columna Cuadro por cuadro y su visión sobre la importancia de desinfantilizar el cine de animación.

Por Deivis Cortés * / Especial para El Espectador

28 de julio de 2026 - 10:00 a. m.
Buzz Lightyear y Woody en Toy Story 5 de Disney y Pixar. / Foto cortesía de Pixar.
Foto: Pixar - Pixar
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1.

Vi Toy Story 5. No había niños en la sala. Punto positivo para la experiencia. Aunque escogí una función entre semana y en pleno mediodía, me sorprendió encontrar la sala relativamente vacía y notar que las pocas personas presentes eran mayores de 35 años. Complicidad nostálgica. Todos los que estábamos allí saldábamos una deuda con ese niño noventero que asistió al milagro de la primera Toy Story (1995). Mientras proyectaban ese vergonzoso comercial de la ruta 90 de Cine Colombia, mirábamos hacia la puerta temerosos de que ingresara en la sala algún padre de familia cargando un niño en brazos, infante que tuvo que arrastrar consigo dada la cancelación repentina de una niñera que seguramente estaría también en cine, pero al otro lado de la ciudad y con un acompañante de esos que juegan FIFA. No sucedió. También temíamos el ingreso de algún adulto agarrando la mano de un niño pequeño, de esos que son adorables hasta que empiezan a preguntarlo todo: “¿Quién es ese?” “¿Por qué tiene la cara así?” “¿Por qué mi mamá ya no vive con nosotros?”. Mirábamos a la puerta temerosos de que se arruinara esa cofradía accidental que se había armado, ese club de treintañeros que había hecho un lugar en su semana para reencontrarse con su infancia desde un registro crepuscular, esos treintones que nos habíamos asomado con timidez a la sala para verificar si Pixar seguiría estirando el chicle de una historia que ya había concluido satisfactoriamente en la parte tres y que se había extendido de manera innecesaria con una cuarta entrega que olía más a accesorio que a juguete nuevo. Nos preguntábamos si volverían a arruinarlo o si realmente habían logrado esa tarea tan compleja que es hacer una secuela digna, tal como lo fue la segunda parte en su momento, un “episodio dos” del que muchos dudamos, pero que nos cerró la boca a punta de calidad, ingenio y riesgo.

2.

De hecho, vi Toy Story 2 por primera vez en el colegio, durante la clase de música en un salón lleno de guitarras desafinadas. El profesor, un señor canoso al que todos llamaban “Miguel Jaime” (nunca supe si Jaime era su segundo nombre o su apellido), no había preparado clase y optó por ponernos una película de moda que había conseguido en el videoclub de su barrio. Todavía no tenía carnet de cinéfilo, pero había visto suficientes secuelas de Disney para desconfiar: Pocahontas II: Viaje a un nuevo mundo (1998) y Aladdin II: El regreso de Jaffar (1994), película que “regresé” antes de tiempo por miedo a que alguien más en la familia se expusiera a esos horrores. Así que miré a la pantalla catódica en ese salón de música con más escepticismo que interés, pensando que estaba ante una pérdida de tiempo que evitaría en otras circunstancias, pero que agradecí en ese contexto escolar agobiante. Sin embargo, cuando tocaron el timbre del recreo y todos los niños preferimos renunciar al descanso con tal de ver qué pasaba con ese coleccionista malvado que había secuestrado a Woody, supe que estaba ante algo especial y prometí que, pasara lo que pasara, vería Toy Story 3 en cine. Diez años después, cumplí la promesa, aunque las cosas no salieron como lo esperaba.

"Jessie, la vaquera, se enfrenta, tras algunos momentos felices, a la repetición de ciclos y patrones".
Foto: Pixar - Pixar

3.

