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Reflejo
Frente al espejo del cuarto de hotel, María se pregunta quién es la desconocida que la mira de manera descarada y le sonríe con franca desvergüenza. Cree reconocerse en el reflejo, pero sin duda no es ella. ¿O sí? Confundida, toma su diario que está sobre la mesita, lo abre y repasa algunas páginas: Martes. Llevo tres semanas de auto secuestro, nadie parece haber notado mi ausencia del mundo. Quizá ya he muerto. Siempre espero demasiado de las personas. Jueves. La soledad no sabe de consejos. Tal vez no fue buena lo de querer llamar la atención. Sábado. Odio a Coelho. Leo a Spinoza, amo a Sócrates. Lunes. He abierto por fin la ventana, hay aire fresco en la habitación. Miércoles. Veo un huésped anciano en el banco del jardín de esmeralda, lee y ríe, mira al cielo. De lejos nos llega el alegre canto de las alondras. Tarareo mi canción favorita. Bailo. Viernes. Para ser mi propia captora no soy tan mala después de todo. Es hora de volver. Ahora, mirándose benévolamente al espejo, y redimida en su amor propio, María no tiene ni remota idea de qué es el Síndrome de Estocolmo. Pero eso es lo que menos importa.
Reynaldo Bernal C.
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El páramo
Con el clímax de la caminata, meto los pies descalzos entre el agua fría que baja del cerro; siento las piedras casi como hielos, mis dedos se estremecen y sonrío. Sumerjo mis manos para llenarlas de agua cristalina y helada. Baño mi rostro con agua del manantial. Respiro. El silencio inunda el páramo y los frailejones bailan con el viento suave que desciende. Siento la vida en la naturaleza y me arropo con ella para sentir libertad. Cierro los ojos y prometo en mi mente volver en siete días.
Diana Lucrecia García
Primavera
Llueve, esa es la definición para incontables rayos de agua cayendo desde el cielo. Son largos y continuos y no se tocan en su viaje. Dejo que mi cuerpo sea acribillado por miles de agujas como remedio para el dolor con dolor. Ya pasaron los tiempos oscuros de soledad y miedo. Hoy, al final del túnel, se percibe una luz de esperanza y paz. Finalmente puedo arrodillarme sobre la tierra en la que la lluvia ha concluido su carrera y las aguas cubren todos los rincones. Es primavera. Aquí todo renace y hay un triunfo celebrado por la semilla que esperó paciente bajo la tierra oscura y la capa de nieve. Camino lentamente hacia mi nave de color azul acerado y su apariencia gastada y orgullosa de los miles de viajes a través de los mundos. Dejo mi disfraz terrícola afuera y, sobre la hierba, vuelvo a ser yo: un rayo de luz blanca. La misión está cumplida, ya sembré amor y esperanza para esta nueva era, ahora les toca a los hombres continuar hacia la luz o regresar a las tinieblas.
Al Agus
Japiberdi, Don Genaro
El repiqueteo del teléfono corta de tajo la algarabía de secadores, música de radio viejo y conversaciones anodinas. Patty, la propietaria, responde todavía con un manojo de pelo de doña Magda en la otra mano. “Aló, gracias, verá, es que hoy es mi cumpleaños y no tengo familia ni amigos. ¿Podría, por favor, cantarme el japiberdi?”, la interpela una voz cascada por el tiempo o el tabaco o ambos. “¡Coja oficio!”, brama Patty, cuelga y enciende de nuevo el secador. Pero el teléfono vuelve a sonar. Patty mira el techo exasperada: detesta que la interrumpan cuando está trabajando con su mejor clienta. “Aló, qué pena, de verdad, se lo juro, hoy es mi cumpleaños…”, Patty bufa, aprieta los dientes y piensa en desconectar el aparato, pero hay algo en esa voz que le abre una grieta en su sensibilidad citadina a prueba de casi todo. “A ver, cómo es su nombre…”, pregunta, “Genaro, me llano Genaro, señorita”. Y Patty grita pidiendo silencio a sus empleados y clientas: “¡Silencio! Japiberdi para don Genaro, que está aquí en el teléfono. Uno, dos, tres… ¡¡¡Jaaapibeerdiiii!!!”, unos se miran consternados, otros ríen, pero todos cantan al unísono hacia la bocina por cuyos agujeros se cuelan finos y cálidos hilos de esperanza.
Jimmy Arias
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La Luz Olvidada
Eran días de verano llenos de luz áurea, excepto para Aurora, que no distinguía si amanecía o atardecía: había nacido ciega. Se esperaba un eclipse total de sol para el mediodía del domingo. Aurora notó que las gotas de lluvia caían en su rostro mientras caminaba con sus padres hacia la iglesia. La llovizna se transformó en una tempestad apocalíptica. En el momento de la cumbre del eclipse, nadie veía nada, los techos de zinc amenazaban con volar y dejar a los fieles a merced del agua y de los rayos. El sacerdote se escondía bajo el altar. Aurora comenzó a entonar una melodía. Sus padres la siguieron para intentar calmarse, las personas de las bancas contiguas también lo hicieron. De repente, la iglesia se lleno de un coro de aves y la joven se levantó con el agua hasta los tobillos para decir: “La experiencia me ha enseñado a no temerle a vivir en la oscuridad. Si faltan los astros o si falta la electricidad, todavía se puede contar una última luz dentro de cada quien, una luz de esperanza”. Dichas estas palabras, como si se tratara del discurso de un profeta, el sol asomó nuevamente, dando el eclipse por terminado.
Paula Calle
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