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“La amistad con Camilo Torres fue la más dramática de nuestra juventud”: Gabriel G. Márquez

Fragmento de “Vivir para contarla”, la autobiografía de nuestro Premio Nobel de Literatura, en la que recuerda cómo lo marcó ser amigo del sacerdote muerto hoy hace 60 años.

Gabriel García Márquez * / Especial para El Espectador

15 de febrero de 2026 - 05:00 p. m.
Este domingo Camilo Torres Restrepo fue recordado en una misa y un acto conmemorativo de su vida como sacerdote, estudiante, profesor, capellán y creador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, donde se hizo amigo de Gabriel García Márquez. Nació en Bogotá el 3 de febrero de 1929 y murió en Patio Cemento, Santander, el 15 de febrero de 1966, como alzado en armas de la guerrilla ELN. Aquí en una imagen de Archivo de la Arquidiócesis de Cali.
Foto: Cortesía Arquidiócesis de Cali
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La amistad con Camilo Torres y Luis Villar Borda rebasó muy pronto los límites de las aulas y la sala de redacción y andábamos más tiempo juntos en la calle que en la universidad. Ambos hervían a fuego lento en un inconformismo duro por la situación política y social del país. Embebido en los misterios de la literatura yo no intentaba siquiera comprender sus análisis circulares y sus premoniciones sombrías, pero las huellas de su amistad prevalecieron entre las más gratas y útiles de aquellos años. (Vea la entrevista con el biógrafo de Camilo Torres, Joe Broderick, que dice que el sacerdote estaría horrorizado viendo en qué se convirtió la guerrilla del ELN).

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Entre las amistades que me quedaron de la Universidad Nacional, la de Camilo Torres no sólo fue de las menos olvidables, sino la más dramática de nuestra juventud. Un día no asistió a clases por primera vez. La razón se regó como pólvora. Arregló sus cosas y decidió fugarse de su casa para el seminario de Chiquinquirá, a ciento y tantos kilómetros de Bogotá. Su madre lo alcanzó en la estación del ferrocarril y lo encerró en su biblioteca. Allí lo visité, más pálido que de costumbre, con una ruana blanca y una serenidad que por primera vez me hizo pensar en un estado de gracia.

Había decidido ingresar en el seminario por una vocación que disimulaba muy bien, pero que estaba resuelto a obedecer hasta el final.

—Ya lo más difícil pasó —me dijo. Fue su modo de decirme que se había despedido de su novia, y que ella celebraba su decisión.

Después de una tarde enriquecedora me hizo un regalo indescifrable: El origen de las especies, de Darwin. Me despedí de él con la rara certidumbre de que era para siempre. Lo perdí de vista mientras estuvo en el seminario. Tuve noticias vagas de que se había ido a Lovaina para tres años de formación teológica, de que su entrega no había cambiado su espíritu estudiantil y sus maneras laicas, y de que las muchachas que suspiraban por él lo trataban como a un actor de cine desarmado por la sotana.

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Diez años después, cuando regresó a Bogotá, había asumido en cuerpo y alma el carácter de su investidura, pero conservaba sus mejores virtudes de adolescente.

09/12/2024: El cineasta y productor ejecutivo Rodrigo García Barcha, hijo de Gabriel García Márquez que fue bautizado por el sacerdote Camilo Torres Restrepo, durante la presentación de la serie de Netflix 'Cien años de soledad', en Bogotá (Colombia).
Foto: EFE - Carlos Ortega

Yo era entonces escritor y periodista sin título, casado y con un hijo, Rodrigo, que había nacido el 24 de agosto de 1959 en la clínica Palermo de Bogotá. En familia decidimos que fuera Camilo quien lo bautizara. El padrino sería Plinio Apuleyo Mendoza, con quien mi esposa y yo habíamos contraído desde antes una amistad de compadres.

La madrina fue Susana Linares, la esposa de Germán Vargas, que me había transmitido sus artes de buen periodista y mejor amigo. Camilo era más cercano de Plinio que nosotros, y desde mucho antes, pero no quería aceptarlo como padrino por sus afinidades de entonces con los comunistas, y quizás también por su espíritu burlón que bien podía estropear la solemnidad del sacramento.

