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La batalla de Sándor Márai

Su nombre todavía no suena tanto como el de otros grandes escritores. Sin embargo, sólo hace falta conocer algo de su obra para reconocerlo como uno de ellos. En vida fue coherente con su discurso y sus ideas.

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Santiago Triana Sánchez
04 de septiembre de 2015 - 03:31 a. m.
Una de las pocas imágenes que se conservan del escritor húngaro Sándor Márai. / AFP
Una de las pocas imágenes que se conservan del escritor húngaro Sándor Márai. / AFP
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La caída del muro de Berlín, en 1989, hizo que ese año fuese uno de los tantos en los que se ha dicho que hubo una especie de renacimiento. Pero no sólo el mundo marchó en esa dirección. La obra del ahora anónimo Sándor Márai también lo haría: no porque se hubiera publicado su obra cumbre, o porque se le hubiera entregado un reconocimiento, sino por su muerte, provocada por el disparo que se pegó en febrero de ese mismo año, solo y en el olvido absoluto.

En ese momento el mundo literario había echado a un lado al escritor que otrora fuera puesto al mismo nivel de Thomas Mann y Stefan Zweig. Un escritor que había sido ejemplo consecuente de dignidad y honra humanas acababa de morir, y a muy poca gente le importaba. Es más, con seguridad, pocas personas lo supieron.

Había nacido el 11 de abril de 1900, en la primavera que apenas daba bienvenida al nuevo siglo, a pesar de que hay quienes afirman que el siglo en verdad empezó en 1914, con la Primera Guerra Mundial. En ese año Márai, en plena adolescencia, vio cómo Hungría, su país, estaba sufriendo un aparatoso cambio. Era la destrucción de la armonía que no volvería a ver nunca, y que quedaría plasmada en varios de sus libros.

Como secuela de la Revolución bolchevique de 1917, en 1919 llegó a Hungría la Revolución socialista de Béla Khun, a la que Márai adhirió y respaldó en artículos escritos para varios periódicos, algo que luego le reprocharía la derecha. Para ese momento, y como rastro de la guerra mundial, su país fue mutilado y separado de casi dos terceras partes de su territorio, lo que dejaría en él y en sus compatriotas una sensación de injusticia. Esta realidad tendría un impacto enorme en el pensamiento de Márai, en sus simpatías, en el amor incondicional a su patria, y de allí mismo, en la decisión de escribir únicamente en su lengua materna.

Así se empezaba a vislumbrar su carácter, que, según Márai, es aquella fuerza especial o disciplina que hacen falta para la creación, cuya energía se empieza a evidenciar al momento de surgir sus primeras obras en la década de 1930, como Los rebeldes, Confesiones de un burgués, o La extraña, publicaciones (algunas traducidas al español) que le darían reconocimiento en Europa.

En estas obras ya dejaba ver algo de su férrea oposición a aquellas ideas autoritarias, cosa en plena coherencia con su idea de dignidad, de estima por los seres humanos, mantenida hasta el último momento de su vida, al ser él un partidario de la racionalidad, de la individualidad, un partidario del ser humano y de su capacidad creadora, más en un contexto europeo como en el que se encontraba, tan variado y diverso.

Hacia eso apuntaban gran parte de sus obras: a hacer una radiografía de la moral y la espiritualidad decadentes de la Europa que veía la llegada de Adolf Hitler al poder en Alemania, situación que iba en detrimento del humanismo que predicaba. En ese sentido, descubrir la obra de Márai es tan importante como descubrir el telón de fondo de cada una de sus historias. La herencia de Eszter, de 1939, es un gran ejemplo de ello.

El psicoanalista Juan Fernando Pérez va más allá del mero papel y se atreve a decir que esta breve novela es, vista con otros ojos, una metáfora de la entrega de Alemania al nazismo y a Hitler, si se tiene en cuenta que Eszter, la protagonista, a pesar de saber la actitud descarada frente a la vida de Lajos, y de conocer sus trucos de prestidigitador (término usado por el mismo Márai), entrega, pareciera que con los ojos vendados y con total encanto, el único bien terrenal que posee, y que es un rastro mínimo de una riqueza enorme que se esfumó, en parte por culpa del mismo Lajos. Alemania entrega todo y se adhiere ciega y convencida a Hitler, un hombre seductor y brillante, igual que Lajos, quien en la novela es caracterizado como un canalla, adjetivo al que tampoco puede huir el Führer alemán. El libro de Márai es una metáfora del panorama europeo de las décadas de 1930 y 1940.

