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La filosofía de los cuentos de hadas (Sobrepensadores)

En algunas de las historias más conocidas de este género, como “Pulgarcito”, “La Bella y la Bestia” o “Jack y las habichuelas mágicas” se esconden reflexiones complejas sobre nosotros mismos y la vida que queremos llevar.

Redacción Cultura

04 de enero de 2026 - 07:00 p. m.
Se estima que “Jack y las habichuelas mágicas” tiene más de 5.000 años de antigüedad.
Foto: Wikicommons
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Saber cómo descifrar el mundo, qué lugar desempeñamos en el orden de las cosas y cómo tenemos que vivir son preguntas de un calibre desmedido y que, sin embargo, nos hacemos desde la niñez. Los cuentos de hadas son un intento por ayudarle al niño a responderlas. Las mitologías narran hechos grandiosos acaecidos en el comienzo de los tiempos, protagonizados por dioses y héroes; pueden explicar de dónde venimos y hacia dónde vamos, pero no le sirven al niño en su indagación. Las fábulas, como las de Esopo, más que enseñarle cómo es él, le dicen cómo debe ser. Al niño no le sirven recuentos freudianos o puramente racionales de sus deseos, sus tristezas o sus temores. Los cuentos de hadas —algunos de los cuales datan del origen del lenguaje escrito— le ofrecen una respuesta a través de la magia de una historia con la cual se puede identificar, como ocurre en uno de los cuentos de hadas más conocidos, el de “Pulgarcito”.

“Pulgarcito” es una historia que los niños adoran. Piénsese que en nuestro pasado está enterrado un tiempo en el cual no nos sentábamos en una silla, sino que nos debíamos encaramar en ella, en el que teníamos que mirar hacia arriba para ver a los adultos “gigantes” a la cara; un tiempo en el que el respeto de esos gigantes era una decisión voluntaria y temporal que solía durar lo mismo que la paciencia y la condescendencia de estos seres impredecibles. Esa es justamente la historia de Pulgarcito, la de un individuo diminuto, totalmente formado (Pulgarcito nunca creció, como el niño a menudo siente que nunca crecerá), en tierra de gigantes. En la historia original recogida por los hermanos Grimm, en algún momento exclama: “¡Hay tanto mal en el mundo!”. Las fantasías de transmutación física radical suelen identificarse con órdenes de maldad: el sueño de “El hombre invisible”, de H. G. Wells, era instaurar un reino del terror; Gregorio Samsa se despierta a un mundo de pesadilla convertido en un insecto gigante. La tentación de los gigantes de aplastar a Pulgarcito en cualquier momento, por fastidio o incluso por ternura, simplemente se le antoja verdadera y sobrecogedora. Para el niño, ¿cómo no identificarse con una figura como él mismo?

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La cultura produce relatos en los cuales nos vemos a nosotros mismos desde la infancia, pero los produce bajo las reglas del inconsciente: el desplazamiento (los adultos son ogros), la proyección (los animales de mi tamaño comparten mis temores) y la hipóstasis (la pequeñez de Pulgarcito es desmedida). El inconsciente no sigue una lógica racional; entendemos lo que nos dice cuando desentrañamos sus símbolos.

O considérese el cuento de “La Bella y la Bestia”. La historia la conocemos gracias a la versión edulcorada de Disney: Bella debe quedarse en casa de una bestia —que ha convertido en utensilios a todos sus sirvientes— por una deuda de su padre. Conviviendo con la bestia, pronto descubre la naturaleza bondadosa de este hombre que se ha transmutado por efecto de un hechizo. ¿Puede el amor de una chica transformar al hombre que ha devenido en bestia? ¿Es el amor siempre redentor? Esta historia versa sobre el poder liberador del amor femenino. Pero el mensaje de esta hermosa fábula va más allá: algo debe ser amado antes de ser amable. La paradoja es que, para poder ser amado, deberá ser primero amable. Solo el amor verdadero puede ver a través de la fiereza. Es una cuestión crítica porque involucra el tiempo; el último pétalo de la rosa no debe caer antes de que la conciencia de la falta de amor se arraigue para siempre en el alma de la bestia, porque hay un momento más allá del cual la amargura toma forma permanente en nosotros y dejamos de ser redimibles.

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Pareciera que el sentido del cuento de hadas no es solo para los jóvenes que se abren paso a través del amor por primera vez. Como bien lo menciona el psicoanalista inglés Adam Phillips, también hay acá una advertencia a la chica que se involucra en relaciones destructivas con hombres bestializados solo por la idea de que su amor podrá redimirlos incondicionalmente: “La Bella y la Bestia” le recuerda que hay hombres rotos —para usar la expresión de Robert Graves—, incapaces de ser salvados por el afecto.

Pero no todos los cuentos de hadas versan sobre la llegada de la sexualidad. Muchos tratan de las frustraciones del crecimiento o de las dificultades para ser comprendido o creído. Considérese “Jack y las habichuelas mágicas” —una historia que se ha descubierto recientemente tiene al menos 5.000 años—. Este es un cuento sobre el triunfo de la inmadurez. A Jack, su madre anciana y pobre le encarga vender el último objeto de valor de la casa, una vieja vaca que apenas si los mantiene con su leche. Jack sale al mercado y regresa en la noche con cinco habichuelas mágicas, dos en cada mano y una en la boca… imperdonablemente ingenuo. En los cuentos de hadas, las semillas, los huevos no son solo instrumentos de germinación, sino que albergan potencialidades ocultas. Nunca se sabe qué se incuba bajo su superficie. La madre iracunda arroja las semillas por la ventana, solo para verse sorprendida al día siguiente con una enredadera que se alza hasta el cielo.

La improbabilidad del intercambio de Jack da frutos cuando escala la planta y roba a los gigantes —adultos— los secretos de su riqueza: una gansa que pone huevos de oro, un arpa que se toca sola y monedas doradas. El chico quiere ser creído en sus tentativas atrevidas, en su apuesta por lo improbable. Jack, en la historia, podría llegar al punto de decirles a los adultos: “¡Te lo dije!”. Basta imaginar lo incomprensible que puede ser para un niño ver a su padre sacar dinero de una máquina o a alguien tocar un instrumento musical. Tener ese poder será equivalente a apoderarse de un dominio propio de los adultos.

Este cuento de hadas le recuerda al niño que sus ideas tienen potencial en este mundo, que podrá tener los poderes del adulto sin tener que devenir un ogro al que sus dones le deben ser arrebatados. Es por ello que no es alocado pensar que esta historia, como en el caso del amor redentivo de “La Bella y la Bestia”, o del sentimiento de pequeñez de Pulgarcito, tiene el poder de hablarle no solo al niño que una vez fuimos, sino al que olvidamos que aún llevamos adentro.

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