Así es el comienzo de la vida / como la mata de tabaco / así como usted / así como usted / la pequeña mata de tabaco / así como usted / así como usted / está sembrado en la chagra.
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En medio de la Amazonia vive la comunidad indígena uitoto. Para llegar hay que tomar una avioneta que va a La Chorrera una vez por semana.
En La Chorrera aún permanece en pie uno de los centros que más afectó a las comunidades indígenas en el siglo XX. Hacia la mitad del siglo XIX la selva Amazónica empezó a ser el centro geográfico de deforestaciones a cuenta del boom económico del caucho. En 1901, por un sueño de riqueza, el peruano Julio César Arana abrió las puertas de la Casa Arana, en La Chorrera, con apoyo del ejército de su país. Allí las comunidades indígenas uitoto, okaina, muinane y bora padecerían masacres, torturas con látigos y cepos, y tráfico de esclavos durante tres décadas. La Casa Arana aparece en el recorrido de Arturo Cova y Alicia en La Vorágine, de José Eustasio Rivera.
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Esta casa contrató a capataces que controlaban los caminos de la explotación cauchera en la zona. En ese entonces Inglaterra era el mayor comprador de caucho. Pero ante la denuncia del ingeniero estadounidense Walter Hardenburg de lo que ocurría en la Casa Arana, los británicos enviaron al cónsul Roger Casement para que investigara la sede de lo que sería la Peruvian Amazon Company. Casement envió sus informes. Se trataba de la segunda masacre indígena más grande después de los siglos de la colonización. Los británicos estuvieron al tanto de la situación hasta que estalló la Primera Guerra Mundial. Entonces Arana pudo continuar su empresa hasta 1932, cuando la Peruvian Amazon Company tuvo que retirarse de territorio colombiano: Arana se llevó a los indígenas que sobrevivieron, y La Chorrera quedó deshabitada.
En 2012, el Centro Nacional de Memoria Histórica emprendió un proceso de memoria, desde los saberes locales, del etnocidio cauchero de 1912, en el que participaron jóvenes y abuelos de las cuatro comunidades.
El cortometraje documental Kade también da cuenta de aquellos tiempos de explotación en la Arana, desde una cinematografía experimental. En 2019 un grupo de realizadores audiovisuales del Centro Ático de la Universidad Javeriana acompañó al sacerdote y poeta uitoto César Juragaro a socializar su poesía con su comunidad, que era el proyecto de grado de su maestría en teología. El viaje duró una semana y sin mucha investigación previa -por motivos logísticos-, Juan Felipe Restrepo fue a La Chorrera buscando cómo contar la historia de Juragaro.
Restrepo, director de Kade, cuenta que al regresar del viaje y en el proceso de posproducción del largometraje, empezó a pensar en otras formas de contar la selva, de transmitirla desde narrativas no tradicionales. Entonces aprovechó parte del material que tenía y conjugó algunas tomas de La Chorrera con las palabras y la poesía de Juragaro, quien es el primer sacerdote católico de los uitotos de La Chorrera. La narración atraviesa versos sobre el comienzo de la vida, el pasado de los pueblos en el Amazonas y la muerte.
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En ti apunta / mi alma como una estrella / cuando te vas. / Vuelve. / El eco de tu voz está en mi corazón / así como crecen / los pastos verdes de mi caminar.
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Entre silencios y la voz de Juragaro, somos testigos de la cotidianidad de esta población. Kade es un cortometraje experimental, de corte sensitivo, que fusiona dos narrativas: la audiovisual y la poesía. Restrepo considera que siempre hay que andar con la ética bajo el brazo, que el cine “nos aporta memoria, resistencia, nos ayuda a esa necesidad constante de estarnos narrando, de hacer catarsis frente a las dificultades del olvido” y resalta que este lenguaje no tradicional lograra irrumpir en la industria del cine colombiano.
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En Kade, que traduce “la vida”, se cuenta el presente de La Chorrera: sus aguas, sus amaneceres y atardeceres, sus pobladores, su maloca y sus ritos, su cancha de fútbol con arcos de palos de madera, su parroquia, sus paisajes, sus aguaceros, sus sincretismos, y todo aquello evoca el pasado y el porvenir de la comunidad. El sonido del río y de la lluvia, también de las aves, los ladridos de los perros, como los cantos de la comunidad y la voz de Juragaro son parte de esas imágenes: con sus poemas las crea y de aquellos paisajes brota su voz poética. La poesía es una conmemoración de los muertos. Y la vida, en estas poesías, deviene un principio regenerador: la muerte es presentada como el trayecto de un río al que concurren los antepasados.
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En La Chorrera los que han muerto / se han ido a sentar en otro lugar / para cuidar a la nueva generación. / Mientras tanto, nuestro corazón llora / nos lleva al lugar del silencio. / Se siente como un naufragio / la muerte de un ser querido. / La muerte es como el río / que llega al puerto donde se encuentra Dios.