La comunidad artesanal del pequeño corregimiento de La Chamba, en Tolima, logró con sus particulares vasijas, olletas y floreros negros conquistar miles de hogares colombianos. Lo que hacía diferente estas vajillas era que en lugar de tener ese color rojizo de la arcilla, que las hacía parecer algo desteñidas y sin gracia, ostentaban un poderoso y elegante color negro.
La forma como lograban esa pigmentación era todo un secreto de tradición. No se trataba de pintura, ni de ningún colorante químico, simplemente a la hora de mezclar la arcilla arenosa y la lisa y llevar las piezas moldeadas a mano al horno de leña, ponían dentro buenas cantidades de boñiga, que con el calor desprende un humo intenso que tiñe la greda. El procedimiento es tan particular que sólo hay otra comunidad en el mundo que hace algo semejante, se trata de los Chulucanas en Perú, que colorean sus creaciones con hoja de mango.
La exclusividad de estas piezas en las que tradicionalmente se ha servido el ajiaco ha llegado a Expoartesanías de la mano de una empresa que ha decidido innovar en el diseño.
“Nosotros entramos en las comunidades artesanales, mantenemos la tradición, pero invertimos en tecnología, en diseñar cosas nuevas”, explica Ricardo Echeverri, dueño de la empresa Artesanías de la Tierra, que ha decidido darle un repunte a esta vieja manera de hacer ollas y trabajar con algo más de 50 artesanos diseñando productos que puedan cautivar a públicos más exigentes.
Las intervenciones son mínimas y orgánicas, se trata a veces tan sólo de tomar un cepillo y pasarlo sobre la arcilla fresca y darle una textura rústica. Otras veces es simplemente un rayón sutil, una hendidura que rompe el equilibrio del negro brillante y el artesano tiene en sus manos un producto con una cuota más alta de diseño.
“El tema del trabajo y comercialización con artesanías pasa por tres variables: la capacidad de producción, el precio y el diseño. En Colombia hay artesanías bellísimas que todo el mundo cree que se pueden exportar y hacerse rico, pero siempre el modelo de negocio falla en alguna de las tres variables”, explica Echeverri, quien confiesa que en donde más falla la artesanía nacional es en la capacidad de producción. “Si sales a buscar mercados afuera, por lo menos te van a pedir un contenedor y si le pides a un grupo de artesanos que hagan más o menos 7.000 piezas, se tardarían 10 años en lograr la meta”, añade este ingeniero industrial.
Esta fue la razón que motivó a Ricardo a buscar mecanismos para hacer los procesos más competitivos, para cumplir con los cuatro contenedores que en promedio exportan cada año, pero sin afectar el proceso artesanal que tenía que asegurar piezas hechas ciento por ciento a mano.
Cambiaron los hornos de leña por hornos de gas, de tal forma que la producción no se viera afectada por la lluvia y la madera mojada, y en vez de dejar que la chamba se secara al aire libre, crearon cuartos de secado que logran que una vasija se selle en tan solo dos horas, en lugar de cinco días.
Una vez los procesos estuvieron resueltos, pudieron concentrarse en desarrollar sus dos colecciones anuales, que incluyen cocina y jardinería con jarrones enormes y alargados que se exponen en tres estands diferentes de la feria, en la que esperan hacer por lo menos dos contactos con compradores internacionales. “Hemos hecho de la chamba una artesanía urbana, elegante, que viaja a toda Europa y que combina la tradición y la modernidad de una forma imperceptible”, concluye Echeverri.