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“La diferencia entre la democracia y la oligarquía es la pobreza y la riqueza”: Aristóteles

Luego de haber estudiado y clasificado los tipos de gobierno de 158 lugares a lo largo del Mediterráneo, Aristóteles llegó a la conclusión de que ninguna constitución era perfecta, y que como escribió Peter Watson, “los distintos gobiernos estaban destinados a diferenciarse por el clima, las condiciones geográficas y los precedentes históricos”. Entrega número VIII de Rumbos de democracia.

Fernando Araújo Vélez

02 de junio de 2026 - 03:00 p. m.
"Hay que buscar el origen de las diferencias y de las divisiones entre los gobiernos. Cada pueblo, al buscar la felicidad y la virtud por diversos caminos, organiza también a su modo la vida y el estado sobre bases asimismo diferentes", decía Aristóteles en su libro "Política".
Foto: Dominio público
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Aristóteles decía que “El que sean pocos o muchos los que ejercen la soberanía es un accidente, en el primer caso de las oligarquías, en el segundo, de las democracias, porque en todas partes los ricos son pocos y los pobres muchos (y por esto sucede que las causas citadas no lo son de esa diferencia); lo que constituye la diferencia entre la democracia y la oligarquía es la pobreza y la riqueza, y necesariamente, cuando el poder se ejerce en virtud de la riqueza, ya sean pocos o muchos, se trata de una oligarquía; cuando mandan los pobres, de una democracia; pero acontece, como dijimos, que unos son pocos y otros muchos, pues pocos tienen prosperidad, aunque de la libertad participan todos; y éstas son las causas por las que unos y otros reclaman el poder”. Sobre quiénes eran los que ejercían la oligarquía y la democracia, aclaraba: “Como la oligarquía se define por el linaje, la riqueza y la educación, las notas de la democracia parecen ser las contrarias a éstas: la falta de nobleza, la pobreza y el trabajo manual”.

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Hijo de Nicómaco, el médico que atendía al rey Amintas de Macedonia, padre de Filipo II y abuelo de Alejandro Magno, Aristóteles quedó huérfano en plena adolescencia y fue enviado a Atenas para que estudiara en la Academia de Platón, donde estuvo por más de veinte años. Se marchó de allí cuando murió su maestro, en el año 347 a. C., y fue llamado por Filipo II para que instruyera a su hijo, Alejandro, que llegó al poder después del asesinato de su padre. Entonces Aristóteles retornó a Atenas y fundó su propio centro de enseñanza, el “Liceo”. Como lo reseñó Peter Watson en su libro “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, “Allí Aristóteles adoptó la costumbre de caminar por el paseo (peripatos) público hablando de filosofía con sus estudiantes ‘hasta que llegaba el momento de sus fricciones con aceite’. Como la Academia, el Liceo tenía cierto número de salones de lectura, pero también contaba con una biblioteca: según la tradición, fue Aristóteles quien por primera vez reunió la primera colección de libros ordenados de forma sistemática”.

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Pasó más de diez años en el Liceo, donde impartió lecciones que iban desde la lógica hasta la política, y de la biología a la poesía. De una u otra manera, pretendía clasificar todas las materias de las que se hablaba en su centro de estudios. Para algunos de sus biógrafos, fue el primer enciclopedista de la historia, aunque siempre resaltaron que de modo irónico sus obras publicadas se perdieron, y las que permanecieron fueron sus clases de las mañanas, anotadas, ampliadas y corregidas por sus estudiantes. En el año 323 a. C., Aristóteles tuvo que abandonar Atenas. La muerte de Alejandro Magno había comenzado a generar diversas reacciones, en especial al interior de la Asamblea, que acabó por declararle la guerra a los macedonios, regidos por el general Antípatros, viejo amigo de Aristóteles y su mecenas. De un momento a otro, Aristóteles fue visto como un macedonio, que era como decir, el enemigo.

