El Magazín Cultural

2 Jul 2022 - 7:37 p. m.

La esquina delirante CIII

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Varios autores

Bienvenidos todos los microrrelatos a laesquinadelirante@gmail.com, máximo 200 palabras.
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Foto: Cortesía

La perra

Idalia fue al patio y se sentó bajo un palo a llorar. Se acarició el vientre y gritó: “¡Papa Dios, dame un hijo, no quiero irme de este mundo sin haber parido!”. La perra se espantó con los gritos, estaba preñada y la barriga le pesaba. Luego se acercó a los pies de Idalia, esta le tiró tierra en los ojos. A los pocos días de haber parido la perra, la mujer se fue a un hospital, entró a una habitación haciéndose pasar por enfermera y robó un bebé. Llegó de madrugada a su casa, con el recién nacido envuelto en una manta. El niño lloraba de hambre, la mujer se sacó su pecho flácido y lo puso a mamar, se calmó por un momento. La policía anunciaba por una bocina el robo del niño, entraron de casa en casa. El bebé reventó a llorar, sin consuelo. Volvió a ponerlo en su pecho y el niño apartó la cara. Unos hombres tocaron en la puerta de la casa. Idalia fue al cuarto donde estaba la perra amamantando a sus cachorros, estiró de la pata a uno de ellos y colocó al niño. Luego, abrió la puerta.

Verónica Bolaños

Renacimiento

En sus dos hemisferios no había lugar para nada diferente al caos. Su indómito cerebro, como una aguja percutora que incesante trabaja, perforaba sus cienes todas las noches, sumiéndola en un profundo y exasperante insomnio. Hasta el día sublime e inmemorable en que resolvió desterrar a aquel odioso intruso que, sin haber sido invitado, consumía todo en su vida; y, entonces, al pasado llamó pasado y al presente, presente. Al responsable de haberlo invertido todo, solamente lo volvería a ver en las páginas de los obituarios abandonados en los anaqueles de una memoria inexistente.

Fernando Carrillo Virguez

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La pata del mono

—¡Hay alguien en el cuarto! —dice Berenice al levantarse.

—Sí, son dos. Están en la puerta. Un ser alto y uno pequeño, una especie de mono —explica Francisco con tono de resignación.

La pareja de psicólogos se levanta de la cama. No observan a nadie más en la habitación.

—En el sueño tampoco los veía, podía sentirlos. Le arranqué la manita al pequeño —dice él.

—Soñamos lo mismo, otra vez —completa ella.

—Sí. Es difícil de creer, ¿cierto? — expresa Francisco, mientras aprieta la manita del mono y se la pasa a su pareja.

“El problema es que es invisible”, piensa él y suspira, mientras Berenice con la boca llena de sangre muerde feroz la pata de mono.

Karla Barajas

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Salomón e Israel

En el año de su retorno de Saturno, Salomón regresó al sitio de su primera epifanía. Caminó entre el bosque húmedo en compañía de su perro, Israel. El sendero mojado le inundaba los zapatos de frías inquietudes que le llegaban hasta los huesos. A pesar de la incomodidad no retrocedió; algo lo llamaba a enfrentarse a esas míticas aguas cristalinas.

Trataba de poner en orden su oscuridad. Solo quería un consejo para limpiar la humareda entre sus venas. Esperaba que el río le respondiera, así cómo la vez cuando de niño le contestó a sus cantos paganos, mandando como mensajero a un salmón que saltó al ritmo de su melodía.

Al llegar a la orilla, se detuvo para asomarse al agua a ver si había algún salmón a su espera, pero lo único que encontró fue el reflejo de un hombre con los ojos tristes y la barba larga. Cerró los ojos y cayeron gotas de sus cuencas para sumarse al cuerpo de agua. Israel empezó a gruñir para que mirara lo que había ocurrido. Salomón abrió los ojos y entre las ondas que crearon las lágrimas, se vio a sí mismo, cantando de niño.

Alana Iver

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