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“La exclusión virtual puede generar dolor físico”: Daniele Aristarco

Durante la FILBo 2026, el escritor italiano habló sobre su libro “Fake. No es cierto, pero lo creo” y el manejo de información en la era digital. También habló sobre las consecuencias de la crianza distraída, la necesidad de pertenencia y la necesaria pausa para pensar.

Laura Camila Arévalo Domínguez

04 de mayo de 2026 - 06:51 p. m.
Daniele Aristarco es autor de cuentos y ensayos divulgativos para niños.
Foto: Panamericana Editorial
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Usted es escritor y el oficio del escritor requiere silencio, paciencia, proceso, alejarse del ruido. Usted viene de Italia, ¿cómo fue que se convirtió en escritor? Y hoy, ¿cuáles son los recursos que tiene para conservar ese silencio y focalizar?

Claro, la escritura se asocia a la necesidad de silencio y de concentración. Pero para mí también la escritura es todo lo contrario. Para mí el estudio y la escritura tienen que ver con viajar, con encontrarse con personas. Sobre todo, cuando escribo libros para niños y niñas, para mí es muy importante encontrarme con ellos, jugar con ellos, escuchar sus preguntas. Tal vez porque cuando era pequeño siempre era muy curioso, me interesaban las historias, me hacía muchas preguntas. Y las respuestas en general no me llegaban de los adultos.

Los adultos, cuando reciben una pregunta, sienten que tienen todo el poder y responden rápidamente. Si un niño le pregunta a un adulto: “¿Existe Dios?”, el adulto responde: “Sí, claro”, o “No, no lo sé”. Para mí, escribir fue una manera de encontrar mis propias respuestas.

La primera de las historias que abre este libro tiene que ver con un hechicero que no creía en la magia: Quesalid. Es un niño cuya madre se enferma; llega un hechicero, realiza sus rituales, y el niño escéptico no cree, aunque su madre se cura. Luego él crece, se convierte en hechicero sin creer en la magia, y termina emprendiendo un viaje en búsqueda de la verdad.

Al final, cuando se encuentra con otro hechicero, este le dice algo muy potente: que la verdad no puede sostenerse en las manos ni enseñarse; necesita de todos, de una comunidad, ¿cuál fue el método para elegir estas historias, basadas en hechos reales, para mostrar esa mentira disfrazada de verdad?

Yo empecé con una constatación. Me di cuenta de que en muchos países —porque he trabajado en varios y mis libros han sido traducidos a varias lenguas— los niños y las niñas tienen acceso a dispositivos tecnológicos desde muy pequeños.

Los adultos estamos muy preocupados por esto, porque tenemos miedo de que al crecer no puedan distinguir entre la verdad y la mentira. Pero los niños saben que lo más importante no es eso.

Para un niño o una niña, lo más interesante es entender que las historias hablan de nosotros mismos, nos tocan de manera real y nos ayudan a entender quiénes somos.

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Cuando empecé a escribir este libro, recolecté historias que ayudaran a los niños a distinguir entre cuentos y noticias. Pero después me di cuenta de que esa dificultad la tenemos todos, adultos y niños.

Las fake news nos revelan quiénes somos: en qué tendemos a creer, qué necesitamos. Necesitamos historias para confiar en el mundo. Incluso cuando sabemos que una historia es falsa, seguimos creyendo porque nos sirve creer.

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¿Por qué necesitamos creer, tanto en la esperanza como en el miedo. ¿Por qué somos tan frágiles en ese sentido?

Creo que esto tiene que ver con algo profundamente humano. No es un fenómeno reciente. Siempre hemos convivido con historias verdaderas y falsas. La diferencia ahora es el dispositivo: el celular. Cuando una noticia nos genera emoción, queremos compartirla inmediatamente. Esa información se difunde de manera impredecible, sobre todo si conecta con miedos o esperanzas. El problema es que solo verificamos cuando tenemos tiempo y dudas. Si no, nos quedamos en la emoción. Por eso, en el libro, en cada historia doy una pregunta. Creo que el instrumento más potente de debunking es el tiempo y la comunidad: contrastar, hablar con otros.

