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La Casa Grande de Nicole Krauss

Finalista del Orange Prize en el Reino Unido en 2010 y del National Book Award en Estados Unidos en 2011.

Juan Diego Pérez Moreno

19 de agosto de 2012 - 04:00 p. m.
/ Reuters
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Y no es para menos. Great House (Casa grande) —que recientemente fue traducida al francés y al italiano y aún espera una traducción al español— es quizá la más clara prueba de que la destreza narrativa y el ingenio poético de esta joven escritora estadounidense no se ahoga, ni mucho menos se agota, entre los numerosos elogios que su obra ha recibido desde que publicó su primera novela en 2002, Llega un hombre y dice (Man Walks into a Room).

En aquellos días, Susan Sontag afirmó que la parábola sobre la relación entre la memoria y la identidad que yace en el corazón de la historia de Samson Greene, un profesor de literatura de mediana edad que pierde sus recuerdos posteriores a los doce años a causa de un tumor cerebral, anunciaba que la cuidadosa e inteligente prosa de Krauss estaría en la delantera de las letras contemporáneas de su país. Tres años después, el éxito editorial de La historia del amor (The History of Love), que a la fecha ha sido traducida a más de treinta y cinco idiomas, estaría respaldado por la admiración unánime de los críticos alrededor del mundo. El Nobel J. M. Coetzee, cuyas declaraciones acerca los libros de nuestro tiempo son más bien escasas, expresó que el relato sobre el iluminador encuentro entre Leo Gursky, un viejo solitario que emigra a Nueva York desde Polonia después del Holocausto dejando atrás un libro inconcluso acerca de la mujer que amará y buscará por el resto de sus días, y Alma Singer, una adolescente sensible y perseverante que trata de encontrar al autor de un libro que su madre ahora traduce y que es el protagonista de la historia de amor entre ella y su padre muerto, era “encantador, tierno y absolutamente original”. Habría que añadir, además, que más de una década antes de que Krauss fuera una de las invitadas más aclamadas en eventos literarios internacionales —entre los que cabe resaltar la última versión de la Filbo—, el gran poeta ruso Joseph Brodsky trabajaba con ella en la escritura de sus primeros poemas (porque sí, Krauss quiso ser poeta antes que novelista, aunque cualquiera de sus lectores sabrá que en su caso estos dos adjetivos no son excluyentes). Y ahora, sin duda, estamos frente a una pluma cuya grandeza sigue y seguirá sorprendiéndonos.

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La estructura de Great House, así como la de La historia del amor, no es lineal; como en el caso de las narraciones intercaladas de Leo y de Alma, Krauss compone aquí un quinteto de voces que se van entretejiendo alrededor del trayecto de un objeto simbólico: un escritorio gigantesco, un mueble enorme que envuelve a sus sucesivos dueños y que es tal vez el protagonista de este relato polifónico y descentrado en el que ninguna de las narraciones se privilegia por encima de las otras. La primera de las voces es la de Nadia, una escritora neoyorquina solitaria y ensimismada que hereda el escritorio de Daniel Varsky, un poeta chileno que conoce en una noche de invierno de 1972, justo antes de que él regrese a su país natal. Años más tarde, Nadia deja de recibir noticias de Varsky y sospecha que fue capturado y asesinado por la policía secreta de la dictadura. Después de haber escrito sus novelas en el escritorio por más de veinte años, Nadia recibe una llamada de quien dice ser la hija del chileno, que es el detonante de un viaje a Jerusalén en busca de los orígenes de Varsky, del misterioso mueble y, por supuesto, de sí misma.

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En esta ciudad vive el segundo narrador, Aaron, un israelí cuya esposa acaba de morir, que recibe la visita de Dov, su hijo menor, con motivo del funeral. El soliloquio de Aaron, una suerte de conversación imaginaria con el hijo que desde niño lo mantuvo como un espectador exiliado de su universo, se destaca por la fuerza desgarradora de sus reclamos, confesiones y arrepentimientos que dejan ver el sentimiento de soledad y frustración de un padre que encuentra en el dolor y la aflicción una oportunidad para acercarse por fin a una persona a la que ha aprendido a amar en la distancia.

Algo similar sucede en la vida de Arthur, un profesor de literatura inglés cuya esposa, Lotte Berg, que migró desde Polonia como acompañante del Kinderstransport, también acaba de morir . El sosiego y la densidad emocional de su discurso nos dejan ver a un hombre que, hacia el ocaso de su vida, descubre que su amor se construyó alrededor de una región oscura e íntima de la existencia de su mujer que él asocia a la intimidante presencia del escritorio en el que ella, una escritora reconocida, trabajó por años antes de regalárselo a un joven chileno.

El quinteto lo terminan, por una parte, la voz de Elizabeth, una perceptiva estudiante de literatura en Oxford que narra la historia de Yoav Weisz, el extraño y callado joven de quien está enamorada, y de su hermana Leah. A su voz se suma en la de Weisz, el estricto y sabio padre de estos hermanos, quien se dedica a buscar los objetos que fueron expropiados a los judíos durante el exterminio nazi para entregarlos a los herederos sobrevivientes. Un hombre que por varios años ha estado tras la pista de la única pieza que no ha recuperado del estudio de su propio padre.

