La cumbia es magia y memoria. De su mano despedimos a quienes se van y honramos la vida: exaltamos a los amores, convocamos a la fiesta y homenajeamos a la naturaleza. Ahí reposa la memoria de nuestros pueblos mestizos.
En tierras ribereñas del Caribe colombiano —Magdalena, Sucre, Atlántico, Bolívar y Córdoba— se mezclaron las flautas indígenas, los bailes europeos y los tambores africanos para crear una sonoridad mestiza, adornada con poesía de juglares campesinos que ha cruzado fronteras hasta convertirse en símbolo de la cultura musical del continente.
La maestría de José Barros, Totó La Momposina, Andrés Landero, Lisandro Mesa, Lucho Bermúdez, Matilde Díaz y Martina Camargo, entre muchos otros, la ha puesto en valor más allá de nuestras fronteras. Por eso hoy existe cumbia, con sus variantes, desde el norte de México hasta el sur de Argentina.
La inclusión de la cumbia en la LRPCI ha sido posible gracias al empeño de servidoras y servidores públicos y, sobre todo, al aporte de generaciones de portadores, sabedoras, investigadores, cultoras y ciudadanía, así como a sus manifestaciones conexas: cantos, danzas, instrumentos, indumentaria y artesanías. La cumbia es más que un ritmo: es una matriz biocultural.
La inclusión en la LRPCI es un camino exigente: implica investigación profunda con enfoque comunitario, presentación ante el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural (CNPC), formulación del Plan Especial de Salvaguardia (PES). Este instrumento de gestión hace una caracterización de la manifestación, define acciones para su permanencia y transmisión intergeneracional, y requiere participación comunitaria, acompañamiento e inversión institucional. Hacer parte de la Lista permite acceso a beneficios de legitimación social y apoyo técnico institucional; promoción turística mediante campañas, ferias y publicaciones; estímulos económicos del Minculturas e inversión territorial; así como beneficios tributarios contemplados en la Ley 1185 de 2008.
En los PES están identificadas las amenazas que nos convocan a trabajar de forma articulada entre comunidades, autoridades e instituciones para garantizar que las manifestaciones sigan vivas y robustas. Nos enorgullece contar con manifestaciones reconocidas como patrimonio, pero poco pensamos en quienes las preservan. Quienes crean, interpretan, enseñan y transmiten deben contar con condiciones dignas de trabajo que garanticen la pervivencia de las manifestaciones.
La reforma laboral, en su artículo 41, reconoce por primera vez los derechos de las y los trabajadores de la cultura mediante un contrato laboral especial con salarios justos y garantías laborales. Esto es una garantía de vida para nuestros patrimonios culturales, hagan o no parte de la LRPCI. Los gobiernos son pasajeros, pero las comunidades permanecen. Por eso corresponde al Estado y al sector privado ofrecerles condiciones para que desarrollen su trabajo con dignidad.
En un país herido por tantas violencias, los patrimonios son hilos que remiendan el tejido social: nos reúnen, nos convocan al encuentro y a la sanación colectiva. El patrimonio es poder popular, es resiliencia y riqueza común. Y la cumbia hace parte de nuestras memorias más entrañables. Por eso es tan importante garantizar a nuestros cultores y cultoras que, a través de las artes y los saberes, podamos seguir convirtiendo los dolores en belleza.
*Historiadora, magíster en Comunicación Audiovisual, doctora en Creatividad Aplicada. Viceministra de los patrimonios, las memorias y la gobernanza cultural del Minculturas.
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