Publicidad

La Esquina Delirante LXXIV (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita. En tiempos fugaces, como los nuestros, en los que la inmediatez y la incertidumbre parecen haberse apoderado de nuestra cotidianidad, el microrrelato se yergue como eficaz píldora psicoterapéutica.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Autores varios
15 de mayo de 2021 - 04:00 p. m.
Imagen de referencia.
Imagen de referencia.
Foto: Archivo particular
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Vindicación de un condenado

Un rey está encarcelado en su palacio y lucha contra enemigos que niegan su libertad. Batalla contra ellos todos los días, pero, teniendo la fuerza necesaria para aniquilarlos, no lo hace. Cuando la derrota cabalga y estremece las puertas del palacio, el rey, con una mansa resignación, recibe la horda sin la menor resistencia. Los términos de la tregua se hacen cada vez más irreconciliables, entonces vuelven a encender la guerra: el rey siempre sale herido. Ellos saben que no lo pueden matar. El palacio, que no carece de elegancia, no es de las preferencias del rey; pero, curiosamente, hay días en los que se siente tan a gusto con él, que anticipa el amanecer y sale a replegar a sus enemigos. Sin embargo, también hay otros en los que lo desprecia tanto que siente impulsos de destruirlo, pero no lo hace por temor a la burla o al castigo. Otro motivo, no menos cobarde, que le impide destruirlo, es el cumplimiento de numerosas obligaciones. Y, precisamente, ambas cosas, el temor a la sentencia y el cumplimiento del deber, le impiden escapar del palacio, fortaleza inútil para sus fines como rey. ¿Cuáles son sus fines como rey? No lo sabe.

Juan Sebastián Padilla Suárez.

Le sugerimos leer: La Esquina Delirante LXI (Microrrelatos)

Bajo los tentáculos de las medusas

El pez inconsciente se alejó del grupo seducido por la medusa a pesar de que le advirtieron sobre sus facultades de depredador, de cómo engullía a otros peces de diferentes colores y tamaños. Él no podía creerlo cuando se acercaba y miraba su cuerpo resplandeciente de una belleza que iluminaba todo el océano. Una fuerza lo empujó hacia ella sin remedio. No pensó en lo que podía pasarle, solo se dejó arrastrar por la corriente y nadó hacia ella como si sintiera una atracción irresistible de la que no podía tener control alguno, como si algo en el mundo marino se hubiera trastocado, como si un tornado furioso se lo llevara sin cordura y sin lógica. No pudo dejar de mirar su cabeza en forma de campana, de ver su boca en movimiento y, a pesar de todo, se dejó envolver por los tentáculos. Cuando quedó aprisionado, el pez no pudo escaparse de la muerte: no era el cuerpo el que estaba prisionero, sino el alma.

Celia Ortiz Lombraña.

El patrón

Ella era de falda y maquillaje intenso desde tempranas horas. Todos la llamábamos El Patrón: en medio de una situación acalorada solía subrayar que ella era El Patrón. Las mujeres lo hacían también: ‘mande usted, Patrón’, ‘diga no más, Patrón’, y así quedó. Esa mañana, El Patrón ordenó sacrificar a la cría porque, según ella, había nacido ‘maltrecha’, pues el ternero no se puso de pie en las primeras 24 horas. Yo insistí en darle más tiempo pues la criatura era de mirada vivaz. Pero El Patrón me contestó: “Vea, Lucas, limítese a hacer caso, para eso se le paga. Aquí hay peones que hacen mucho más que usted y no ganan ni la cuarta parte de su sueldo. A usted se le llena la boca opinando sobre cosas que no debe. Bájese de la nube y no nos complique la vida a todos”.

A pesar de sus palabras me opuse al sacrificio y le dije que yo me llevaba el ternero para mi ranchito. El Patrón hizo llamar al capataz, un hombre fortachón y alto, pero que tan pronto ella gritaba ‘¡García!’, bajaba de estatura e, incluso, sentado se escurría en la silla. “Usted que sí sabe de estas cosas, dígale a Lucas cómo es la vaina”, y García dijo: “Así como usted dice, Patrón”. La cría fue sacrificada en frente de mí. García clavó su cuchillo en el cuello y cortó la vena yugular en un solo movimiento. “Hecho, Patrón”, dijo García. El Patrón me volteó a mirar. Yo lloraba en silencio. “La organización es primero y usted no ayuda con su actitud. Yo he leído de eso, tomé cursos y el tema es de actitud”.

Luz Martínez.

Parar para avanzar

Lucia se limpia las lágrimas con la manga sucia de su saco negro. Sonríe. Es estudiante universitaria de último semestre y, sobre ella, pesa un gran crédito que paga por sus estudios. Hace parte de la alta tasa de desempleo del país.

Lleva cinco días en las calles, de sol a sol, con la bandera de Colombia atada al cuello. Las arengas de la protesta se escuchan de fondo mientras Lucia ve, a través de una vitrina, la pantalla de un televisor anunciando que el gobierno retirará su propuesta de reforma tributaria.

Se siente victoriosa y entonces se incorpora, recobra el aliento y se une a la multitud de nuevo. Falta tanto por lograr y, por eso, esta noche llegará nuevamente tarde a casa.

Diana Lucrecia García.

Podría interesarle leer: Historia de la literatura: “Gargantúa y Pantagruel”, de François Rabelais

Etílicos

La puerta de la calle tembló con los golpes de Bertica “¡Abre, abre!”, gritaba, mientras Alfredo, su marido, acostado en el sofá, miraba hacia el techo.

En una esquina de la sala guardaba una colección de botellas de cervezas vacías y, en su mano, sostenía una con un último trago. Dudaba en tomarlo… El sofá despedía un olor agrio y tenía una viscosidad adherida a la tela.

“¡Oye, Alfredo, ábreme o vendrá la policía!”, decía Bertica. El hombre continuaba mirando al techo sin soltar la botella. Por un momento, levantó su espalda y, de paso, sus nalgas. Un fuerte olor a podrido salió disparado, una sonrisa se dibujó en su cara “¡Llámala, me importa un culo!”. Siguió sonriendo hasta alcanzar una carcajada. Su cuello se pintó de rojo, el pecho se expandió y su abdomen saltó como si tuviera un balón intentado salir. Entonces, se tomó el último trago. “¡Me la tomé!”, dijo en voz alta. “¡Te dije que no, que era para mí!”, gritó la mujer.

Manuel de León.

*Bienvenidos todos los microrrelatos a laesquinadelirante@gmail.com, máximo 200 palabras. Síganos en Instagram @laesquinadelirante*.

Por Autores varios

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.