El Magazín Cultural

17 Dec 2019 - 3:00 a. m.

La Gran Colombia que no fue

El 17 de diciembre de 1819, la Ley Fundamental de la República de Colombia reunió en una sola nación a Venezuela y la Nueva Granada, con tres departamentos: Venezuela, Quito y Cundinamarca. Duró once años, hasta la muerte del Libertador, el 17 de diciembre de 1830.

El Espectador

Imagen pictórica del Congreso de Angostura de 1819, que sentó las bases de la Gran Colombia. / Cortesía
Imagen pictórica del Congreso de Angostura de 1819, que sentó las bases de la Gran Colombia. / Cortesía

Hace 200 años, con el victorioso intermedio de la liberación de la Nueva Granada, Simón Bolívar comenzó y terminó el año en Angostura, a orillas del río Orinoco, en Venezuela. Allá estaba su cuartel general, en esa antigua fortaleza configuró su noción de república. Por eso, iniciando el año -15 de febrero- acompañó a los 26 integrantes del segundo congreso constituyente de Venezuela a sentar las bases del Estado naciente. Y después de la campaña libertadora que lo vio entrar triunfante a Santa Fe en agosto, regresó para asistir a la firma de la Ley Fundamental de la República de Colombia en 17 de diciembre. La que unió en república los antiguos territorios del virreinato del Nuevo Reino de Granada y la Capitanía General de Venezuela.

La Gran Colombia, que bajo esa denominación superlativa nunca existió jurídicamente, solo en los libros para narrar la historia, como comenta el académico e investigador Carlos Uribe Celis, en su obra reciente La gran “Colombia” de Bolívar en Angostura. De cualquier modo, fue el fallido intento del Libertador por consolidar un país llamado a secas Colombia, que abrazara una “extensión de 115 mil leguas cuadradas”, y quedara dividido en tres grandes departamentos: Venezuela, Quito y Cundinamarca. La misma Ley Fundamental ordenó que se creara una nueva ciudad que llevara por nombre Bolívar y fuera la capital de la República. Tiempo después, cuando se deshizo el sueño bolivariano, Angostura fue rebautizada como ciudad Bolívar.

Sin embargo, fue en Angostura, abriendo y cerrando el glorioso año de 1819, cuando creyó haber dado el paso para la construcción de la nación que imaginó capaz de enfrentar los retos de la geopolítica mundial del siglo XIX. Desde el reconocimiento de que la dominación española había dejado a los americanos “ausentes en cuanto a la ciencia del gobierno”, Bolívar propuso un sistema republicano basado en la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, y la abolición de la monarquía y de los privilegios. Pero también con un Senado hereditario, a la manera de la Cámara de los Lores en Gran Bretaña, cuya constitución recomendó estudiar sin proponer tampoco “su imitación servil”.

“Todo no se debe dejar al acaso y a la ventura en las elecciones; el pueblo se engaña más fácilmente que la naturaleza perfeccionada por el arte”, manifestó Bolívar ante los constituyentes en febrero en su célebre discurso ante el Congreso de Angostura, dejando en evidencia que, así como rechazaba la monarquía, también advertía que la democracia podía resultar inconveniente para los pueblos que no querían la libertad y había que implantársela por la fuerza. A su regreso, en diciembre, seguía insistiendo en que el poder ejecutivo debía ser más fuerte porque todo conspiraba contra él, pero esta vez, de cara a la expedición de la ley fundamental de la República sólo pidió una cosa: la unificación de Venezuela y Colombia.

Lo que llegó después fue un poco más de una década de victorias militares y desavenencias políticas que terminaron con el sueño bolivariano convertido en cinco naciones: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. El citado autor Carlos Uribe Celis lo reduce solo a los tres primeros para afirmar que “la Colombia de Bolívar duró cabalísticamente once años exactos: entre la una de la tarde del 17 de diciembre de 1819 en Angostura del Orinoco, y la una de la tarde del 17 de diciembre de 1830, cuando el Libertador muere en Santa Marta, de la Nueva Granada o Cundinamarca, como se la denominó en el Congreso de Angostura”. Once años en los que las dificultades entre la guerra y la paz dieron al traste con el propósito de un país mayor.