Desde su anticipada aparición en 2010, la crítica ha estado de acuerdo al reconocer que en Great House las preocupaciones que comunican a las novelas anteriores alcanzan una madurez excepcional que, a mi parecer, se deja ver en el hilo que entrelaza las voces de cuatro personajes cuya vida gira en torno al secreto de una pena que, como en las vidas de Samson, Leo y Alma, es el frágil centro que los define. Un secreto que, pese a no ser el mismo en todos los casos, en cierto sentido todos comparten; un secreto que es algo así como el ojo de la aguja que en sus narraciones cose la experiencia del duelo con una reflexión sobre el peso devastador del recuerdo, la tragedia de la pérdida con la esperanza del amor (amor de pareja y amor filial, amor por el otro en el sentido más amplio y puro posible), y al vacío de una orfandad inevitable con el hálito que emana de la huellas de quienes han partido, con el amargo consuelo de sus herencias. Las meditaciones de las voces que se turnan la narración, pese a las diferencias entre los tonos de los narradores, convergen en el emprendimiento de un viaje introspectivo a través de una escritura poblada por imágenes poéticas de una belleza sutil y sugerente cuya profundidad es infinita. Aún así, la delicada prosa de Krauss, su acertada y siempre intuitiva elección de cada palabra como una puerta hacia el complejo mundo de sus personajes, no desemboca en el sacrificio de la trama. Por el contrario, las cuatro líneas narrativas de Great House se comunican a través de las resonancias silenciosas, no sólo entre el sufrimiento, la nostalgia, las inquietudes y los remordimientos que atraviesan las vidas de Nadia, Aaron, Elizabeth, Arthur —y, como sabemos al final, de Weisz—, sino sobre todo entre cada una de sus voces, entre el lenguaje que comparten y que dibuja sus rostros inacabados pero suficientes, entre unas imágenes que trazan los puentes de una empatía respetuosa e intensamente reveladora.

Y es que aquello que se nos revela en esta novela está condensado en su sencillo y sugerente título, cuyo origen es una de las líneas del libro de los Reyes a la que se refiere Weisz hacia el final del relato. Línea que da nombre a la escuela judía fundada en el siglo primero por el rabino Yochanan Ben Zakkai quien, tras la destrucción del templo judío a manos de los ejércitos romanos, se encargó con sus estudiantes de escribir la tradición judía para así “transformar el Templo en un libro”, una “casa grande” que consiga “reunir a la gente en torno a la forma de lo que han perdido”. Quienes asistieron a la entrevista que Krauss dio en el marco de la última Filbo recordarán que para ella la novela funciona como una casa que se construye desde adentro: al principio (y aquí parafraseo sus palabras de aquel día) sólo se tiene una perilla, una primera intuición que progresivamente se extiende a la formación de una puerta, un marco, una pared, una habitación, una ventana, alguien que mira desde afuera, alguien que vive adentro, un eco que recorre las diferentes habitaciones. La arquitectura de la novela parte para Krauss la luz de lo fragmentario, lo incompleto o, para usar una expresión suya, lo vulnerable y lo imperfecto. Se trata de construir una casa grande en la escritura en la que no se intenta totalizar un sentido en una forma absoluta y perfecta, sino más bien explorar con delicadeza las fracturas y ambigüedades de sus muros y espacios, de esas habitaciones imaginarias que son las creaciones de aquellos que con sus voces y silencios construyen un mundo imperfecto y frágil que sólo de esa manera, con la fuerza de una vulnerabilidad, mantiene juntos a los fragmentos, es y puede ser una casa habitable. Una casa que se sostiene sobre la batalla que emprenden todos los personajes de crear con su memoria alguna forma de permanencia que les permita enfrentar la ausencia.

No en vano el escritorio es la punzada clave de estas historias, pues la escritura es el escenario de esta construcción: es en la escritura —en su escritura de sí mismos, de su pasado y de sus heridas, en esa escritura que nos habla de una voluntad acérrima, una determinación dolorosa, pero por eso mismo inquebrantable, de sobrellevar sus temblores interiores— en donde todos los personajes se encuentran, en donde todos sus fragmentos se reúnen. Es allí en donde la precariedad e impotencia compartidas frente a la pérdida, la destrucción, el cambio y la muerte aparecen como una alternativa de compañía. “Cada uno de nosotros vive para conservar su fragmento en un estado de perpetuo arrepentimiento y nostalgia por un lugar que sabemos que existió”, dice uno de los personajes en las últimas páginas de Great House, “pero del que sólo recordamos el ojo de una cerradura, una teja, el modo en que el umbral se desgastaba bajo la puerta”. Al terminar de leer esta novela, Nicole Krauss nos ha llevado con una admirable maestría por los rincones afilados pero siempre reconfortantes de ese lugar inmemorial, de esa región anhelada y para siempre perdida, para recordarnos que, pese al abandono, el desconsuelo y los temores que nos agobian —o, mejor, gracias a ellos, a la casa que levantamos con nuestros delicados e iluminadores fragmentos—, nunca estamos solos.

Nos ha entregado, sin más, una habitación propia.

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Por Juan Diego Pérez Moreno

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