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Eso que dice es el mundo ideal: tener tiempo para leer, para hablar, para vivir sin el celular cada tres minutos. Entonces, ¿cómo encontramos ese tiempo para pensar, para parar, para comunicarnos?

Es una pregunta compleja. El tiempo para leer siempre fue un privilegio. Hoy vivimos en un afán y somos víctimas conscientes de ese afán. Sabemos que nos quita tiempo, pero lo seguimos haciendo. Lo único que realmente podemos hacer es trabajar en nosotros mismos: crear espacios, construir relaciones, hablar, escuchar, jugar. Y no tener miedo de exponernos junto a los jóvenes ante la complejidad del mundo.

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En el libro hay escépticos que, aun desconfiando, terminan cayendo en trampas. Yo trabajo en un periódico y veo cómo la cultura pierde frente a lo inmediato: la política, la farándula, el clic fácil.

Entonces, ¿por qué, si tenemos mejores herramientas, preferimos lo fácil? ¿Por qué renunciamos a la curiosidad?

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Un educador italiano dice que los niños se vuelven lo que sus padres son cuando están distraídos.

Todos estamos en el mismo tren, con las mismas fragilidades. Los niños, en realidad, están más alineados con la vida. Tienen una curiosidad y unas ganas de vivir impresionantes.

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Con ellos es posible generar experiencias reales de aprendizaje. Son prácticos, concretos.

Entonces, ¿entre más envejecemos somos más frágiles al engaño?

Sí, pero hay diferentes fragilidades. El adulto puede volverse más pesimista y creer en noticias negativas. El niño, en cambio, puede tomar como real algo que para nosotros es absurdo. Ambas fragilidades requieren trabajo.

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Hablemos del FOMO, esa ansiedad por no estar donde están todos. Esa necesidad de opinar de todo, incluso sin pensar...

Tiene que ver con la necesidad de pertenecer. Antes, si no encajabas en un grupo, encontrabas otro. Hoy los jóvenes están siempre conectados, con la ilusión de estar acompañados. Pero esa conexión no sustituye una comunidad real. Y la exclusión virtual puede generar incluso dolor físico.

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También está la ilusión de ser solidarios compartiendo cadenas o noticias alarmistas.

Exacto. Se simplifica la socialización. Además, hay un desconocimiento profundo de cómo funcionan las redes. Muchos permisos que no daríamos a una persona se los damos a las plataformas sin saberlo. Y esto crea la ilusión de que informarse y opinar es fácil, cuando en realidad requiere profundidad.

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Hablemos de normas y control. ¿Cómo distinguir entre regulación necesaria y censura?

Es un tema muy amplio. Pero, además de normas, hay que trabajar en el autoconocimiento, en la cultura y en la pedagogía. La primera víctima de la guerra es la verdad. Esto siempre ha sido así. Debemos formar opiniones profundas, no reacciones emocionales. Y eso se logra con libros, diálogo y experiencia.

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Y como audiencia, también debemos desconfiar cuando una noticia nos enfurece demasiado rápido.

Sí. Hoy la comunicación busca emociones para generar clics. Se vuelve casi una narrativa de ficción. Por eso es importante recuperar la relación con el periódico, con el tiempo, con la lectura pausada.

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Quiero cerrar con una frase del libro: “La vida no se puede reparar, se recrea”. ¿Cómo la aplica usted?

Esa frase no es mía, me la dijo un joven llamado Kevin. La poesía tiene que ver con hacer, con crear. Durante mucho tiempo intentamos reparar el pasado, pero la vida nos invita a recrearla en el presente. Los niños son maestros en eso: viven el presente.

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Debemos actuar guiados por nuestros anhelos, sin perder de vista el futuro, pero sin quedarnos atrapados en el pasado.

Conozca más: Hugo Mujica: “Estamos en un momento en el que el mundo ha tocado la locura”

Por Laura Camila Arévalo Domínguez

Periodista en el Magazín Cultural de El Espectador desde 2018 y editora de la sección desde 2023. Autora de "El refugio de los tocados", el pódcast de literatura de este periódico.@lauracamilaadlarevalo@elespectador.com
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