Esta semana estuvieron en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá escritores de todo el continente y colombianos de las universidades Central, Nacional, Javeriana y los Andes. Todos invitados al I Encuentro de Programas de Creación Literaria y Escritura Creativa de las Américas. Se hizo en Colombia porque el país está en la vanguardia. La Universidad Central y la Universidad Nacional crearon los primeros programas de maestría, especialización y pregrado del tema a nivel latinoamericano. Además, el Ministerio de Cultura y el Distrito Capital, a través del Instituto Distrital para las Artes, multiplican desde hace una década talleres de escritura creativa a lo largo del país.
Autores de novelas, cuentos, poemas, ensayos, guiones, obras de teatro, maestros y alumnos del mundo de la ficción estuvieron en retiros espirituales hablando de su oficio en 12 mesas de trabajo, a partir de decenas de ponencias: creación literaria, creatividad, literatura infantil y juvenil, impacto de la era digital, papel de la gramática, didáctica, pedagogía, investigación, campo laboral, los procesos editoriales, la función de la biblioteca, incluso de estrategias cuando la vida es sinónimo de “autoflagelación” con el “látigo de la palabra”, como decía Truman Capote.
Hubo seis talleres paralelos en las bibliotecas públicas de Bogotá donde se enseñó “¿Cómo escribir una novela?”, “Las herramientas del escritor” o “Las posibilidades del cómic en el taller de escritura creativa”. Un acontecimiento cultural en una época en la que el afán de figuración, la fama rápida y fácil, desplaza el proceso de años que implica formarse en releer y reescribir para aprender a contar y tener algo que decir a partir de una mirada propia del mundo antes de rasgar el telón del que habla Milan Kundera para reinventar lo establecido. “Leer para comprender y escribir para transformar”, se dijo en el encuentro donde se citó a grandes como Jorge Luis Borges: “de todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo”.
El hilo conductor de las tertulias fue el interrogante: “¿Se puede enseñar a escribir?”. Y la mayoría de asistentes respondieron sí, porque el objetivo era “pasar de una idealización del escritor como un ser ‘tocado por la musa’ a una concepción de aprendiz permanente de las técnicas y creador de nuevas maneras de contar”. Posición defendida por maestros como María Negroni, Liliana Heker y Federico Falco, de Argentina; Adriana Lunardi, de Brasil; Marco Antonio de la Parra, de Chile; Doménico Chiappe, de Perú; Eduardo Heras, de Cuba, y Mario Bellatin, de México. Y los colombianos Roberto Burgos, Alejandra Jaramillo, Roberto Rubiano, Adriana Rodríguez y Óscar Godoy, entre otros profesores presentes.
La profesionalización de un oficio rechazada por voces tan respetadas como la del escritor Alberto Aguirre, el primer editor de Gabriel García Márquez. “Al fondo, y en esencia, sigo creyendo que no se aprende a escribir sino escribiendo; aunque sería más preciso anteponer ‘leyendo’ a ‘escribiendo’. En verdad, son dos manifestaciones de una misma función”, respondió tiempo antes de su muerte a mi defensa de las bondades de la academia para formar escritores.
“No fui al aula en busca de fórmulas mágicas para hacer buenos cuentos o novelas. Sin embargo, el ambiente que allí encontré me hizo recordar el que usted pintó en el prólogo de Cartas a Aguirre: Gonzalo Arango no quería ser abogado sino escritor. Ustedes le consiguieron cuaderno y lápiz para que se entregara a su vocación; y los sábados él les mostraba en qué iba la novela. Leían trozos, improvisaban discursos; y el lunes le devolvían el cuaderno, cosechaban entre amigos. No importó que la obra resultara ‘mala... sin gracia alguna en el estilo’. Valía el empeño en el objetivo, poner a Arango en el camino que había escogido”, le había escrito. Le conté que cuando en Colombia hay grandes maestros, como Isaías Peña o Azriel Bibliowicz —exaltados el viernes al cierre del encuentro—, se enriquecen las bibliografías, se revisa la literatura clásica y contemporánea por las costuras, se discute, se analizan técnicas concretas y luego se escribe a la espera de críticas fundadas, entre amigos, sin posar de eruditos, y muchos borradores terminan en la basura. ¿Qué se recibe que justifique pagar una matrícula en una universidad? Mayor disciplina y criterio a la hora de leer y de escribir, nuevos parámetros de discernimiento. Conciencia de lo que pregonaban Flaubert y Faulkner: 1% de inspiración, 99% de transpiración.
Ante eso el gran Aguirre reconoció: “Lo interesante del taller, como usted bien lo anota, es el de encontrar lectores bien dispuestos para lo que uno escribe. Ese auditorio, benevolente o crítico, es de importancia para la formación del escritor, en el sentido de adquirir confianza en sí mismo. Y es importante la disciplina para leer y escribir que allí se adquiere. También es cierto que se forman parámetros de discernimiento, pero no creo que se adquiera inspiración. Esta sólo brota de la más honda intimidad”.
Bien dijo la autora argentina Liliana Heker a la revista Arcadia: “Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a dudar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo que a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas, va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo”.
Interesante debate que fue posible gracias al apoyo de la Gerencia de Literatura de Idartes, las universidades Nacional, Central, Javeriana y de los Andes, la Red de Escritura Creativa (Relata), Biblored, la Luis Ángel Arango, el Ministerio de Cultura, la Cámara Colombiana del Libro y el Instituto Caro y Cuervo. Se repitió en mesas y pasillos del encuentro y no hubo vencedores, aunque la mayoría eran profesores, talleristas o alumnos de la materia. En él también debieran participar todos quienes se sienten atraídos, formal o informalmente, por lo literario más allá de la academia. Guy de Maupassant, en El objetivo del escritor, anota que la ficción es el eslabón perdido de la propia existencia cuando de ese viaje a la condición humana depende la forma en que se “aprecia el universo”, la “visión personal del mundo” y la forma en que se transmite para “conmovernos por el espectáculo de la vida” con una “ilusión de realidad”.
Entonces pasa lo que le pasó a Capote: “... un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo”. Hasta descubrir una voz propia y, ojalá, llegar al “altar de la técnica”, al “gran arco”, el “gran diseño total”. ¿Cómo? “Mi estilo se volvía demasiado denso, requería de tres páginas para conseguir el efecto que podía lograr en un solo párrafo”. En cambio de “recargan las tintas” empezó a “aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un arroyo de campo”. “Volví al jardín de infantes, a reconstruir conversaciones cotidianas con personas comunes, de una manera severa y mínima... después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo”. El momento creador en que el escritor “tiene a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y aplicar simultáneamente... hasta lograr un virtuosismo tan fuerte y flexible como la red de un pescador”.
*Editor dominical de El Espectador. Egresado de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional y profesor de narrativa literaria.