Susana se comprometió a hacerse cargo de la formación espiritual del niño, y Camilo no encontró o no quiso encontrar otros argumentos para cerrarle el paso al padrino. El bautismo se llevó a cabo en la capilla de la clínica Palermo, en la penumbra helada de las seis de la tarde, sin nadie más que los padrinos y yo, y un campesino de ruana y alpargatas que se acercó como levitando para asistir a la ceremonia sin hacerse notar.

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Cuando Susana llegó con el recién nacido, el padrino incorregible soltó en broma la primera provocación:

—Vamos a hacer de este niño un gran guerrillero. Camilo, preparando los bártulos del sacramento, contraatacó en el mismo tono: «Sí, pero un guerrillero de Dios».

E inició la ceremonia con una decisión del más grueso calibre, inusual por completo en aquellos años: —Voy a bautizarlo en español para que los incrédulos entiendan lo que significa este sacramento.

Su voz resonaba con un castellano altisonante que yo seguía a través del latín de mis tiernos años de monaguillo en Aracataca.

En el momento de la ablución, sin mirar a nadie, Camilo inventó otra fórmula provocadora:

—Quienes crean que en este momento desciende el Espíritu Santo sobre esta criatura, que se arrodillen.

Los padrinos y yo permanecimos de pie y quizás un poco incómodos por la marrullería del cura amigo, mientras el niño berreaba bajo la ducha de agua yerta. El único que se arrodilló fue el campesino de alpargatas.

La autobiografía de Gabriel García Márquez en la que revela su amistad con Camilo Torres, en librerías colombianas con el sello editorial Debolsillo.
Foto: Cortesía sello editorial Debolsillo

El impacto de este episodio se me quedó como uno de los escarmientos severos de mi vida, porque siempre he creído que fue Camilo quien llevó al campesino con toda premeditación para castigarnos con una lección de humildad. O, al menos, de buena educación.

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Volví a verlo pocas veces y siempre por alguna razón válida y apremiante, casi siempre en relación con sus obras de caridad en favor de los perseguidos políticos.

Una mañana apareció en mi casa de recién casado con un ladrón de domicilios que había cumplido su condena, pero la policía no le daba tregua: le robaban todo lo que llevaba encima.

En cierta ocasión le regalé un par de zapatos de explorador con un dibujo especial en la suela para mayor seguridad. Pocos días después, la criada de la casa reconoció las suelas en la foto de un delincuente callejero que encontraron muerto en una cuneta. Era nuestro ladrón amigo.

No pretendo que ese episodio tuviera algo que ver con el destino final de Camilo, pero meses después entró en el hospital militar para visitar a un amigo enfermo, y no volvió a saberse nada de él hasta que el gobierno anunció que había reaparecido como guerrillero raso en el Ejército de Liberación Nacional.

Murió el 5 de febrero de 1966, a sus treinta y siete años, en un combate abierto con una patrulla militar. El ingreso de Camilo al seminario había coincidido con mi decisión íntima de no seguir perdiendo el tiempo en la facultad de derecho, pero tampoco tuve ánimos para enfrentarme de una vez por todas a mis padres.

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* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Gabriel García Márquez (1927- 2014), nacido en Colombia, es una de las figuras más importantes e influyentes de la literatura universal. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, fue, además de novelista, cuentista, ensayista, crítico cinematográfico, autor de guiones y, sobre todo, un intelectual comprometido con los grandes problemas de nuestro tiempo, y en primer término con los que afectaban a su amada Colombia y a Hispanoamérica en general. Máxima figura del llamado «realismo mágico», en el que historia e imaginación tejen el tapiz de una literatura viva, que respira por todos sus poros, fue en definitiva el hacedor de uno de los mundos narrativos más densos de significado que ha dado la lengua española en el siglo XX. Entre sus novelas más importantes figuran Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, La mala hora, El general en su laberinto, el libro de relatos Doce cuentos peregrinos, El amor en los tiempos del cólera y Diatriba de amor contra un hombre sentado. En el año 2002 publicó la primera parte de su autobiografía, Vivir para contarla; en 2004 volvió a la ficción con Memorias de mis putas tristes, y en 2012 sus relatos fueron recopilados en Todos los cuentos. En agosto nos vemos (2024) es su novela inédita.

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Por Gabriel García Márquez * / Especial para El Espectador

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