Esta es la manera en que Márai narra entre líneas aquello que está sucediendo en la Europa decadente, y su sentir al respecto. La herencia de Eszter es un ejemplo preciso para ilustrar cómo Márai crea hábiles alegorías sobre el contexto global de su época, plasmadas, además, en textos finos y amenos. Pero su capacidad de contar temas de tal densidad con una maestría gigantesca no para ahí. Hungría, un referente notable a lo largo de su obra, no quedaría fuera de sus historias.

De su país se ocupa en su celebrada novela El último encuentro (1942), en la que los protagonistas, Henrik y Konrád, dos amigos que compartieron toda su vida desde que contaban diez años, se distancian el uno del otro por circunstancias de la vida, por gustos personales, por el amor de una mujer, entre otras razones, llegando incluso a un intento de asesinato. Julio César Duque, especialista en hermenéutica literaria, considera que el desarrollo de esta historia es el camino que encontró Márai para describir de alguna manera la intensa relación histórica que tuvo su país, Hungría, con la vecina Austria. Así: las fechas de nacimiento de Henrik (húngaro) y Konrád (austríaco), de acuerdo con los datos que arroja el autor en el texto, coinciden con el año del procedimiento de creación austro-húngaro, que desembocaría en el nacimiento del llamado Imperio austro-húngaro, cuyo florecimiento es simultáneo al período en que se forja la amistad de los dos hombres. El acuerdo surgió luego de que Austria quedara debilitada por las guerras de 1859 y 1866. Así pues, este país hace alianzas para fortalecerse, realidad que no dista mucho de la narración de la novela, guardadas las proporciones, al presentarse a Konrád como el “pobre” de la relación. Algún tiempo después del acuerdo, Austria disfrutaba de cerca del 75% de las exportaciones húngaras. De la misma manera, Konrád siempre obtuvo gran cantidad de lujos gracias a la familia de su amigo Henrik, quien, además, era un aficionado de la caza y todo tipo de labores “salvajes”, en contraste con su amigo, siempre inclinado hacia el arte y, sobre todo, a la música. Aquí hay otra clara relación: Hungría fue quien aportó la riqueza a la alianza que se venía consolidando, mientras que Austria aportaba la cultura y la educación, incluso de los hijos de la aristocracia húngara, como el mismo Henrik. Además, el detalle de la música no es menor: Austria fue la cuna de Wolfgang Amadeus Mozart.

La relación de los dos muchachos se consolida y se torna exitosa al momento de graduarse ambos como oficiales del ejército. De igual forma, la alianza entre los dos países había logrado una riqueza importante, al punto de convertirse en una verdadera fuerza multinacional, con la capacidad de entrar en una guerra como la de 1914. Sin embargo, el momento de la traición habría de llegar. Literariamente es el intento de asesinato; históricamente puede referirse al hecho de que en la Primera Guerra Mundial, Austria decide atacar hacia el occidente de Europa, en dirección a Francia, con un plan ideado hacia 1899, dejando a Hungría desprotegida y con la posibilidad de ser invadida desde el oriente por los rusos. Así, Hungría fue el país más desangrado al final de la guerra.

El último encuentro es una historia que tiene incontables detalles que un lector prevenido podría percibir. Es inevitable, además, estar inmerso en su lectura, porque en el momento menos esperado el autor da un fuerte golpe que hace girar la historia y la lleva por caminos inesperados. Es imposible tratar de comprender la complejidad general de este texto en un par de párrafos, pero sí es posible comprender sus ideas allí plasmadas, más aún sabiendo aquellas vivencias que lo formaron como ser humano.

Márai, que fue siempre un estorbo para los ideólogos del final de la Segunda Guerra Mundial, nunca logró completa calma en Hungría, desde donde en un primer momento atacó al nazismo, y por lo cual celebró la llegada de un gobierno socialista a Hungría en 1944. Para ese momento, Márai ya se perfilaba como una figura sobresaliente en la literatura de Europa central. Sin embargo, en 1948, aquel nuevo régimen que evitó la caída húngara en las manos de Hitler se declaró del eje soviético, y el alivio que en otro momento produjo se transformó en algo igual a lo que profesaban atacar. Que el totalitarismo se cobije bajo la esvástica o bajo la hoz y el martillo poco importa a la hora de ver los desmanes que cometen unos y otros con la humanidad. El nuevo gobierno socialista exigiría que la intelectualidad cerrara filas en torno del Estado, cosa en la que Márai no cedió nunca, mostrándose neutro. Pero eso no era suficiente para el gobierno.