La inminente guerra, la “guerra Lamiaca”, en la que los atenienses pretendieron liberarse del dominio del imperio macedonio que había forjado Alejandro Magno, fue acabando con la antigua, discutida, celebrada e histórica democracia griega. Luego de la batalla de Cranón, año 322 antes de Cristo, los macedonios y sucesores al trono vencieron a la liga panhelénica que habían organizado los atenienses. Entre varias disposiciones, recuperaron su poder e impusieron sus condiciones. Limitaron el derecho al voto, impusieron a Foción para que gobernara el estado, exigieron una cuantiosa indemnización por los costos de la guerra y persiguieron a Demóstenes e Hipérides, los principales instigadores de la revolución, hasta llevar al primero al suicidio y al segundo a ser ejecutado por las tropas de Antípatros, quien le ordenó a sus generales que le cortaran la lengua en clara alusión a su fama de gran orador y en castigo por sus discursos contra Macedonia y contra él mismo.

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Aristóteles huyó a la ciudad de Calcis, y así evitó que, según sus propias palabras, “los atenienses pecaran por segunda vez contra la filosofía”. Para Bertrand Russell, Aristóteles fue el primer filósofo que “escribió como un profesor… un maestro profesional y no un profeta inspirado”. En palabras de Watson, “El contraste más destacado con la actitud platónica lo encontramos en sus ideas políticas. En lugar del esbozo intuitivo de una mancomunidad ideal propuesto por Platón, las teorías aristotélicas se fundaban en una investigación sólida: por ejemplo, en las descripciones elaboradas por su ayudante de 158 sistemas políticos diferentes de todo el mundo mediterráneo, desde Marsella hasta Chipre. Su indagación le convenció de que la ciudad ideal no existía y de que no podía existir. Ninguna constitución era perfecta, y los gobiernos estaban destinados a diferenciarse debido ‘al clima, las condiciones geográficas y los precedentes históricos’. Por su parte, él prefería una forma de democracia abierta sólo a hombres educados”.

Cuando hablaba de hombres “educados”, se refería a aquellos que usaban la razón para actuar, y que habían tenido una formación para el “bien común”. En sus tratados de ética, Aristóteles plasmó su idea de la felicidad, de la armonía y la virtud, y dijo que cada una de aquellas concepciones provenía de una conducta que fuera realmente coherente con la naturaleza humana, que no era otra cosa que el comportamiento razonable. En palabras de Peter Watson, “Todos quieren la felicidad, decía, pero es un error buscarla, como lo hace la mayoría de los ciudadanos, en el placer, la riqueza o el prestigio”. Aristóteles consideraba que la felicidad tenía que ver mucho más con el control de aquellas y todas las pasiones, que con su búsqueda irrefrenable. “En la vida, uno debería buscar siempre la mesura, una posición a medio camino entre los excesos opuestos”. Pensaba que cada cosa tenía una razón de ser, y que en ese orden de ideas, la naturaleza no hacía nada en vano.

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De acuerdo con su lógica, o con su analítica, como la definirían sus estudiosos con los años y siglos, y que lo llevó al razonamiento deductivo, el ser, que era lo que existía, tenía diez aspectos: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, posesión, acción y pasión. Según Watson, el único elemento místico del pensamiento de Aristóteles tenía que ver con su idea de sustancia, “que tenía dos versiones: ‘en acto’, ‘cuando su forma se realizaba’, y ‘en potencia’, antes de que la realización hubiera acontecido. Cuando un escultor convertía el bronce, su material, en una escultura terminada, ‘realizaba’ la sustancia. Esto también evidencia la obsesión de Aristóteles con el propósito. Mientras las nociones de cambio y de propósito se aplicaban a los seres humanos y a los animales, con Dios, en su opinión, ocurría lo contrario. En medio de todos los cambios y mutaciones que observaba a su alrededor, Aristóteles postuló la existencia de un ‘motor inmóvil’: Dios”.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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