No fuimos a ver Toy Story 5 el día de su estreno ni elegimos verla un fin de semana con puente festivo. Tampoco fuimos tan osados como para dejarla pasar y esperar su estreno en Disney Plus. Hicimos algo a medio camino entre el cinismo y la ingenuidad: asistir a las salas, pero relativamente tarde, casi como entrando de puntillas y susurrando el título en taquilla. Asistimos tarde porque queríamos evitar a los niños, asistimos tarde porque los adultos que disfrutamos del cine de animación (tenga o no que ver con nuestra infancia) tenemos derecho a una proyección fluida, sin interrupciones “adorables” y sin recibir regaños de sus padres adolescentes cuando hacemos “shh” pidiendo que se respete el silencio ceremonial que debe reinar en el templo fílmico, el silencio que creímos haber pagado con el importe de la entrada. Me pasó con Toy Story 3 (2010): tuve que verla tres veces en sala, no solo por lo conmovedora que resultó, no solo porque es numerológicamente pertinente ver tres veces la tercera parte de una saga. Lo hice porque en ninguna de las tres proyecciones pude concentrarme plenamente y tuve que acudir a la repetición para llenar los huecos que las interrupciones cavaron. En efecto, por más de que me esforzaba en escoger la silla más aislada, por más de que me persignaba y me encomendaba a santos en los que no creo, me correspondía como vecino de butaca un niño más ruidoso que el anterior y unos padres más permisivos que los siguientes. En algún momento probé con hacer “shh”, el mismo que a veces me toca desenfundar ante adultos charlatanes. Error. La madre del niño ruidoso, después de indignarse, respondió: “De malas. Esto es una película para niños”. No estoy de acuerdo. Es una película que también pueden ver los niños. Es una película que se ambienta en el universo de los niños. Cierto. Pero, claramente, es una película que aborda temáticas tan adultas (abandono, pérdida, duelo) que ojalá ningún niño tenga que sufrir y que los adultos comprendemos mejor. De hecho, esa misma madre, en las secuencias más maduras de la película, pronunció en voz alta la expresión “Qué película tan buena” sin que nadie se lo preguntara ni viniera a cuento. ¿Lo dijo para su hijo ruidoso? No. ¿Lo dijo para atraer a un potencial padrastro presente en la sala? No estoy seguro. Creo que lo dijo para sí misma o, mejor dicho, para esa niña noventera (pre embarazo) que se había identificado con Andy, luego con Jessie y ahorra llevaba a su hijo a la sala esperando que se identificara con Bonnie.

4.

Toy Story 5 explora en un tono ligero (aunque profundo) varios temas de interés que podrían escapársele a los niños más pequeños: el rechazo, el abandono, el fin unilateral de una relación (amistad o pareja), el deseo de encajar y la traición a la propia identidad con tal de conseguirlo, la crueldad repentina de personas que parecían aliadas y la adicción a la novedad que puede causar que nos distraigamos de lo que “verdaderamente importa”. En ese sentido, es altamente meritorio que el arco que se siga sea más el de Jessie que el de Woody. Como recordará el espectador, Jessie hace su aparición en Toy Story 2 en el rol de juguete con tusa, el juguete despechado y con “herida de abandono” como dicen las muchachas con capul que llevan un año asistiendo a terapia. Jessie fue abandonada por su primera dueña y ese abandono dejó una herida muy profunda, un trauma que le generó miedo a los niños y un horror a sufrir otra pérdida. Woody logra hacerle entender que puede tener una segunda vida con un dueño distinto (Andy) y que puede encontrarle sentido a su existencia si juega de nuevo, una dinámica similar a la que viven los vampiros que se enamoran de humanos y los ven morir de viejos, pero se consuelan cuando encuentran un nuevo amor en un humano más joven que alcanza edad adulta; en resumen, la dinámica clásica de “hay muchos peces en el mar” o “un clavo saca otro clavo”.

Sin embargo, en esta quinta parte y ya siendo Bonnie la tercera dueña de Jessie, la vaquera se enfrenta, tras algunos momentos felices, a la repetición de ciclos y patrones: el desinterés progresivo, el jugar cada vez menos y el reemplazo por un objeto diferente, ya sea el teléfono de disco o la tablet táctil. Hay algunas trampas de guion que están allí para que el arco de Jessie discurra con mayor claridad y rapidez, como la dirección de su primer hogar que milagrosamente no se borra pese a todos los años que han pasado. Pero si se hacer un esfuerzo por perdonarle a la película eso, podemos asistir al viaje de una Jessie que tiene la difícil tarea de volver a los orígenes, regresar al hogar donde fue abandonada, que es casi como visitar el barrio de la ex novia para buscar trabajo. Allí en esa casa, Jessie se encuentra con tres aparatos electrónicos primitivos, un entrenador para ir al baño, una cámara fotográfica para niños y un GPS, encuentro que permite un descubrimiento maravilloso: los aparatos electrónicos, la mal llamada “tecnología”, también caduca como sucede con los juguetes. Mentiras. Ni siquiera caduca de igual forma o a la misma velocidad, caduca más rápido: Jessie pudo gozar de la atención de sus dueños durante años, pero estos híbridos (mitad juguete, mitad dispositivo) solo pudieron disfrutar de los suyos por tres meses. Jessie se da cuenta de que los aparatos electrónicos también son susceptibles de ser abandonados, también pueden experimentar “heridas de abandono” y también pueden sentirse relegados por aparatos más sofisticados o por el mero crecimiento del infante, por su cambio de prioridades, como sucede cuando una niña con capul obtiene atención masculina en su nuevo empleo.

