Florencia
20 de junio de 1478
De pronto, la multitud de sombras se le vino encima. Se le abalanzaron malvadas e implacables. Lo arrollaron, aplastaron, sofocaron.
—¡Ayuda! Me matan…
Pero el grito se ahogó en su garganta. Nadie podía escuchar su desesperada súplica.
—¡Hijo!
Lorenzo se sobresaltó y volteó bruscamente en la dirección de la que provenía la voz. Vio el hábito claro de un monje de pie, erguido, junto a él. El religioso lo miraba sinceramente alarmado. Apoyaba una mano en su hombro para calmarlo.
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—Debes haberte quedado dormido, Lorenzo. Tuviste un mal sueño. Gritabas algo.
—Estaba rezando, pero de repente me escurrí en una pesadilla. Debe ser por todas estas estatuas que me rodean. Son tan inquietantes… ¡Me asustan!
Miró afligido a toda esa multitud de seres sin alma que lo circundaban, de cuerpos rígidos y ojos inexpresivos, con sus vestimentas arrugadas y desgarradas por el filo de la daga. Todos iguales, todos en la misma angustiante pose de hombres de pie sobre sus propias piernas, pero privados de aliento.
Los ciudadanos de Florencia habían querido agradecer a Dios por salvar la vida de Lorenzo, el día en que los conspiradores, determinados a aniquilar a los Medici, tiñeron de sangre las antiguas baldosas del Duomo, pero en lugar de encender suntuosos cirios como ofrenda a la Virgen, vaciaron sus propias bolsas para donar todas esas estatuas de tamaño natural, cada una de las cuales reproducía con un realismo asombroso las facciones del hombre que sobrevivió de milagro.
Eran tan parecidas al original que les daba un aspecto macabro: la diáfana nitidez de la cera creaba una perversa ilusión de realidad, evocaba la palidez de un rostro exangüe. Y mil veces más intensa era esa impresión de un cuerpo sin vida en la obra del mejor aprendiz del maestro Andrea Verrocchio, es decir, el joven Leonardo, hijo de don Piero da Vinci: en un arrebato de entusiasmo, o tal vez de descaro, el aprendiz osó pedir que Lorenzo donara a la estatua la ropa que había usado aquel fatídico día, impregnada de su propia sangre, que ahora se había convertido en una horrible costra negra.
El fraile se acercó. Parecía enfurecido con Lorenzo, su mirada albergaba una amarga lucha entre la ira, el resentimiento y la culpa. Pero más fuerte que cualquier otro sentimiento, había en él un afecto fraternal teñido de una profunda tristeza. ¿Lo conocía? Probablemente sí, pero su cara se confundía entre la multitud de nombres y rostros con los que se había cruzado tantas veces en el convento de San Marcos.
—Veo que apartas la mirada de esa representación, Lorenzo. Sin embargo, es tu retrato. ¿Acaso tienes miedo de ti mismo? ¿O tal vez le temes a tu mala conciencia?
El heredero de los Medici se inquietó aún más de lo que lo había estado hasta entonces. La voz del religioso se había vuelto más suave y dulce, pero insinuante, casi llena de acusación. Extenuado por tantos días sin tregua y noches sin descanso, Lorenzo pensó que tal vez no era un verdadero fraile, un hombre de carne y hueso, sino el demonio disfrazado de humano que había venido a atormentarlo en ese momento de dolor, a echarle en cara una por una todas sus culpas.
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Porque sí, ¡mea culpa! Lorenzo de Medici había cometido errores. Errores de cálculo con el dinero y las personas; cálculos mal hechos por arrogancia, ligereza, orgullo o ambición desmesurada. Cargaba una inmensa responsabilidad sobre sus espaldas y ahora la vida le pasaba la factura.
Se había convertido en un hombre incapaz de sentir compasión, en un déspota que daba rienda suelta a su rabia a través de un torbellino de represalias capaces de esparcir el terror en las calles de Florencia. Juicios sumarios, ahorcamientos en la Plaza de la Signoria, emboscadas, venganzas realizadas a puerta cerrada contra aquellos que tenían su parte de pecados que expiar, pero que no podían caer a manos de los Medici sin que el pueblo se sublevara levantándose contra Lorenzo y toda su familia.
Tirano lo llamaban ahora; apenas unas semanas antes era el gran mecenas de las artes, el heraldo de la Signoria. El ciudadano honorífico. El orgullo de Florencia.
Se arrepentía de su ingenuidad, de cómo obstinadamente había mantenido los ojos cerrados ante tantas señales de advertencia que tanto la vida como sus amigos le enviaron. Y, sobre todo, se arrepentía de haber sucumbido a la más diabólica de las tentaciones: la seducción del poder.
