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Apartes de un interrogatorio revolucionario (Políticamente artistas XI)

El caso Padilla comenzó a transformarse en un asunto mundial, literario y político, cuando en marzo de 1971 Heberto Padilla fue detenido en La Habana, y unos días más tarde fue apresada su esposa, Belkis Cuza Malé. El poeta recordó algunas partes del primer interrogatorio que le hizo un teniente de apellido Álvarez en su libro “La mala memoria”.

Fernando Araújo Vélez

19 de marzo de 2026 - 04:00 p. m.
Heberto Padilla nació el 20 de enero de 1932.
Foto: Elisa Cabot
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—¿Nunca llegaste a pensar que te detendríamos, no?

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—No.

¿Te creías intocable, el artista rebelde e intocable que se pasa el tiempo acusándonos de fascistas? ¿Que te íbamos a perdonar todas tus travesuras contrarrevolucionarias? ¿Qué podías atentar contra la seguridad del Estado sin ser puesto a disposición del tribunal militar número uno de La Cabaña? Firma este documento como te dé la gana que no será el único documento que tendrás que firmar. Con el veneno que riegas contra nosotros, todos nosotros, podrías tener tu pequeña historia de infamia.

—Es un error.

—Así que también te permites juzgar las medidas legales de la Revolución.

—Es un error acusarme de algo que todo el mundo sabe que no es cierto.

—Por lo que habrá una gigantesca reacción internacional —dijo con ironía.

—Yo no he atentado contra los poderes del Estado. —Pues escribe que no y firma.

Entonces firmé.

—Una reacción internacional.

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—Eso lo ha dicho usted, teniente.

—Eso lo esperas tú. Los intelectuales son intocables. En eso confiabas tú. Tus amigos comenzarán a movilizarse; si hicieran lo mismo con el trabajo voluntario habría aquí más bienes de consumo que en todo el mundo.

—Mis amigos fuera de Cuba se preocuparán y todos ellos son nuestros amigos, nos apoyan —dije.

—¿A quién?

—Nos apoyan. Apoyan a Cuba.

—¿Que apoyan a Cuba tus amigos...? —dijo el teniente con vehemencia y agregó—: Estos amigos tuyos apoyan a Cuba? ¿Estos, por ejemplo?

A las siete de la mañana del 20 de marzo de 1971, Heberto Padilla fue llevado preso por las fuerzas de seguridad de Cuba al edificio de los Hermanos Maristas. Lo hicieron dejar sus pertenencias y desnudarse, y después lo vistieron con el uniforme de los presos. Lo trasladaron a la oficina de un teniente de apellido Álvarez, que fue el primero que lo interrogó. O que habló con él y lo acusó de contrarrevolucionario. En medio del diálogo, el teniente hizo sonar una grabación con los amigos de Padilla, Jorge Edwards, Carlos Fuentes y etc. En sus palabras, parecía una obra del absurdo.

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—Tus amigos —dijo el teniente con ironía—, los que nos apoyan. —

Cuenta, Jorge, cuenta —dijo la voz del mexicano en la misma grabación que el teniente reanudó de pronto.

—Oye a los amigos Jorge Edwards y Carlos Fuentes. Óyelos bien —gritó el teniente.

“La voz mexicana insistía con gravedad en que la voz chilena le contara más, aún más. La voz chilena —sonaba un poco ebria— decía que había venido a México para poder enviar a Chile el informe sobre la verdadera situación cubana sin peligro de que fuese abierta en Cuba la valija diplomática. Estaba convencido de que las relaciones verdaderas entre los dos países se estaban llevando a través de los organismos de inteligencia, que Fidel Castro había llenado el país de vino ‘Baltazar’ por puro capricho, sin dar oportunidad a otros comerciantes chilenos, que Cuba se estaba metiendo en Chile por todas partes, que la Embajada de Cuba en Santiago era enorme y que la guardia personal de Allende era cubana, que cuando salió de una comida con Allende, cuando atravesó la vereda para ir hasta su coche, lo despidieron voces de indudable acento cubano que le dijeron desde los lugares donde estaban apostados: ‘Adiós, compañero’. La voz chilena siguió diciendo que una de las hijas de Allende se había casado con un oficial de la Inteligencia cubana, que Fidel Castro sabía más de Chile que el propio Allende. La situación allá es muy seria, Carlos, yo estoy verdaderamente preocupado. El Mercurio es la única voz sensata, sus editoriales son espléndidos, tienen la razón. Menos mal que Pablo no puede soportar a Fidel Castro desde que lo atacaron los escritores cubanos, que son todos his master voice (aquí se oyó la risa del otro). Yo siempre le dije a Pablo que Eduardo Frei fue el mejor Presidente de Chile y ahora con este Gobierno de Allende me doy más cuenta que nunca que este hombre es un idiota. La voz mexicana reaccionaba con inquietud, pero el que estaba aterrado con lo que oía era yo”.