“Nosotros servimos para jugar, pero la tecnología sirve para todo”. La frase lapidaria que pronuncia Woody pareciera indicar que “la tecnología” es inmune a la obsolescencia, cuando, de hecho, es más vulnerable que cualquier otro objeto. La tecnología sirve para todo, incluso para caducar y habiendo caducado como objetos vigentes o útiles, pueden ser reciclados en forma de juguetes tradicionales, como efectivamente sucede en la película. El trio de dispositivos híbridos, gracias a la intervención de Jessie, participa de ese ritual mágico llamado “jugar”. Y uno de los grandes momentos de la película tiene lugar cuando Jessie arma toda una estrategia para que Blaze juegue nuevamente con ellos, para que cree una puesta en escena con trama de espionaje incluida y con una reescritura en caliente que recuerda al argumento de Mentiras verdaderas (1994).

Fue emocionante reencontrarse con esas escenas de “niño jugando” y hablo de aquellas donde se registra esa práctica “desde afuera” sino esas escenas donde la narración se convierte en cómplice de la imaginación infantil y recrea sus ensoñaciones lúdicas. El niño oficia como guionista y director de una película imaginaria donde el escaso presupuesto (una sola locación, cero equipo técnico) se infla a punta de imaginación gracias al talento actoral de unos juguetes que dan lo mejor de sí (cumpliendo su propósito ontológico) para materializar esa fantasía. Así como Tory Story 3 nos entregó por primera vez, después de 15 años, la recreación de lo que Andy imaginaba mientras juega (jugaba), en Toy Story 5 hacen lo propio con Bonnie y con Blaze, puestas en escena con una paleta de color rica en tonos pastel para reforzar la diferencia de género, pero con todo el dinamismo y el desenfreno de la imaginación infantil. Aunque esa diferencia se resuelve desde lo reduccionista (los niños imaginan así mientras que las niñas lo hacen de este otro modo), resulta estimulante y muy conmovedor la fuerza con la que se ilustra la seriedad e intensidad que Freud identificaba en el juego de los niños; además de ese quiebre existencial que implica para un juguete el hecho de que se desperdicie su potencial actoral, el hecho de que se le deje de lado y ya no se juegue con él.

LOS ÁNGELES (Estados Unidos), 10/06/2026.- El perro Lucas llega a la alfombra roja para el estreno mundial de 'Toy Story 5' en el Dolby Theatre de Los Ángeles, California, EE. UU., el 9 de junio de 2026.
Foto: EFE - CHRIS TORRES

5.

Sin embargo, en una película llena de imágenes y conceptos poderosos, resulta decepcionante que la resolución tenga lugar desde lo “satisfactorio”. Jessie era uno de los personajes más interesantes de la saga justamente porque representaba la insatisfacción ante la pérdida, una perdida injusta, no merecida, un abandono brutal capaz de sumir en depresión a cualquiera. Jessie hace muchas cosas para evitar de nuevo esa pérdida y, en el proceso, se da cuenta de que el enemigo no son los dispositivos, sino el crecimiento perse, el cambio. Y aunque aprende muchas cosas y desmonta muchos prejuicios, cuando el personaje toca fondo ante el rechazo explícito de Bonnie (“no juego con juguetes aburridos”), todo su aprendizaje parece evaporarse, culpa de nuevo a SmartyPants porque “los niños crecen más rápido por culpa de ustedes” y, ebria de dolor, intenta un gesto suicida: arrojarse por la ventana. Salvo que, al tratarse de una película “para niños”, este suicidio no es tal, es simplemente una renuncia performática (pataleta) que se sintetiza en ¿ir al árbol donde empezó todo? No tiene sentido. Pero digamos que lo admitimos, principalmente porque no tenemos opción y ya pagamos la boleta. Digamos que le ayudamos a la película y admitimos que es (ligeramente) posible que alguien abandonado decida refugiarse en un lugar donde vivió momentos felices con otra persona que también la abandonó. Digamos que lo admitimos, pero lo que sigue después ya es mucho más difícil de procesar: Jessie encuentra la salvación a su dolor, la clave que le ayuda a procesar su pérdida, literalmente cavando en la tierra y después de seguir una flecha (con su nombre) tallada en un árbol.