La mirada se dirigió resuelta hacia ese punto de la nave donde se perpetró el crimen atroz. Lorenzo vio de nuevo a Giuliano, sentado poco lejos de él, en el extremo opuesto del coro. Así debía ser: los dos hermanos Medici lideraban el Duomo, sólidos y firmes como dos imponentes torres en las esquinas de un tablero de ajedrez. ¿Quién no habría entendido de inmediato el verdadero peso de la familia en la ciudad, con tan solo notar qué asiento les estaba reservado en la catedral?
El joven cardenal Raffaele Riario celebra misa en el altar mayor. Se ve ridículo, así ataviado con sotanas tan suntuosas; él, que en el umbral de los diecisiete años, se deja ya con orgullo su primera barba, convencido de que le confiere autoridad y un aire más maduro. Levanta la hostia, el niño cardenal se encuentra de espaldas y no ve nada de lo que sucede detrás de él en aquel momento. Todos se arrodillan, es el momento más solemne del rito, y justo entonces, como un demonio escapado de las puertas del infierno, Francesco de Pazzi ataca a Giuliano y lo apuñala salvajemente. Una, dos, tres veces. Tiene tanto odio acumulado que, en su furia de atravesar al otro sin darle escapatoria, se hiere incluso a sí mismo y pierde sangre de una pierna. Toma tiempo antes de que los demás, atónitos, se den cuenta de lo sucedido. Y luego un cataclismo de gritos salvajes resuena en todas direcciones. Las bóvedas profundas amplifican esos gritos, así como los pasos furiosos de miles de pies y el estrépito de armas desenfundadas que chocan con fiereza.
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Lorenzo recordaba solo algunas imágenes de la tragedia. El destello de una hoja metálica que roza su rostro, un dolor insoportable en el cuello; se lleva la mano a la garganta y la ve empapada de sangre. Diez compañeros están junto a él, lo arrastran lejos del peligro, mientras éste llama a gritos a los suyos. Rápidamente lo empujan a la sacristía, hacen un escudo humano frente a él. Poliziano les cierra a los atacantes la pesada puerta en la cara. Pero un momento antes de que esa puerta lo ponga a salvo, Lorenzo alcanza a ver a su amigo Nori desplomarse en tierra al tratar de servirle de escudo con su propio cuerpo; expira casi de inmediato, con el estómago perforado por las dagas. Ve a Giuliano tirado en un charco de sangre. Giuliano, lejos de él, perdido, exánime, abandonado por todos, incluso por Dios.
Y después del día de la sangre, llegaron los del furor. Con ira ciega, Lorenzo se vengó de sus enemigos de modo ejemplar, ordenó funerales públicos para su hermano y obligó a la Signoria a considerar su muerte como un crimen contra el Estado. También esas imágenes estaban impresas en su memoria con letras de fuego: el obispo Salviati, ¡maldito Salviati!, colgando de una ventana del Palacio de la Signoria. Todavía lleva puestas sus vestiduras sagradas, sus ojos están desorbitados y parecen preguntarse con incredulidad en qué pudo haberse equivocado.
Y Francesco de Pazzi, Salviati y los otros sucios ladrones que se aliaron para llevar a cabo la masacre, todos se habían convertido en alimento de cuervos y buitres, expuestos en la calle para escarnio público. Ese fue el último día de la primavera, una primavera en que Florencia se había teñido horriblemente de sangre.
—Tus enemigos han caído uno tras otro —dijo el fraile—. ¿Te sientes satisfecho con la venganza?
—No todos están muertos. Faltan los más infames.
—Supongo que te refieres a Bandini y Girolamo Riario, el sobrino favorito de Su Santidad. ¿Por qué te odia?
—Está corroído por la ambición. Le gustaría gobernar toda Italia y cree que soy un obstáculo. Además, me cree culpable de la muerte de su hermano. Ludovico Riario y yo éramos amigos. Lo asesinaron para perjudicarme. Girolamo quiere lavar la ofensa con mi sangre.
—No renunciarás a la venganza, ¿verdad, Lorenzo?
—¡Nunca! No encontraré paz hasta que haya puesto a todos los asesinos de mi hermano bajo tierra.
—¿No tienes temor de la ira de Dios?
Lorenzo no respondió. El atrevimiento del monje lo irritaba; miró hacia otro lado.
—¿Está aquí para sermonearme, reverendo padre? —preguntó con tono áspero.
—Hoy no, Lorenzo. Sígueme, vamos afuera. Hay una cosa que es urgente que veas.