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Alguien, escribió Padilla en sus memorias, había llevado una grabadora a una reunión entre Jorge Edwards, Carlos Fuentes, otros escritores y supuestas personalidades de confianza. Edwards y Fuentes se habían explayado. Entre tantas otras cosas, Fuentes dijo que Allende era un tonto, y que no comprendía cómo los chilenos habían permitido que Fidel Castro se involucrara en su política. Lo llamó “bongosero de la historia”. Edwards lo siguió e incluso cantó un estribillo con la frase, “bongosero de la historia”. Luego hablaron de Pablo, refiriéndose a Pablo Neruda, quien más de una vez criticó a Castro, y hasta ahí llegó la grabación. Cuando el teniente Álvarez oyó el final, dio una orden y sus lugartenientes se llevaron a Padilla a su celda. A los cuatro días retornó, o lo hicieron retornar.

El teniente Álvarez le ofreció una silla, sacó de uno de los cajones de su escritorio un libro, la novela “En mi jardín pastan los héroes”, de Padilla, y le preguntó por Pier Golendorff, “connotado agente del enemigo”, a quien habían detenido un mes atrás. “Sabemos lo que dijiste sobre su detención ‘para demostrarme que Pier es culpable tienen que presentarme las pruebas de su culpabilidad’. ¿Y quién eres tú para tener que darte demostración alguna? Tenemos en nuestro poder todas las libre— ticas donde él hacía sus apuntes ‘literarios’ que no son otra cosa que informes al enemigo”. Álvarez hizo una pausa, señaló la novela de Padilla y dijo que habían logrado recuperar todas las copias. “Hiciste más ejemplares que el periódico Granma, sólo que Granma difunde las ideas de la Revolución, y tú, el veneno de la CIA”.

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Después de un corto silencio, y según lo descrito por Padilla, “Acarició las tapas relucientes y sonrió mientras miraba hacia la puerta. —Y tu mujer debía estar aquí también contigo. Los dos están cortados por la misma tijera. Dice que padece de claustrofobia, ya el médico la ha calificado: es una histérica”. Padilla dijo que ella, Belkis Cuza Malé, no tenía nada que ver con lo que él dijera o escribiera. “No pude evitar que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza cuando oí su voz surgiendo de una cinta magnetofónica, impugnando, tensa y angustiada, las acusaciones que este mismo oficial lanzaba contra ella. ¿Qué relación tenía ella con mis poemas, mi novela o mis opiniones? ¿Por qué se la encerraba injustamente en una de aquellas celdas? En realidad, nunca pude imaginar que recurriesen a tales procedimientos dictados únicamente por el odio; pero si mi encarcelamiento por ‘conspirar contra los poderes del Estado’ era una patraña, el hecho de encarcelarla a ella, cuyos padecimientos nerviosos conocían bien, sólo era concebible como resultado de una política, ése es el término genérico que se utiliza para tomar decisiones de alto nivel que, aunque injustas, son consideradas necesarias. De hecho era la venganza, más de dos años después, por no haber logrado impedir que se me premiara por Fuera del juego”.

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Cuando terminó de escuchar la grabación con la voz de su mujer, Padilla entró en estado de conmoción, por decirlo así. El teniente le preguntó en tono desafiante si iba a llorar, y luego le dijo que si sentía algún tipo de temor, habría sido preferible que hubiera pensado mejor lo que iba a hacer. “Es que usted tiene muy mala opinión de los escritores, teniente”, le dijo Padilla entonces a su carcelero, que respondió: “Porque todos son iguales”. “¿Todos?”. “Todos”, gritó el teniente, y luego agregó, “sin excepciones”. Pasados unos cuantos segundos, dijo: “¿Las hizo el Che cuando dijo que todos los escritores tienen el pecado original?” Padilla recordó en sus memorias que era el mismo modo de pensar de Raúl Castro. Y escribió: “Años antes, en Praga, hablando con todos los que integrábamos la misión diplomática y comercial de Cuba, al referirse a la polémica suscitada en la URSS en torno a Solzhenitsin, había dicho: ‘En Cuba, por suerte, hay pocos intelectuales, y los que hay están siempre buscando la quinta pata al gato’.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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