
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
“Varias veces me han preguntado por qué me hice escritor. No sé si me he hecho escritor. Creo que asumí mi condición. Tuve que identificar esa vocación que me secuestró”, sonríe, de repente mira hacia un costado. “¿Por qué te has hecho periodista, tú?”, me pregunta. A Neuman no le gusta hablar de sí mismo, no como si se tratara del único tema que se puede tener en una conversación. “Supongo que tenía que serlo”, le respondo. “Ahí está el asunto. Se trata de una cuestión de vocación. Nosotros, que escribimos para pasar nuestros días con algo de dignidad intacta, no elegimos hacerlo para vivir de ello, sino para vivir por ello”. Ese es Neuman, Andrés Neuman, el que escribe. Nació en Buenos Aires, en enero de 1977, luego llegó a España y fue criado en Andalucía, siendo hijo de una familia de músicos exiliados. Pronto dio de qué hablar al publicar su primer libro de poemas y, posteriormente, su novela Bariloche (1999), a la que Roberto Bolaño rinde un sincero elogio en su libro de ensayos Entre paréntesis (2004). En 2002 recibió el XVII Premio Hiperión, por su libro de poesía El tobogán. En 2003 fue finalista del XXI Premio Herralde, por su novela Una vez Argentina. En 2007 fue incluido en la primera selección de Bogotá39, en el marco del Hay Festival, y en 2009 fue galardonado con el Premio Alfaguara de Novela, por su libro El viajero del siglo. Con este título el argentino, nacionalizado español, logró ubicarse con fuerza en la élite de la literatura hispanoamericana. En 2010 fue seleccionado por la revista Granta como uno de los 22 mejores narradores jóvenes en español.
“Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos, la que osa adentrarse en la oscuridad con los ojos abiertos y que mantiene los ojos abiertos pase lo que pase”, comenta Bolaño. “Cuando me encuentro a estos jóvenes escritores me dan ganas de ponerme a llorar. Ignoro el futuro que les espera. No sé si un conductor borracho los atropellará una noche o si de improviso dejarán de escribir. Si nada de esto ocurre, la literatura del siglo XXI les pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. Podríamos decir que el chileno acertó con el comentario porque, ciertamente, Andrés Neuman es uno de los escritores más destacados del último tiempo.
¿Cómo se sabe si alguien tiene vocación por algo?
Muy fácil. Trabajo + placer = vocación. Cuando hay una disciplina en la que el esfuerzo es mayor, hay más entusiasmo y se deposita una mayor cantidad de energía, entonces, irremediablemente se convierte en vocación. Hay que decir que vengo de una familia de músicos y, siendo así, estaba destinado, en teoría, a seguir esos pasos. Comencé a estudiar violín con mi abuelo, a los siete años. Media hora de escalas en un violín me resultaba insoportable. Era como torturar a un gato. Deduje que no tenía paciencia para hacer escalas. Después de unos años de estudiar el instrumento y de haber descubierto el fútbol, que se convirtió en lo segundo más importante de mi vida, me senté frente a una máquina de escribir. Entendí que tardar tres horas en pasar a limpio una página, con dos dedos índices, era la mejor forma de pasar el tiempo. Me di cuenta de que la vida tenía mayor intensidad cuando escribía.
¿Cuál es la necesidad que la literatura nos sugiere?
La literatura misma es una necesidad, la mejor forma de establecer comunicación con los muertos. Uno está leyendo un libro que ha sido escrito hace más de 200 años. El autor, evidentemente, está muerto. Entonces, uno comienza a dialogar con ese muerto. Y cuando sea uno el muerto que ha dejado escrito un libro, habiendo conversado con ese otro muerto, el vivo habrá de leerlo todo y de esa manera estaremos sobreviviendo.
¿Ha cambiado como escritor ?
Hay un tipo de escritor que me molesta, particularmente. Es ese escritor que pareciera que ya ha escrito las reseñas de sus próximos libros, habiendo publicado uno o dos; pretenden incluir su propia glosa teórica. Eso es de una pobreza inmensa. Creo que muchos de los mayores aciertos que tenemos en la vida son involuntarios, inconscientes. Para mí, eso ha sido la labor literaria desde que la asumí. Uno nunca sabe, a ciencia cierta, para dónde va, pero ahí va.
¿De dónde y cómo surge su más reciente novela?
