Cuando en 2004 el enorme buscador web, Google, anunció que habría de montar a la red las bibliotecas de cuatro de las más grandes universidades norteamericanas (Michigan, Oxford, Harvard y Cornell) más la de Nueva York, el mundo entero celebró la posibilidad de acceder libre e ilimitadamente a estas inmensas fuentes de información. Entonces se habló de que sería sólo una parte de las bibliotecas, aquella que no estuviera protegida ya por derechos de autor, un detalle al que muy pocos le prestaron atención.
No obstante, la buena noticia se vio empañada por el disgusto de las asociaciones de derechos de autor, escritores y titulares de derechos, cuando empezaron a encontrar que en esta página aparecían obras aún protegidas que habían sido digitalizadas sin previo aviso. En algunos casos aparecían publicadas parcialmente, en otros se anunciaba vista restringida, pero de cualquier manera habían sido copiadas en medio digital sin consultar con sus dueños.
La asociación norteamericana de derechos protestó y junto a otras agremiaciones internacionales interpusieron una cuantiosa demanda, (bautizada The Authors Guild, Inc., et al. v. Google Inc.), que antes de ser fallada terminó en un acuerdo entre las partes. Conforme a este, todos los titulares de derechos reprográficos violados por Google recibirán un resarcimiento. Es ahí donde el tema adquirió relevancia a nivel internacional, pues se hizo evidente que el acuerdo tiene efectos para autores, editoriales y agentes literarios del mundo entero.
Obras de escritores como Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Héctor Abad Faciolince y su padre Héctor Abad Gómez, Alonso Sánchez, Germán Espinoza –para mencionar algunos colombianos– entre millones de autores del mundo fueron digitalizadas sin permiso, desde la biblioteca de la Universidad de Michigan. A partir de entonces, organizaciones de derechos de autor como Cedro de España o CDR de Colombia han dado a conocer a sus asociados el Acuerdo Google, y en el caso de Cedro han invitado a que se acepte el reconocimiento entre 60 y 300 dólares por obra o parte de ella que haya sido escaneada.
¿Pero acaso Google no sabía que estaba violando los derechos de autor? Lo que sugieren algunos entendidos del tema y representantes de oficinas que velan por la protección de estos derechos consultados, ésta pudo ser una maniobra con efectos calculados. Es decir, que se cometió la falta, a riesgo de conseguir un acuerdo más rápido y efectivo con los dueños de los derechos vulnerados.
“La apuesta es provocar quizás algo muy similar a lo que pasó con las grandes compañías de descarga de música (Nero, I Tunes, Rapsody) cuyo uso y proliferación mundial llegó a ser tan grande en algún punto, que se hizo imposible dar marcha atrás y controlarlas bajo las viejas leyes de protección de derechos generando así una transformación radical de la industria de la música”, explica uno de los conocedores que pidió la reserva de su nombre.
El tema ha generado todo tipo de reacciones. Google afirma que en el proceso de digitalización de libros actuaron conforme a la doctrina de “uso justo” de la ley de derechos de autor de Estados Unidos. Por su parte, los defensores del E-book o libro
electrónico no se atreven a condenar la actuación del buscador, pues hace parte de las dinámicas que está imponiendo la internet y está en consonancia con la democratización del acceso a la información.
Para el agente argentino Guillermo Schavelson, quien tiene en su extensa lista de clientes a autores como Mario Benedetti, Roberto Ampuero, los colombianos Mario Mendoza y Juan Carlos Botero, este acuerdo es impensable. “Google ha actuado con una prepotencia que, desde el punto de vista ético y legal, es inconcebible: una demostración de la impunidad del poder económico. Google ha actuado como cualquier editor pirata, sólo que en la red”.
Para el agente, el libro electrónico revolucionará más la educación que la literatura; sin embargo, cualquier negociación deberá hacerse una vez se hayan despejado temas técnicos como el hardware para leer libros electrónicos, pues aún es prematuro.
Entre escritores, las reacciones tampoco son unánimes. Por una parte, con siete libros digitalizados sin su consentimiento, Abad Faciolince no se muestra completamente optimista al respecto: “No sé si esto sea bueno o malo. Sé que es casi el presente y que será el futuro. Hasta ahora he escrito pensando en que seré leído en papel, pero cada día más me siento como un mueble viejo. Para los músicos es cada vez más difícil proteger su música; tal vez nos pase lo mismo a los escritores”.
Igualmente Alonso Sánchez Baute recibe la noticia con gran optimismo, “me parece una buena oportunidad para que mi trabajo literario llegue a muchas más personas. Como escritor, lo que me interesa es que me lean y ésta podría ser una buena oportunidad para que mis obras lleguen a aquellos que no tienen recursos”.
El debate sigue, el acuerdo se aprobará definitivamente a mediados de este año, pero los socios de Cedro que deseen ser parte del acuerdo, tienen hasta hoy para tomar la decisión. Los dados han sido echados.
Experta sobre el entorno digital del libro
Ante la inminencia de la aparición de nuevos formatos para el libro y de los debates que se abrirán para mantener esta industria lucrativa tanto para autores como para editores, Patricia Pasadas, la directora del departamento internacional de Publidisa, empresa que ofrece soluciones editoriales e invitada especial al congreso de la Librería de la U, ‘El entorno digital del libro’, que finaliza hoy, sugiere que lo primero que deben hacer los editores es desvincular el contenido del soporte. “Cada vez hay más contenido, pero también más formatos, el concepto de libro como instrumento de papel cambia hacia el puro contenido que se consume en diferentes formatos”. Ante estos cambios la experta sugiere que , “los editores deben digitalizar el contenido de los libros, a través de un socio seguro, y antes de que cualquier otro lo haga, así como que les permitan la gestión global del contenido y de los derechos”.