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La Nona
Escucha, tengo que confesarte algo. Hubo una Navidad en la que yo me robé a la Nona. Si, a tu Nona. Yo tenía una abuelita lejos y a la otra muerta, en cambio tú tenías a la Nona. No era el prototipo de abuela que yo esperaba. Era vanidosa y algo pasada de pulcra. Esa tarde había quedado contigo para salir al cine, y cómo estabas ocupada, la Nona tuvo la idea de que le ayudara a armar el árbol de Navidad, un majestuoso ornamento de casi dos metros de altura que chocaba con el techo. Yo accedí encantada. Jamás había tenido un arbolito de Navidad en casa. La Nona me contó la historia de cada adorno, comprados en tiendas de famosas capitales de Europa, así que me quedé a escuchar el relato de sus viajes por París, Londres y Madrid. Al año siguiente la Nona enfermó de Alzheimer. Antes de que este recuerdo se borrara para siempre, la Nona tuvo la idea de darme un regalo; me envió su árbol con adornos en una entrega especial. Te robé a tu abuela esa tarde, y hoy quiero regresarte este recuerdo. Sé que lo atesorarás tanto como yo a su árbol.
Luz Adriana Cifuentes
Un hilo maravilloso en twitter
Recuerdo el viejo hábito de escribir la carta a los Reyes Magos. Hoy todo ha cambiado. Los niños se han dado cuenta al ver el hilo de los Reyes Magos en Twitter: “Dadas las circunstancias, estas navidades no podremos hacer nuestro viaje a la Tierra en trineo. No se ha dispuesto la PCR para nosotros. Encontrar la prueba adecuada para nuestro sistema inmunológico ralentizaría el proceso imparable de las vacunas, así que estamos confinados perimetralmente en el más allá. Os compensaremos con más juguetes cuando todo se solucione. Disfrutad de ese día con vuestros padres y portaos bien. Aunque no nos veáis, estamos con vosotros”. Los niños se hicieron muchas preguntas y las respuestas no fueron muy convincentes. Fue el año en que las ilusiones tuvieron toque de queda y dejaron de ser tan etéreas. Le invitamos a leer: La Esquina Delirante XLIV (Halloween) (Microrrelatos)
Cecilia Ortiz Lobraña
La tradición
Todas las mañanas del 25 de diciembre, el viejo nos despertaba con vino y galletas, celebrábamos todos en pijama, en la tibieza de la cama, por la salud y la vida. Ha pasado un año, es la mañana del 25 de diciembre, acabamos de salir de la iglesia y caminamos hacia el parque, no llevamos pijama. Maritza reparte las copas de plástico, Andrés abre la botella de vino dulce de manzana y Alicia distribuye el paquete de galletas. Esta vez brindamos sin el viejo, por la salud y la vida. Nos tomamos una selfie de grupo y la subimos; tal vez allá arriba, remotamente alojado en la nube, nos alcance a ver. Le sugerimos leer Murakami: “En la profesión de novelista no hay victorias ni derrotas”
Carlos Horacio Jiménez B.
Dejamos un cuenco con galletas y un vaso de leche. “Papá Noel vendrá hambriento y fatigado”, dijo mi padre. Al día siguiente corrimos alborozados a ver los regalos. El cuenco y el vaso estaban intactos. El perro había desaparecido.
Miquel Zueras Navarro
Deseo de navidad
Ardía. Toda ella ardía al cerrar los ojos. Su piel era llamas cuando pensaba en su deseo. Se había cansado de esa trágica virginidad de 10 años. Por eso, esa Nochebuena, solicitó que un hombre la poseyera con exactitud, con conocimiento milimétrico de sus líneas. Temía, eso sí, haber olvidado el baile de sus piernas y sus brazos; temía no saber colocar su boca. Escribió su carta navideña con ese único deseo. La elevó en un globo hacia el cielo, y le puso un beso dibujado con pintalabios. La carta llegó a su destino y Santa leyó su deseo de Navidad. Echó a reír. “¡Que arda! Sí ¡Que se queme!” dijo con su ‘Jo Jo Jo Jo’. La noche de Navidad, un amante le visitó en sueños y la desvirgó, hasta que toda ella tembló, y alrededor cayeron los velones rojos y verdes que olían a canela. Ella durmió en llamas. Santa había cumplido.
Ludvika Tabriz
Jo, jo, jo
La cosa laboral tiene algo o mucho de perverso. Especialmente si eres tú el jefe. El poder ciega, corrompe, pervierte. Por ejemplo, nunca entendí esa retorcida costumbre de los empresarios de despedir gente en vísperas de Navidad. Justo cuando más te duele o más lo necesitas. Pero no te apures, viejo panzón, barbón y malagradecido, esta vez, antes de entregar mi ridículo uniforme de elfo, pasaré por el garaje y les haré algunos ajustes a los frenos de tu trineo. Con suerte, esta será también tu última Navidad. Jo, jo, jo.
M. Mantra
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