En 1895, Oscar Wilde celebraba la importancia de llamarse Oscar Wilde. Por entonces, una de sus obras más reconocidas, La importancia de llamarse Ernesto, era representada en los principales teatros de Londres, y El retrato de Dorian Gray, su novela emblemática, ya había hecho otro tanto entre los círculos literarios de Londres. En los diarios aparecían caricaturas que satirizaban su obra y sus poemas consagrados a la sapiencia y la sensibilidad. Se lo dibujaba como Narciso, reparando eternamente en su reflejo en el agua, y también como un tahúr que en vez de cartas lanzaba poemas de ocho versos a dedicadas damas de sociedad. Wilde era un personaje fuera de su época y de todas las épocas por su forma de vestir, sus maneras y el ansioso aunque sutil erotismo de sus obras.
Pero ese mismo año sería aún más famoso por razones menos galantes.
Oscar Wilde quizá lo sabía, pero prefirió eludirlo: diez años atrás, en 1885, un periodista y político de nombre Henry Du Pré Labouchere, liberal de palabra, había pedido que las penas contra los homosexuales fueran castigadas con siete años de trabajos forzosos. La Enmienda a la Ley Penal de ese año registró su solicitud, que castigaría a quienes cometieran “actos sexuales indecentes” con trabajos de la guisa de separar hilos de cuerdas. Ese mismo año nació Cyril, el primer hijo de Wilde; el escritor era un hombre de sociedad, casado con Constance Lloyd, cuya dote les permitió ciertas comodidades. Sus poemas y textos eran publicados en los diarios londinenses, y su exquisita reflexión sobre el arte por el arte, catapultada en la última frase del prólogo de El retrato de Dorian Gray, era ya de uso común.
Pero la fama fue corta y ajena, y ajena y corta fue su vida desde entonces.
Se vendría todo abajo: su familia, su apellido, sus propiedades, su imagen y esa agraciada pero engañosa pose dandi. Oscar Wilde quizá aceptó a la desgracia como quien acepta un hogar: con la confianza de que dentro de ella estará mucho mejor. El camino comenzó de esta suerte: el marqués de Queensberry, John Sholto Douglas, sospechaba que su hijo Arthur tenía una aventura con Wilde; la voz común decía que Wilde era homosexual, y por eso su reconocimiento se había extendido aún más. Ser homosexual en una sociedad patriarcal, dominada por el deseo de conformar una familia y mantener el estado de las cosas —de todas las cosas—, era un efecto de la rebeldía y la enfermedad, que debían ser curadas, arrancadas, vueltas polvo con la ley y vueltas polvo con las manos.
Eso pensaba, quizá no con esos modos, el marqués de Queensberry. Por eso dejó una tarjeta de presentación a Wilde en el club para hombres Albermale; diez días después, Wilde recibió la tarjeta y leyó la inscripción escrita a mano: “Para Oscar Wilde, quien posa de sodomita”. El marqués abrió el portal de la desgracia. Orgulloso y desdichado por el calificativo, muestra de cuanto muchos pensaban y pocos decían, Wilde denunció al marqués por calumnia. El caso fue desestimado y Douglas, liberado.
El marqués, sin embargo, se permitió otro duelo: volvió a demandar. Y fue entonces que el diario Police News registró el sábado 20 de abril de 1895 la entrada de Wilde al juzgado de Bow Street. Los dibujos hechos a mano hablan de un alboroto sincero por el caso: decenas de caminantes abuchean a Wilde, otras decenas intentan apresarlo, mientras algunos policías crean una barrera para eludir la desventura mayor. En otro boceto más, Wilde aparece sentado junto a Alfred Taylor, dueño de un burdel y acusado de permitir el “comportamiento sexual indecente” de Wilde con el hijo del marqués. En otro más, se dice que Wilde está enfermo en la cárcel.
Con Wilde en prisión, su familia hizo todo cuanto una familia inglesa del siglo XIX haría durante la desgracia: cambiar su apellido, quitarle la potestad sobre sus hijos y largarse. Wilde quedó solo. El proceso avanzó durante un mes, y Wilde, en vista de su extensión y de la terca insistencia a condenarlo por causa de su sexualidad, hubo de vender su propiedad y todos sus bienes para mantenerse en pie y con algo de dignidad. Además del testimonio del marqués, contra Wilde fueron utilizadas sus propias palabras; fragmentos de sus obras más conocidas fueron material jurídico esencial para condenarlo. La palabra, en las manos indebidas, siempre sabe traicionar a su servidor.
El 4 de mayo de ese año, Police News registra la venta de sus bienes con cierto dejo de celebración. Tituló “Escena de cierre en el Viejo Bailey” y Wilde aparecía dibujado con ridículo desdén en el tribunal y en una vieja presentación. Vendió su casa en Chelsea, vendió sus libros y algunos de sus manuscritos, vendió viejos juguetes de sus hijos. Vendió su propia vida y vendió su libertad. Pasaron 21 días para que esa publicación y la prensa entera del país anunciaran la condena contra Wilde: dos años de trabajos forzados en la prisión de Reading. Escribió De profundis y escribió La balada de la cárcel de Reading, ambas inspiradas en el desarrollo de aquellos sucesos y en su experiencia posterior. Desastroso y sin un solo bien, Wilde escribió y pasó aquellos dos años en soledad definitiva.
*La colección de la Biblioteca Británica se encuentra en www.bl.uk/romantics-and-victorians y contiene primeras ediciones digitalizadas, misivas y documentales sobre escritores como John Keats, Emily Brönte, William Blake, Charles Dickens, Jane Austen, entre otros.