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La renuncia la lleva a la salvación. El dolor por Bonnie que la impulsa a inmolarse regodeándose en la tusa por Emily termina, paradójicamente, salvándola y ayudándole a encontrar una solución cursi para lidiar con su dolor: Emily me abandonó, pero le puso mi nombre a su hija, lo que quiere decir que no me olvidó del todo. Triste. Muy triste. Algo que recuerda la resolución de Soul (2020), ese desenlace donde el protagonista que lucha toda su vida por hacer música, termina aburriéndose de la rutina del oficio después de apenas una noche y mágicamente descubre que su vocación no está en la música sino en “disfrutar de las pequeñas cosas de la vida”. Ridículo. Algo igual de decepcionante pasa con Jessie: por conveniencia de la trama, en pos de la síntesis y el esquematismo que todo largometraje industrial exige, el personaje se reconcilia con su dolor en tiempo récord y con una píldora mágica de información visual; ingiere y perdona, literalmente traga entero y se cura al entender que no es que su dueña dejó de quererla, sino que la quiso de una forma distinta a la que ella esperaba, la quiso desde la distancia, como me dice cierta amiga que me deja de hablar por años y al reclamarle responde con una máxima que ni ella misma se cree “yo no tengo que hablar con mis amigos para quererlos”. Tonterías. Si Emily la quiso todo el tiempo, no tiene sentido que la haya abandonado debajo de la cama mientras hablaba por teléfono y se convertía en una adolescente. Si Emily la quiso todo el tiempo, pudo haber hecho algo para buscarla en lugar de dejarla en una caja para donaciones, pero no la buscó justamente porque dejó de importarle y cuando dejamos de importarles no nos buscan ni nos piensan por más de que así lo deseemos y por más de que el “me va a extrañar” de Ricardo Montaner nos brinde ese bálsamo de consuelo. Y aunque el homenaje que le hace Emily al ponerle el nombre de Jessie a su hija podría sonar bonito y tierno para alguien menos pesimista, no deja de ser una solución fácil, simple y forzada en lugar de una elaboración coherente. Desenterrar esa solución tan simple echa por tierra todo lo que planteaba Toy Story 2 (“los niños nos abandonan cuando crecen”) para plantear algo más cursi y blando que sería: “aunque parezca que nos abandonan cuando crecen, en realidad siempre estamos en su corazón y si llegan a tener hijos, puede que le pongan nuestro nombre como muestra de lo mucho que les importamos”.

Esa resolución simplista duele el doble justamente porque la película se había atrevido a plantear situaciones complejas con múltiples capas y zonas grises. Una Bonnie ambivalente que es capaz de negarse a sí misma por tratar de encajar, unas aparentes nuevas amigas que se burlan de ella en la primera oportunidad, una Tablet aparentemente malvada que es capaz de entender el mal que hizo, unos dispositivos que son, pero que tampoco escapan al dolor de sentirse abandonados… Todo eso se tira por la borda con la solución simple del desentierro, un desentierro que, para más inri, hace un caballo con unos cascos: herramienta completamente inútil para cavar, a menos que el objeto haya sido enterrado superficialmente y no por la niña, sino por el guionista que necesitaba resolver de prisa para seguir avanzando.

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6.