Algo roto no puede negar lo que le pasó. Algo que está roto es algo que está declarando memoria; plantea una discusión sobre el futuro, ya que se trata de algo que se puede reparar, reconstruir. Cuando yo era niño, cabe resaltar, rompía a propósito los juguetes, pero no con violencia. Lo hacía porque me gustaba verlos rotos y después intentar ensamblarlos. No siempre lo conseguía. Toda cosa rota genera en mí una fascinación que radica en que aquello que está quebrado es más elocuente incluso que lo que está en perfecto estado. Así pues, la idea de Fractura, que es la segunda novela más larga que he publicado en toda mi carrera literaria, y es también la que más tiempo me llevó, surge a partir de todo esto. Fueron siete años desde que contemplé la imagen inicial hasta el día en que puse el punto final. El lector se encontrará aquí, seguramente, con un buen número de obsesiones familiares bajo una forma, una estructura y un argumento distintos a los que se hallan en el resto de mis libros. Es una novela que habla sobre el viaje, las fronteras, los extranjerismos, los nomadismos, las memorias difíciles, los amores inesperados, los conflictos internos, emocionales y políticos; de problemas de traducción, monólogos imposibles y la vida que se va rápido.
El germen de todo esto se remonta al 11 de marzo de 2011, cuando ocurrió aquel terremoto seguido por un tsunami de características apocalípticas en las costas de Japón. Por aquellos días, yo estaba en España y recuerdo haber leído en alguna parte que el eje del planeta se había desviado más de diez centímetros, a causa de esos movimientos telúricos. Me quedé completamente perplejo ante la posibilidad de que un epicentro tan lejano logrará estremecer, literalmente, al mundo entero. Me pareció después que ahí había una buena metáfora. Empecé a pensar en lo que podrían tener en común Japón y el lugar en el que me encontraba, de qué manera lo que allí sucedía me reflejaba o me afectaba. Estaba buscando las respuestas para esas preguntas y, de pronto, alguien descubrió que, en España, muy cerca de Burgos, había una central nuclear idéntica a la de Hiroshima. De repente, lo que estaba lejano terminó haciendo parte de mi propio territorio. Comencé a investigar las historias de la gente que había vivido tragedias nucleares en Japón, tratando de leerlas desde mi memoria política, como ejerciendo algún tipo de traducción política y cultural. Qué pueden tener en común la memoria colectiva de Argentina, o de España, con todo esto. Ahí apareció el personaje que inspiró la invención del señor Watanabe: Tsutomu Yamaguchi.
Me interesó pensar en qué puede pasar en la vida de un hombre que debió morir varias veces y, simplemente, no muere. ¿Qué clase de percepción tiene de sí mismo? ¿Hasta qué punto alguien así no se convierte en un espectro de sí mismo? Así pues, comencé a tomar varios elementos de aquí para concebir al señor Watanabe. Es la primera vez, entre otras cosas, que cuento la vida de un personaje desde la infancia hasta la vejez. Me doy a la tarea de narrar 65 años en la vida de este hombre. En estos años, no solo se cuentan las innumerables historias de amor, sino las distintas fases que tiene la vida amorosa de una persona. Esa es, quizás, una relativa novedad con respecto a mis otros libros.
¿Cuál es la impresión que le deja un personaje como el señor Watanabe?
Los buenos personajes aparecen como accidente, continúan como investigación, se tornan una obsesión y, al final del camino, aunque no te des cuenta, estás tú. Creo que esos son los personajes que más enseñan, aquellos que desde el principio son tú, pero no lo sabías. En el caso del señor Watanabe, que es un hombre chino, puedo decir que lo imaginé de una buena manera al pensar que no tenía nada que ver conmigo, pero luego uno se da cuenta de que es un autorretrato brutal, precisamente porque no existe presión ni responsabilidad al momento de concebirlo. Es como cuando a un actor le encargan hacer un papel completamente distinto a lo que él sería como persona, pero se da cuenta de que se relaciona de una manera casi absoluta. Al final, termina convirtiéndose en ese personaje con mucha más naturalidad que si fuera a hacer de sí mismo en una película. Tenemos una predisposición a sobreactuarnos porque no nos conocemos. Está claro, no se puede hacer de uno. Lo bueno de la ficción es que te pone un espejo al final del camino y tú, poco a poco, vas llegando.
¿Adónde quisiera llegar Andrés Neuman?
Tal vez a un sitio en el que haya estado antes. Siempre es bueno regresar a los lugares que hicieron parte de ti, que te formaron como persona. En mi caso, los libros podrían ser ese lugar.