Primero fue el intento de España por acordar una vía negociada en 1820 que derivó en un Tratado de Regularización de la Guerra. Después la constitución de Cúcuta sancionada en julio de 1821, semanas después de la victoria de Bolívar en Carabobo que aseguró la libertad en Venezuela. Y luego la campaña al sur para triunfar en Ecuador en 1822 y terminar la empresa militar en Ayacucho (Perú) en 1824.  Pero todo lo que se logró en los campos de batalla se perdió en los lances de la política. La frase se atribuye a Bolívar, “ningún Congreso ha salvado una República”, y el que recibió la gran Colombia no logró sostenerla como fue concebida en Angostura. Pudieron más los caudillismos regionales y los círculos cerrados del poder económico y esclavista.

No obstante, al cumplirse 200 años de la de la unión de Colombia y Venezuela en una sola República, surge una buena oportunidad para “repensar la convención geopolítica de las naciones que conforman el paisaje interfronterizo del continente americano”, como sugiere Uribe Celis. En su criterio, como en otras regiones del mundo, lo primero que se advierte es la geopolítica del simulacro, con absurdos que lo agravan. El nacionalismo como una enfermedad de las colectividades imaginarias que pueden ser causal de crímenes y guerras; así como la disyuntiva entre el libre comercio y la libre circulación, pues el capitalismo continúa abriendo sus puertos para exportar bienes, pero erige muros o cierra sus fronteras para los hombres y mujeres del tercer mundo.

El autor Uribe Celis, sociólogo de la Universidad Nacional con estudios de posgrado en la Universidad de Cambridge, la Universidad de Ohio y la Boston Graduate School of Psychoanalysis en Estados Unidos, plantea evaluar el presente a partir de una parcelación geográfica: el Cono Sur, el Trapecio Central y el Círculo Norte. El primero con los países situados al sur del Trópico de Capricornio, es decir las repúblicas de Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. El segundo con los territorios de Brasil, Perú y Bolivia. Y el tercero, como surgió del Congreso de Angostura en 1819, integrado por Colombia, Venezuela y Ecuador. Tres naciones que se reconocen como pueblos hermanos y que comparten flora, fauna, hábitat y hasta fuentes de energía.

En términos económicos, “el PIB de Venezuela, Colombia y Ecuador juntos, en datos de 2016-2018, ascendería a unos 621.000 millones de dólares que colocarían a este nuevo ente geopolítico en el puesto 19-22 entre las naciones del mundo”, plantea Uribe Celis. La extensión de costa caribe sería de 5326 kilómetros y la del litoral pacífico de 2382 kilómetros. Además, sumados los territorios, superarían a México y doblarían la extensión de Perú. La nación bolivariana “ocuparía un territorio equivalente al 85% de la superficie de Argentina y sería el tercer país en extensión de América Latina después de Brasil y de Argentina”. En otras palabras, en solo cifras numéricas, la utopía bolivariana resultaría hoy muy benéfica.

Pero a pesar de que esta quimera podría sumar la producción de petróleo, níquel, carbón, oro y demás minerales y la posibilidad de acuerdos bilaterales y multilaterales, la realidad parece muy distinta. Entre el ímpetu arrollador del capitalismo global, la mayoría de su población se debate entre la pobreza, la marginalidad y el subdesarrollo, mientras que la política levanta obstáculos para la construcción conjunta de sus destinos. La reflexión apunta a significar que, con voluntad y conciencia geopolítica, dándole una nueva interpretación a los conceptos de soberanía respeto y libertad, el sueño de Bolívar en Angostura hace 200 años puede reeditarse. La República de Colombia como obra maestra “para coronar la gesta prodigiosa de las victorias guerreras”.

“¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta!”, comenzó su discurso Bolívar el 15 de febrero de 1819 en el salón de un viejo caserón español en Angostura. Y luego trazó las bases de su modelo de Estado advirtiendo que primero había que romper el yugo de la ignorancia, pues “un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. El 17 de diciembre de ese mismo año, el noveno de la independencia, volvió a Santo Tomás de Angostura para insistir en que ese estado victorioso no podía prosperar desde repúblicas separadas, por más estrechos que fuesen sus lazos, sus ventajas, su poder o su prosperidad.

Al final, pudieron más los caciquismos locales, las intrigas de las camarillas y los arribismos. Ni siquiera prosperó su objetivo de consolidar la unión continental en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826. A la hora de las grandes decisiones, cada quien defendió su feudo. José Antonio Páez a su “patriecita” Venezuela, Santander a la Nueva Granada, cada cual a su provincia. En contraste, Bolívar no se cansó de decir que la patria era América.  Al tiempo con su muerte el 17 de diciembre de 1830, se empezó a desmoronar también su gran Colombia. Surgieron cinco naciones, y en 1903, por obra y gracia de Estados Unidos, una sexta, la república de Panamá.

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