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La balada de Dante (Cuentos de sábado en la tarde)

El viejo era izado desde la cintura por un par de cuerdas paralelas, que se juntaban debajo de su vientre y le permitían sostener el resto de su cuerpo sobre sus patas delanteras. Tenía buena parte del lomo despellejado por el paso del tiempo, y por las mismas cuerdas que excavaban en su carne, inmisericordes, con cada rutinario y tormentoso desplazamiento por el parque. Su gesto era el de la inercia existencial, el de la resignación pétrea a ser una mota más en la brisa que siempre corría por la Rue Marmotte.

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M. Mantra
08 de mayo de 2021 - 08:32 p. m.
El viejo que me taladró la sensibilidad y la cordura fue Dante, un pug, uno de esos perritos de cabeza arrugada y chata, de ojos enormes y expresivos, que las señoras y los niños suelen adorar. El de mi historia tenía 14 años, tres de los cuales llevaba con la mitad del cuerpo paralizado.
El viejo que me taladró la sensibilidad y la cordura fue Dante, un pug, uno de esos perritos de cabeza arrugada y chata, de ojos enormes y expresivos, que las señoras y los niños suelen adorar. El de mi historia tenía 14 años, tres de los cuales llevaba con la mitad del cuerpo paralizado.
Foto: Estudios Sopa en la Mosca
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Su apariencia era la de quien ha sido machacado por el tiempo, como un reloj de arena roto y oxidado, paradójicamente olvidado en una playa cualquiera. En sus ojos vidriosos, con los párpados siempre a media asta, se leía la sumatoria de la desesperanza y la tristeza.

El viejo que me taladró la sensibilidad y la cordura fue Dante, un pug, uno de esos perritos de cabeza arrugada y chata, de ojos enormes y expresivos, que las señoras y los niños suelen adorar. El de mi historia tenía 14 años, tres de los cuales llevaba con la mitad del cuerpo paralizado gracias a una enfermedad degenerativa del sistema óseo, que además le causaba terribles dolores, según me contaron en el vecindario.

Yo fui testigo de sus miserias desde que me mudé al edificio de apartamentos frente al parque en el cual su ama, una joven asiática de unos 30 años, o su marido, lo paseaban a mañana y tarde, siempre izado por el bajo vientre, y moviéndose penosamente sobre sus patas delanteras. Las de atrás solo le arrastraban, como las ramas resecas de un arbusto.

Yo los observaba desde mi balcón y a veces desde la ventana de mi auto, yendo a la oficina o retornando de ella. Dadas sus penosas circunstancias, era muy poco lo que el pobre animal podía hacer en la calle. Olisqueaba con desinterés las esquinas, los postes y los hidrantes, más por acto reflejo que con la curiosidad insaciable de un can de verdad, o mejor, de uno joven. Parecía el espectáculo montado por un titiritero malvado, con un perrito moribundo por protagonista. Y para colmo, los demás dueños de perros lo evitaban, por temor a que sus mascotas le causaran dolor o lo hicieran enredar con las cuerdas o algo parecido. Así que ni siquiera podía darse el lujo de oler otros traseros de perro.

Cuando nos conocimos, o cuando lo conocí, yo bordeaba los 50 años, y a lo mejor la inminencia de mi propia decadencia me hizo solidario con su desgracia, así como reflexionar sobre el fardo existencial que se nos va acumulando en el lomo con el paso de los días, de las horas, de los segundos. “Cada segundo hiere, el último, mata”, aseguró algún sabio. Canino o no, yo también podría terminar así, torcido, roñoso, inmovilizado e inservible. Una apoplejía, una trombosis, qué sé yo. Mi estilo de vida no era el mejor, era adicto al trabajo. Mi dieta estaba rica en proteína animal, azúcar, cigarrillo y alcohol; mis hobbies: el estrés y la televisión. Mi parentela más cercana vivía en Miami y mi última novia me había dejado ya hacía dos largos años. ¿No merecería, llegado el caso, siquiera un titiritero malvado que sujetara mis piolas con un remedo de compasión?

Y justamente por ello, por conmiseración, un día cualquiera que me los encontré de nuevo, a la salida de mi edificio, le pregunté a su dueña, de frente y sin ambages, por qué no mejor le hacían la eutanasia al pobre viejo y ya. ¿No sería, acaso, mucho mejor? ¿No desearía ella, o yo mismo, la muerte en lugar de una existencia tan miserable como la del pobre Dante?

-Lo amamos, y eso sería tanto como traicionarlo.

-Pero se le ve que sufre, no sería mejor…

-Ni a mi marido ni a mí se nos ha pasado por la cabeza semejante cosa. ¿Y mejor, por qué no se ocupa de sus propios asuntos y nos deja en paz?, me respondió y se devolvió a toda velocidad para su casa, izando ahora completamente por los aires a la sombra, de escasos pelos amarillentos, en la cual se había convertido su mascota.

Vueltos todos a nuestras respectivas rutinas, no pude dejar de mascullar las posibilidades existenciales del pobre perro, a lo mejor replicándome en él, replicándonos a todos los cincuentones del planeta o ancianos “to be”, y terminé por odiar al par de insensibles o de idiotas que arrastraban al pobre animal para que se ventilara penosamente por la calle, y de paso me depositara en el alma amargas pulgas insaciables de redención.

Una mañana hasta me sorprendí tomándome el café del desayuno en el balcón, en pleno invierno, con el único propósito de verlos pasar, y rumiar, una vez más, mi odio contra la humanidad y su egoísmo y estupidez imperecederos. No fueron tampoco pocas las noches en vela durante las cuales concebí todo tipo de planes para acabar con la vida del miserable perro. Un batazo en plena cabeza, una patada certera, una pedrada, un balazo, un atropellamiento con mi Volkswagen, con el que me llevara, de paso, a la bestia insensible que le había tocado por ama…

Y la señal divina me llegó, días después y al pie de la letra, porque gracias a esas perversas vueltas de tuerca en los mecanismos de la vida, me los encontré, una mañana cualquiera, en la puerta del garaje de mi edificio, donde terminaba mi rampa, a contraluz: la silueta escuálida de Dante marioneta y la menuda y afilada de ella, como aguardando a que la puerta de metal terminará de descorrerse completamente, en un preámbulo de chirridos y traqueos de sus goznes y planchas de aluminio. Apenas parpadee un par de veces y supe exactamente lo que tenía que hacer: mi corazón pisó el acelerador a fondo, el auto bramó, pero mi cerebro continuó aplastando el pedal del freno, y solo dejé que la puerta volviera a su posición original, tragándose las siluetas de Dante y su ama.

Para mi fortuna, la anhelada redención, el alivio y noches de placentero sueño, me llegaron meses después, en la forma de una carta en la cual se me informaba de un inminente traslado a Buenos Aires. Cuando salía en mi taxi, camino al aeropuerto, lo alcancé a ver, una última vez más, con su caminar cansino, sobre sus patas delanteras, y con el triste hocico clavado en las raíces de un árbol. Solo me atreví a sacar la cabeza por la ventana del taxi y lanzarle a su dueña un sonoro “vieja hijueputa” que el viento se llevó quien sabe a dónde.

Por M. Mantra

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