20 Sep 2019 - 11:29 p. m.

Katie James, la irlandesa que viralizó un bambuco en tiempos de reguetón

La cantante, nacida en una pequeña isla de Irlanda del Sur, se presentó en la inauguración del Festival de Cine Verde de Barichara. Una historia que coincide con la violencia que históricamente ha golpeado a Colombia.

Joseph Casañas - @joseph_casanas

Como la guerrilla temía que entre los irlandeses que estaban viviendo en El Pato, Caquetá, se infiltrara algún espía gringo, el comandante de la zona le ordenó a los foráneos que se largaran de allí.  Corría el año de 1998. El entonces presidente, Andrés Pastrana Arango, acababa de despejar los 42.000 kilómetros cuadrados de los municipios de La Uribe, Mesetas, La Macarena y Vista Hermosa en el departamento del Meta, y de San Vicente del Caguán en el departamento del Caquetá, para iniciar una nueva mesa de diálogos con las Farc. El secretariado del grupo guerrillero no quería correr riesgos y supuso que lo mejor era desplazar a la comunidad extranjera que entonces vivía en esa inhóspita zona del sur oriente del país.  

Asustados por la situación, los irlandeses armaron viaje en un dos por tres. Empacaron sus chiros y en tres viajes en chiva llevaron sus gallinas y sus matas hasta la vereda Pueblo Nuevo, en el departamento del Tolima. Allí, en ese paraje natural ubicado a una hora de Icononzo, la comunidad de irlandeses fundada por Jenny James intentó continuar con su estilo de vida: sembrando y cultivando su propio alimento y educando a sus hijos lejos de las ciudades.

El bosque, las quebradas, las cuevas y los ríos que pasaban por el lugar, creaban el ambiente ideal para que la utopía del hipismo se hiciera realidad. La guerra no lo permitió. Un año después del primer desplazamiento, la guerrilla volvió a aparecer. Esta vez la amenaza escaló y les dijeron que lo mejor era que se fueran de Colombia.

Katie James, hija de Jenny, le dice a El Espectador que su mamá entendió la situación. “No era ingenua y sabía el conflicto que se libraba en Colombia, pero lo asumió de una manera muy tranquila, como un capítulo más de su vida”. Lo realmente grave sucedió un año después. En el 2000.  “Un sobrino mío y un colombiano que vivía con nosotros, cometieron el error de volver a la región para despedirse de sus amigos de la infancia. Mi sobrino tenía planeado irse para Europa, pero los mataron en Olla Grande, Tolima”. Diecinueve años han pasado desde entonces.

“Con ese asesinato me obligaron a abrir los ojos para ver la maldad de la humanidad. De la violencia que hay, no en Colombia, sino en el mundo. Hasta ese momento vivía en una burbuja. En un paraíso en el que crecí con una infancia casi perfecta. No era que nunca hubiera escuchado sobre la violencia, pero hasta ese momento la sentí lejana”. Sobre el Festival de Cine Verde de Barichara lea también: Festival de cine Verde de Barichara: para ver y hacer

Tras el asesinato de los jóvenes, varios de los irlandeses que formaban parte de dicha comunidad decidieron regresar a su país. Para la familia James eso nunca fue una opción. “A pesar de toda mi mamá estaba enamorada de Colombia.  Nos preguntó (Katie tiene dos hermanas) si queríamos irnos, pero ninguna pensó que esa fuera una solución. Como proceso de duelo empecé a hacer música para las víctimas”.

A los 16 años, con la herida de la muerte aún abierta, compuso “Mi forma de hacer la paz”.

“Puede sonar cliché, pero la paz sí tiene que empezar con uno mismo y con las personas que lo rodean a uno. En medio de ese trauma entendí que la felicidad era una forma de llegar a la paz. Una felicidad que no pase por encima de lo demás, que es lo que la mayoría no hacemos. Pasamos por encima de lo demás en busca de esa felicidad.

El caso de Katie no es diferente al de otra víctimas del conflicto. Diez años despuès de haber iniciado el proceso para ser reparada, junto a su familia, como víctima del conflicto, nada ha pasado. "Seguimos a la espera de una respuesta formal en ese sentido", dice. 

Jenny James, la mamá de Katie,  empezó de nuevo en una finca en La Argentina, Huila. Allí sigue cultivando lo que come y viviendo como una suerte de ermitaña del siglo XXI.

La viralización de un bambuco

Hay razones para entender esas fuerzas adicionales en las que se cimienta el coraje. Para Katie James, la música explica muchas cosas. Allí hay poder. Intuición.

“La música viene desde muy niña. Como no teníamos energía eléctrica las fiestas eran siempre con música en vivo. Mi mamá tocaba el violín. Sonaba mucha música irlandesa y country.  Luego nuestros vecinos empezaron a integrarse y a tocar música colombiana. En esa época mi mamá me enseña a tocar el violín. Fue ella mi primera maestra”.

Cuenta James que a los 13 años escribió su primera canción y decidió que quería aprender a tocar guitarra para poderse acompañar. “Disfruto tocar con una banda, pero no la necesito”, dice.

Entre los 16 y los 21 años, en el Conservatorio de Popayán, tomó clases de guitarra clásica. Un año después, en Bogotá, inicia su carrera de música en la Universidad Incca, en donde empieza a tener cercanía con la música andina.

“Cuando niños”, recuerda, “no íbamos a la escuela. Si queríamos aprender algo íbamos donde alguno de los adultos y preguntábamos. Yo no aprendí a leer a los 4 años, ni a los 5. ¡Me interesaba más nadar, montar a caballo o trepar los árboles! Aprendí a leer a los 9 años, pero fue tan rápido que ni siquiera recuerdo el proceso. Uno de los problemas de la educación formal es que pretende que todos vayamos al mismo ritmo. Años después, cuando ingresé a la universidad para estudiar música, disfruté muchísimo de mi primera experiencia con la educación formal y con algo de asombro obtuve una beca durante toda la carrera por excelencia académica. Esto no lo digo por presumir sino porque estoy segura de que no hay un sólo camino”, agrega.

“Con estos ritmos folclóricos no se puede llegar a componer de la noche a la mañana. Tiene que haber un proceso. Hay que escucharla mucho y entender un contexto. Si fuese una extranjera recién llegada no hubiera podido componer esa canción. Soy muy colombiana. La canción nació de mi lado de más campesino y habla de esa desconexión que hay entre la ciudad y el campo”.

La canción de la que habla James se llama “Toitico bien empacado”, un bambuco que hace unos meses se viralizó. Actualmente tiene más de 400 mil reproducciones en Youtube.

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