Aquellos nuevos gobernantes se mostrarían intransigentes con esa neutralidad. “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, reza la última frase del Manifiesto comunista, escrito por Karl Marx y Friedrich Engels, y carta de navegación del comunismo hasta la actualidad. Incluso para estos nuevos gobernantes que estaban cometiendo los peores crímenes en el nombre del proletariado. Pero ese “proletariado” gobernante no era tal. Con seguridad, a ellos no se refería Marx al momento de escribir su Manifiesto. Y Márai dejó ver algo de eso en El último encuentro cuando decía que “los pobres que se convierten en señores no perdonan”. Esos pobres, esos que gobernaban en nombre del proletariado, esos señores, jamás lo perdonarían. Al contrario, darían una elevada cuota para el posterior olvido de Márai, quien, además, se vería obligado a exiliarse, al igual que Marx al momento de escribir el Manifiesto. Tildado de burgués, sus letras no se volverían a ver en su país hasta muchas décadas después.

Sin embargo, ese no fue el único factor que haría que Sándor Márai fuera condenado al olvido. Hay unos menos crueles, como por ejemplo, el idioma. El húngaro fue, desde el principio hasta el final, la lengua de producción de Márai, a pesar de dominar el alemán, que, por demás, le daría mayor posibilidad de reconocimiento. El húngaro no ha sido, de ninguna manera, una lengua con una importante cantidad de traducciones, por lo menos al español, y con seguridad a ninguna de las lenguas habladas en Occidente, lo que obliga a la reducción de la capacidad de romper las fronteras del idioma. Por otro lado, Hungría nunca ha sido un país con gran intercambio cultural con este lado del mundo, quizá por su cercanía con la extinta Unión Soviética. Así, las letras de Márai no lograron tampoco romper las barreras políticas y culturales, tan rígidas en época de Guerra Fría. Y por último, un motivo más ligado a la crítica literaria: Georg Lukács, crítico literario húngaro, era un opositor acérrimo de Márai. De clara orientación marxista, Lukács tuvo gran influencia dentro del mundo occidental, lo que lleva a confirmar que en los países soviéticos Lukács era toda una autoridad, por lo que no es descabellado pensar que la desalmada crítica que él hiciera de Márai permanentemente influyera de alguna manera en la pérdida de la memoria con respecto a su obra.

Con seguridad, esa es una de las características principales con las que se etiqueta a Márai: su anonimato, naturalmente no voluntario, que trajo consigo consecuencias dispares: una, la evidente, no gozó del reconocimiento debido que sí tuvieron otros autores contemporáneos (mejores o no, poco importa); la otra, llega a nuestros días como un autor nuevo sin serlo, por lo menos en las latitudes de consumo literario en español, a pesar de haber sido editado en esta lengua aún en vida del autor, cuando su reputación lo perfilaba a la grandeza. Hoy por hoy, y después del momento de su muerte, su obra sigue gozando de cierta actualidad.

La muerte de Márai tampoco se escaparía de la intensidad con que vivió el resto de su vida. Hay quienes han visto en su suicidio la última puntada de una vida oscura y de un pensamiento pesimista. Sin embargo, ignoran su estado emocional para el año en que tomó su última decisión: su esposa Ilona, apoyo fundamental a lo largo de tantas décadas de exilio, había muerto cuatro años atrás; su hijo adoptivo —el único biológico, Krystof, había muerto al final de la década de 1930—, que también lo había acompañado por casi cuarenta años, recién había dejado el mundo, y su salud lo iba a obligar a vivir dependiendo de máquinas y todo tipo de aparatos. Solo, en Estados Unidos, un país que si bien lo recibió en un momento de incertidumbre nunca lo hizo sentir como en casa, llegando ya a los 90 años, decidió acabar con su vida en un acto más de dignidad, esta vez consigo mismo.

Al morir Márai, el socialismo autoritario agonizaba. En octubre sucumbió y la democracia volvió a Hungría, en donde no dejaron pasar mucho tiempo antes de rescatar al autor olvidado, dando la oportunidad a todo el mundo de tocar algo de su maravillosa producción. Su muerte fue, entonces, un firme paso hacia una nueva vida. Su descubrimiento póstumo arrastró consigo la reivindicación de otros autores húngaros tanto o más olvidados que él. Aun después de su muerte siguió enalteciendo a Hungría y su cultura, no sin cierta terquedad y con una enorme convicción. Había empezado su victoria definitiva en la batalla contra el olvido.

Meses nada más faltaron para que Sándor Márai hubiese podido beber el sorbo de libertad que con seguridad había necesitado por tantas décadas. Pero en la vida nada llega a tiempo, como diría él mismo. La vida nunca te da nada cuando lo necesitas.

Por Santiago Triana Sánchez

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