Por las calles de Bahía Solano, Chocó, hay vientos de fiesta. Es la cuarta versión de Flecho, la Fiesta de la Lectura y la Escritura del Chocó, “una fiesta para celebrar, ser felices y promover el disfrute de la lectura, la escritura, las artes y la cultura”. En el parque principal está la tarima para los eventos con escritores, artistas y promotores de lectura. Hay varias carpas para los talleres y el puesto de la librería Cocorobé. Un niño llega con dos billetes arrugados para separar el libro del que quedó enamorado. En los anaqueles llama la atención la bellísima selección de literatura con protagonistas afro. Al fin libros para reflejarse, para reflexionar.
La programación comienza con un acto de magia. Los niños se agrupan y llegan más de los que se esperaban. Comparten la silla. Hay unas en las que se sientan de a tres y eso les divierte aún más. Esta es una feria a escala humana, como dice Velia Vidal Romero, la directora de Flecho.
Tras el escenario, el océano Pacífico. La tarde se desploma en mil colores. Llegan escritoras que hablan de los libros que les quitan el aire y más tarde, cantaoras que animan a la gente a bailar, a volver a celebrar juntos, al aire libre, bajo el cielo estrellado. Aquí termina Flecho en Bahía, pero también se realiza en Quibdó con más autores, jornadas de lectura en barrios vulnerables, música y amor por los libros.
Es marzo. No hay casi turistas, pero ese no es el foco de la Fiesta. Flecho es para los locales. Este es “un espacio para reconocerse y reconocer en el otro la diversidad, para encontrarse en lo público y construir puentes para la paz”. Un espacio para sanar heridas a través de las palabras. Es apenas una muestra de lo que hace el resto del año la Corporación Educativa y Cultural Motete en el Chocó. Motete, como el canasto tejido de algunas comunidades indígenas. Así empezó el sueño de Vidal: llevar libros en un motete y sentarse en un parque y llamar a los niños. Así lo hizo y se acercaron más, muchos más. Sabía que tenía que convocar a otros, llegar a más espacios a la vez y sostenerlo en el tiempo. Muchos amigos se prestaron para ayudar. Hablaron con empresas que pudieran patrocinar, ganaron convocatorias, pidieron ayuda estatal. Lo que parecía imposible lo hicieron realidad.
Ojalá iniciativas como estas sigan floreciendo aún en lo difícil. Ojalá se visibilicen y sean apoyadas por todo aquel que pueda hacerlo porque, se sabe bien: un libro cambia la vida para siempre.
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