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Katabasis: la exposición que explora ríos subterráneos de Bogotá y Medellín

El curador del proyecto explica los alcances de estas “memorias ocultas bajo la ciudad”, obra premiada del artista Mauricio Carmona que se presenta en la Galería Santa Fe, en Bogotá, y está abierta al público hasta el próximo 16 de agosto.

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Luis Fernando González Escobar / Especial para El Espectador
02 de agosto de 2026 - 03:00 p. m.
El artista Mauricio Carmona y su visión subterránea de Bogotá.
El artista Mauricio Carmona y su visión subterránea de Bogotá.
Foto: Juanita González Cardona – Archivo Galería Santa Fe – Instituto Distrital de las Artes
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Katabasis

“... me sentía cautivado por los soñadores, visionarios y excéntricos que atraía el subsuelo, gente que había oído una especie de canto de sirena y se había entregado a explorar, crear arte o rezar en el mundo subterráneo, personas que habían cedido a la obsesión de un modo que creía entender o que al menos quería entender. En la oscuridad, pensaba que tal vez encontraría una perversa variedad de iluminación” .

Will Hunt en Subterráneo

“Era tan oscuro, profundo y nebuloso

que aun hundiendo de fijo la mirada

no alcanzaba su fondo tenebroso”.

Dante Alighieri en La Divina Comedia

Descender para resurgir siendo otro. Caminar por la penumbra y la oscuridad para conquistar la luz. Recorrer lo desconocido, peregrinar entre la podredumbre, acompañado del miedo y la incertidumbre, como forma de redención. Pero no es solo el viaje épico del héroe al inframundo; también lo es el miedo a la muerte del ser humano común y corriente que busca su salvación. En ese miedo a la muerte y al castigo, el inframundo se plantea como el lugar del horror. Es el mundo de abajo. Profundo y oscuro. Entre más alejado de lo sagrado, del ideal de la virtud y la moral, más próximo al infierno, el espacio luciferino por excelencia, como lo concibió Botticelli, en esa forma en espiral continua, descendente y abigarrada, al representar los nueve círculos del infierno descritos por Dante en la Divina Comedia.

También en la cosmología muiscaexistía el “mundo de abajo”,en las entrañas de la tierra, el “Tynakiqa”, como un lugar donde los seres humanos eran puestos a prueba después de morir. Allíse llegaba luego de acceder por un tenebroso barranco y cruzar un río sobre balsas de tela de araña— de ahí la sacralidad de este animal—. Luego del “Tynakiqa” se producía el encuentro con los deudos en el “país de campos sembrados”, tal y como lo recogió Ernst Röthlisberger en sus estampas de El Dorado. Pero este no era un lugar de castigo, sino de paso;por lo tanto, se preparaban para el viaje, con bebidas, viandas y mujeres, pues los muiscas creían en la inmortalidad de la carne. Además, en términos generales, la tierra era considerada como “una matriz subterránea de donde surge la vida, en una historia y en un tiempo que se vuelven a la vez sagrados, y hacen que la naturaleza sea sagrada”.[1]

Pero con la imposición colonial sería más el imaginario cristiano el que se materializó de diversas maneras y en distintos momentos en la geografía urbana. El cementerio, surgido entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, por ejemplo, como lugar de la muerte y de los espantos, ocupó un lugar periférico, todavía más cuando las ideas higienistas neohipocráticas y aeristas relacionaron la putrefacción con las emanaciones miasmáticas y azufradas desde el propio averno. El mundo de abajo, mefítico, amenazaba la vida urbana. Igual, en la superficie,las amenazas acechaban con la concentración de basuras, materia en descomposición y las descargas de todo tipo de fluidos a las quebradas y ríos que cruzaban aquellas diversas geografías urbanas. Incluso la podredumbre fue asociada con la pobreza, los malos olores y ciertos comportamientos sociales.

