En la Grecia de los años del siglo VII antes de Cristo comenzó a difundirse el concepto de propiedad, que llevó al de acumulación, y luego a los de riqueza y a las primeras monedas. “El invento se difundió con rapidez entre los griegos y el creciente uso del dinero hizo que aumentara la riqueza y que más hombres pudieran adquirir tierras”, como lo escribió Peter Watson en “Ideas, historia intelectual de la humanidad”. Las tierras, en términos de Watson, necesitaron con el tiempo que alguien las defendiera, “y en el siglo VII a. C. aparecieron, en conjunción con las nuevas armas, un nuevo tipo de guerrero y un nuevo tipo de guerra. Me refiero al surgimiento de la infantería ‘hoplita’, dotada de cascos, lanzas y escudos de bronce (‘hoplon’ significa en griego ‘escudo’)”.
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Antes de los hoplitas, los combates eran de hombre a hombre, individuales y cuerpo a cuerpo. Con ellos, por ellos, aparecieron las primeras formaciones guerreras, más que nada en los campos llanos. Unidos y disciplinados, se movían y atacaban a los invasores o se protegían de ellos en escuadras de ocho filas, “en las que el lado derecho de cada hombre estaba protegido por el escudo de su compañero. Si caía, el hombre que se encontraba a sus espaldas en la siguiente fila ocupaba su lugar”. Aquellas milicias multiplicaron la cantidad de guerreros. El poder de los aristócratas empezó a tambalear y la brecha social entre los ricos y los pobres se abrió, pues, como lo explicaba Watson, los escudos y las lanzas eran muy caros y el campesino raso no tenía con qué comprar armamento.
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En palabras de Watson, “Esta brecha se abrió porque la tierra en Ática era pobre en lo que al cultivo de cereales se refiere. Por tanto, en los años de malas cosechas, los granjeros más pobres tenían que pedir prestado a sus vecinos más ricos. Con la invención de las monedas, sin embargo, en vez de pedir prestado un ‘saco’ de grano para luego pagar un saco de grano a la antigua usanza, al granjero se le prestaba ahora el ‘precio’ del saco”. En términos generales, los préstamos se solicitaban cuando los cereales eran escasos, y se cancelaban cuando había abundancia, lo que hacía que las deudas aumentaran. Por aquellos tiempos, la ley dictaminaba que los acreedores podían detener a sus deudores morosos y hacerlos esclavos junto a los integrantes de sus familias.
“Esta ‘ley del hombre rico’ ya era bastante mala, pero la difusión de la escritura la hizo aún peor. Bajo la supervisión de Dracón, las leyes fueron puestas por escrito y ello animó a la gente a hacerlas cumplir. La ‘ley draconiana’, se dijo, estaba escrita con sangre”. Entre deudas, reclamos, imposiciones, leyes y esclavizaciones, los atenienses decidieron elegir a alguien que mediara entre ellos, un tirano, como se llamaba la figura. Luego de varias idas y vueltas, e incluso de una que otra revuelta, Atenas se decantó por Solón, un hombre con una amplia experiencia en tratar con asuntos complejos, lejano descendiente de reyes y un poeta que en sus versos criticaba a los prestamistas y los ricos por su desmesurada codicia. Apenas asumió, hacia los años 594 o 592 a. C., Solón sepultó las viejas leyes dispuestas por Dracón.
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Canceló las deudas y prohibió la exportación de todos los productos del campo, empezando por el aceite de oliva. Era inhumano que unos cuantos se enriquecieran vendiendo la comida al exterior, y que en Grecia hubiera quienes morían de hambre. Luego cambió la Constitución. Hasta su llegada, los griegos estaban gobernados por un sistema tripartito. En lo más alto estaban nueve arcontes. Abajo de ellos se encontraban los aristoi, el consejo de los hombres más preparados y sabios. Después estaba la asamblea popular, Ekklesia, cuyo término era una derivación de “iglesia”. De acuerdo con Peter Watson, “Solón transformó la asamblea, en la que se permitió que participaran también los comerciantes y no sólo los terratenientes, y redujo de forma considerable los requisitos para ser elegido arconte”.
Cuando Clístenes llegó al poder, apoyado por los sacerdotes del Oráculo de Delfos, ya Grecia vivía en un principio de democracia, un vocablo que había surgido de la unión de las palabras y los conceptos “demos” y “kratos”, pueblo y gobierno. La asamblea general era la que decidía, y de ella hacía parte el pueblo. Sin embargo, por su poder, empezó a granjearse distintos enemigos, igual que el sucesor de Clístenes, Pericles, quien reconstruyó el Partenón, era amigo de Anaxágoras Fidias y Protágoras, e “Instauró el pago por parte del estado a los jurados y a los miembros del concejo, terminó las murallas de la ciudad, que la hicieron impenetrable, y se interesó de forma especial por las cuestiones filosóficas, artísticas y científicas (algo inusual en un militar, aunque característico del ideal ateniense)”.
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Pericles era guerrero, orador, estratega, y todo ello lo utilizó en su carácter de político. Entre tantas otras frases, afirmó que “La libertad es posesión segura únicamente de aquellos que tienen el valor de defenderla” y “Lo que dejas atrás no es lo que está grabado en monumentos de piedra, sino lo que está entretejido en la vida de los demás”. Afiliado en la vereda de enfrente de los conservadores y de su aristócrata rival, Cimón, era republicano, de ahí que su gobierno pasara a denominarse “República”. Según el historiador Tucídides, “Poseía gran autoridad por su prestigio e inteligencia y era inaccesible manifiestamente al soborno, contenía a la multitud sin quitarle libertad, y la gobernaba en mayor medida que era gobernado por ella; y esto, debido a que no hablaba de acuerdo con su capricho para buscarse influencia por medios indignos, sino que, gracias a su sentido del honor, llegaba a oponerse a la multitud”.
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