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“La distancia necesaria” de Tomás Bermúdez frente al bosque (reseña)

Se presenta por primera vez ante el público esta serie, compuesta por seis dibujos.

Enrique Uribe Botero, especial para El Espectador

23 de junio de 2026 - 02:47 p. m.
"La distancia necesaria", de Tomás Bermúdez, una serie de seis dibujos de grandes dimensiones (200 x 160 cm) .
Foto: Tomás Bermúdez
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“Un buen pintor tiene dos objetos que pintar, el hombre y la intención de su alma”

Leonardo Da Vinci*

Empiezo este escrito por el principio: nace una estrella en nuestro horizonte artístico.

Con la presentación de su obra por primera vez ante el público, el maestro Bermúdez nos revela la serie que acertadamente tituló La distancia necesaria. Un nombre que suscita a la vez admiración y respeto por aquello que representa: paisajes boscosos que, gracias a sus grandes dimensiones (200 x 160 cm) y a sus cuidadas proporciones, nos invitan a internarnos en ellos, al tiempo que nos animan a explorar cada una de las plantas y detalles que los componen. Si bien no se trata de un relato, sí nos está contando una historia de biodiversidad, de color, de texturas y de riqueza vegetal.

De alguna manera, el artista nos hace partícipes de la obra. Nos sitúa en su lugar. Son cuadros que recrean una realidad observada con extrema atención y que nos muestran aquello que una cámara fotográfica no alcanza a percibir. Son obras para ver, no simplemente para mirar.

La serie, compuesta por seis dibujos, propone un recorrido por un mismo paisaje de bosque. En cada paso, en cada obra, aparece algo nuevo dentro de un escenario aparentemente familiar. La mirada descubre matices, relaciones y presencias que habían pasado inadvertidas. En ocasiones, el espectador llega a sentir que la imagen representada no es el bosque, sino él mismo frente a él.

Todo un deleite para la vista y para la contemplación.

En la historia del arte hay paisajes lejanos, paisajes como telón de fondo y, aun cuando son raros, también los hay inmediatos, como los que este mes nos muestra Tomás Bermúdez en la galería (S.N.)2. Con ello, el artista nos invita a difundir el gusto por la naturaleza salvaje. Lo que considero de alguna manera novedoso en nuestro medio, si bien en las pinturas de algunos viajeros del siglo XIX pudimos haber visto algunos de ellos.3 Otra peculiaridad de la obra de Bermúdez es que sus cuadros son dibujados con un lápiz de carboncillo que él mismo fabrica a partir de esquejes de sauce que también él selecciona con el meticuloso ojo del artista que busca la mejor calidad. Esquejes que quema en un pequeño horno construido por él mismo. No delega en la industria lo que él considera fundamental en la pintura de sus obras. Es decir, la ejecución y concepción de la obra de arte empieza antes de templar el lienzo en el bastidor.

Cuando el artista dibuja la vegetación con carboncillo sobre lienzo, busca hacer del blanco y negro una parte integral de aquello que desea expresar. Aquí el verde ya no es «de todos los colores», como lo expresó el conocido verso de Aurelio Arturo, sino que el carboncillo parece ser de todos los verdes. Esa es la magia del buen arte.

Se trata de una propuesta interesante y, al menos en nuestro medio, novedosa. Sin embargo, no carece de antecedentes. En 1990, Luis Caballero pintó un enorme mural de seis por seis metros en carboncillo sobre lienzo para la Galería Garcés Velásquez, sin que falten, seguramente, artistas menos conocidos que hayan explorado caminos semejantes.

También lo hicieron grandes maestros de la historia del arte como Degas, Picasso, Manet y Matisse, aunque en su caso el carboncillo estuvo destinado principalmente a bocetos preparatorios y estudios compositivos, más que a la obra terminada.

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Tomás inventa, Tomás descubre, Tomás nos muestra lo evidente: aquello que está ahí, pero que no vemos. Con ello, el maestro Bermúdez cumple uno de los principios fundamentales de toda gran obra de arte.

Para terminar, cabe preguntarse: ¿de dónde viene Tomás Bermúdez? ¿Cómo se hizo este artista?

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Todo empezó en su temprana infancia en Barichara, Santander, donde vivió con sus padres y adonde todavía regresa para pasar largas temporadas rodeado de naturaleza. Su vida ha transcurrido entre árboles, arbustos, hojas y senderos. Una vida alrededor de las plantas. Sin esa experiencia íntima y prolongada del mundo vegetal, difícilmente habría podido pintar lo que pinta.

O quizá habría que decir que todo comenzó incluso antes. Comenzó con la figura de su abuela materna, Graciela Samper Gnecco, arquitecta y emblemática gerente de Artesanías de Colombia. A comienzos de la década de 1970, cuando la institución apenas ocupaba unas oficinas sombrías en un edificio del centro de Bogotá, ella impulsó su traslado al antiguo Claustro de Las Aguas, convencida de que el patrimonio cultural merecía un espacio acorde con su importancia.

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Pero su legado fue mucho más profundo que un cambio de sede. Su propósito, según sus propias palabras, consistía en “descubrir, dignificar y organizar al artesano colombiano”. Una tarea ambiciosa que marcó el rumbo de la institución durante décadas y contribuyó a reconocer el valor cultural y humano de los oficios tradicionales del país.

Entre la naturaleza de Barichara y el ejemplo de Graciela Samper parece encontrarse una de las claves para comprender la obra de Tomás Bermúdez: una mirada paciente, atenta a los detalles, respetuosa de los materiales y profundamente consciente del vínculo que une al ser humano con su entorno.

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Los lectores dirán si Graciela Samper logró su propósito. En cuanto a Tomás Bermúdez, basta recorrer los seis grandes dibujos de La distancia necesaria para advertir que, al menos en su caso, la semilla dio frutos.

El maestro Bermúdez cursó estudios de economía y matemáticas, disciplina esta última de la que llegó a ser profesor. Profesiones que, a primera vista, podrían parecer ajenas a las bellas artes, pero que en realidad forman parte de una manera particularmente sensible de comprender el mundo.

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Innumerables obras maestras de la pintura encuentran sus raíces en la geometría, las proporciones y las relaciones espaciales. Desde el Renacimiento hasta nuestros días, la matemática ha sido una aliada silenciosa de muchos artistas en la búsqueda de armonía, equilibrio y belleza.

De igual manera, el conocimiento de la economía de una región o de un país puede abrir a una persona sensible nuevas formas de entender la realidad humana. La riqueza y la pobreza, las tensiones entre ambas, las desigualdades, los intercambios y las posibilidades de alcanzar mayores equilibrios sociales constituyen aspectos fundamentales de la experiencia colectiva y, por lo tanto, también de la creación artística.

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En lo que respecta a su formación artística, Tomás Bermúdez realizó una maestría en ArtScience en el Real Conservatorio de La Haya, institución en la que obtuvo durante dos años consecutivos una beca de excelencia, distinción que da cuenta tanto de la calidad de su trabajo como del reconocimiento alcanzado en un medio académico particularmente exigente.

Estamos, pues, ante una obra de un artista bien formado, sensible y talentoso. Un excelente equilibrio entre la formación, el talento y la sensibilidad.

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[*] Como leer la pintura Patrick de Rynck. Editorial Electa página 106

2 Calle 26B # 3-47 Bogotá

3 https://x.com/hashtag/EstudiosHumboldtianos?src=hashtag_click

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Por Enrique Uribe Botero, especial para El Espectador

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