Los treintañeros que nos sentíamos cómplices sufrimos la traición de esta solución simplista, sentimos que nos jugaron sucio y nos arrepentimos de todas las veces que hicimos la vista gorda ante agujeros argumentales, todas las veces que forzamos la credibilidad para ayudarle a los guionistas en agradecimiento por los aciertos y riesgos tomados, a esos guionistas que creíamos nuestros amigos. Ante el juego sucio nos cansamos de esforzarnos y volvemos a ver la película para dejar de lado el manoseo emocional y dedicarnos a contabilizar esos esfuerzos, como quien echa en cara infracciones deportivas.

Hay que hacer un esfuerzo por creerle al guionista cuando nos asegura que Blaze nunca había jugado con estos dispositivos a pesar de que la niña los tuvo a una edad muy temprana, a pesar de que los niños juegan con todo lo que tienen a la mano, incluso con aquellos objetos que no son oficialmente juguetes. Hay que creerle al guionista que nos plantea un Smarty Pants es capaz de enviar correos electrónicos (¿para qué un niño querría enviar un email en plena deposición? ¿Para pedir papel higiénico electrónico?). Y hay que creerle cuando nos plantea que ese envío tarda mucho porque se hace mediante un sistema obsoleto, pero, por conveniencia de la trama, se da de manera veloz para propiciar la vertiginosidad del tercer acto.

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Hay que hacer un esfuerzo sobrehumano por creerle al guionista que plantea una subtrama aventurera que parece más sacada de una fantasía similar a la que tuvo Hitchcock cuando visualizó un Golden Gate infestado de pájaros o un barco en altamar cuya tripulación entera desaparecía sin explicación. Se trata de imágenes poderosas o de situaciones tan potentes que no resistieron un desarrollo coherente (al menos en la tradición más canónica) y por eso se abandonaron como ideas. La imagen de un container lleno de Buzz Lightyears es poderosa, la idea de un comando estelar que atraviesa una porción de territorio lleno de obstáculos en pos de cumplir una misión es impactante y lleva más lejos ese encuentro de Buzz con sus hermanos de serie que se da en la segunda película. Ese inicio trasmite unas emociones más propias del cine de aventura y exploración y resulta pertinente que las dirija un viejo lobo de mar como lo es Andrew Stanton, director de Wall E (2008) y de Buscando a Nemo (2003), veterano de la factoría Pixar que, sin embargo, naufragó cuando intentó surcar los mares de la acción viva (John Carter - 2012). Y aunque se agradece una aventura de Buzz que medio solvente la decepción que resultó ese (otro) spin off fallido que fue Lightyear (2022), es evidente que se trata de un capricho que se integra a la fuerza en la historia de Jessie, un capricho que se obliga a funcionar a fuerza de arbitrariedades, principalmente porque no se entiende muy bien cómo este ejército de Buzz se deja deslumbrar por una estrella de Sheriff y la asocia con el comando estelar al que rinden pleitesía y dos, cómo es que en plena era de las tablets, los teléfonos celulares y demás, siguen fabricando juguetes de Buzz Lightyear “actualizados”, cuando es claro que después de 30 años es una marca que ya debió haber caducado también.

Podría decirse que la saga Toy Story (y las mejores obras de la factoría Pixar) son películas con varias capas y muchas aristas de complejidad. Así como el niño disfruta de los tortazos, la comedia física, el mundo colorido y los chistes fáciles, el adulto se conmueve, llora y admira la capacidad del relato animado para tratar temas complejos. Sin embargo, es importante que una película que le apueste a hablarle a una generación que vivió su infancia en el siglo XX, no se contente con lanzarle guiños y provocaciones apelando al tratamiento de temas adultos: el desarrollo de esos mismos temas debe estar a la altura de su planteamiento y no escamotearse con soluciones baratas que se defenderán con el argumento “es una película para niños”. En una discusión cultural que, de la mano de gente como Guillermo del Toro, trata de desinfantilizar el cine de animación, es importante que tanto niños como adultos puedan disfrutar de ese cine en óptimas condiciones para que cada sector poblacional pueda extraer para sí lo mejor de la experiencia.

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* Realizador y analista audiovisual. Magíster en Escrituras Creativas. Extra con parlamento en Con Ánimo de Ofender (serie web). Crítico de cine en El Espectador. Lea otra crítica de este autor aquí.

Por Por Deivis Cortés * / Especial para El Espectador

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