La simbiosis sagrada de la cultura muisca con la naturaleza, en la que el agua era una de las cuatro deidades elementales —“Sie”—y, por tanto, le otorgaba un gran valor a las lagunas, ríos y arroyos como santuarios, lugares de culto y de ofrendas, se rompió dramáticamente. Las fuentes hídricas,luego de siglos de conquista territorial y espiritual,se convirtieron en el lugar del detritus, la fetidez y de lo infecto; espacios de abandono y de peligro.

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, la pregunta por la higiene urbana partió en buena medida de las ideas alrededor de la corporal y la colectiva, asociadas a los imaginarios y metáforas que la sociedad construyó en lo que el historiador francés Alain Corbin llamó “las mitologías prepasteurianas”. Ese mundo higienista de médicos e ingenieros se enfocó en salvar la ciudad de los efluvios y emanaciones que crecían con el incremento de los habitantes y se concentraban cada vez más,para desespero de las autoridades. Un nuevo mundo técnico-material que, en principio, fue posible por esas ideas que basculan entre el mito y la razón; entre lo neohipocrático y lo pasteuriano, lo que permitió configurar las redes infraestructurales que determinaron la nueva espacialidad, un cambio en el paisaje visible y no visible de la ciudad.

La suma entre excavar y elevar para transportar, cubrir para ocultar, fue la fórmula inicial para llevar las aguas de las fuentes a las casas, deshacerse de las basuras y los olores, y llevar aguas abajo las excrecencias urbanas. Luego la fórmula cambiaría con la nueva escala de la ciudad, que obligaría a que el mundo subterráneo fuera más complejo, ya no solo para evacuar, sino para suministrar y fluir en el subsuelo, para que la ciudad en la superficie mantuviera su dinámica, ahora con una aparente mejor calidad de vida.

Hoy ese mundo bajo la superficie urbana es misterioso e inquietante. Son topografías olvidadas, entre el abandono y el uso, pero fundamentales en la configuración del paisaje urbano de la superficie. Tubos, arcos, bóvedas, túneles, puentes, pozos, escaleras, trampas, disipadores, entre otros artefactos y elementos, dan cuenta de una parafernalia técnica y material que cambió en paralelo con la intervención de la ciudad, lo que nos lleva del ladrillo al concreto, con su diversidad de componentes, formas, texturas, colores, gramáticas, trazados y sinuosidades.

Ese mundo bajo la superficie hace parte del repertorio audiovisual e iconográfico de Katabasis, la obra de Mauricio Carmona Rivera, quien redescubre y despliega para el habitante contemporáneo esta inmersión simbólica del descender a la oscuridad y emerger para contar lo que aun así nos da vida. Una experiencia estética que de alguna manera se emparenta con los Capriccios, las fantasías arquitectónicas de los grabadores italianos del siglo XVIII, entre los que se destacaron los aguafuertes de Piranesi con su inmersión en la serie de grabados Carceri d’Invenzione, en las que el arquitecto italiano se regodea en las oquedades bajo tierra y entre muros monumentales de cantería, columnas, arcos, puentes y escaleras, en los que se anclan argollas y se ubican máquinas de tortura. Hombres que torturan y son torturados, mientras otros son meros fantasmas vagando en esos espacios.

Para Carmona Rivera,esas oquedades bajo la superficie tal vez no sean espacios de tortura, pero metafóricamente siguen siendo de redención para el habitante urbano del presente. Como un Verne contemporáneo, hace de este descenso un lugar de viaje, experiencia e imaginación. El mismo que resignifica y por el que nos guía, como un acto más allá del prosaico de descender para sobrevivir, y, por el contrario, cumplir con lo que dice Hunt, como una “perversa variedad de iluminación”.

[1] Luis Alfredo Bohórquez Caldera, “Concepción sagrada de la naturaleza muisca”, en: Franciscanum. Revista de las ciencias del espíritu, vol. L, núm. 149, mayo-agosto de 2008, p. 159.

Por Luis Fernando González Escobar / Especial para El Espectador

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