Giacomo Puccini no fue inferior a esa realidad cuando decidió, a principios de siglo XX, basarse en un cuento y en una novela, a su vez aparentemente ambos relatos basados en hechos reales, para escribir su inmortal Madama Butterfly, con libreto de su dupla de confianza, Giuseppe Giacosa y Luigi Illica. Pocas veces en el arte lírico el personaje resulta ser la ópera misma. Es lo que sucede con la sumisa e ingenua Cio-Cio-San, dada como esposa a B. F. Pinkerton, teniente de la marina de los EE. UU. La historia de la geisha quinceañera que renuncia a su familia y religión por un hombre que no tiene mayor intención de quedarse a su lado ha sido contemplada por millones de espectadores en el mundo (el portal Operabase la sitúa como la séptima el año pasado, con 136 montajes y 523 representaciones en el mundo entero), se ha anclado en el corazón de los aficionados y ha sido puente de entrada al mundo de la ópera para una buena cantidad de legos.
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Puccini reformó al menos en cinco ocasiones la ópera, entre 1904 y 1907, y tuvo que esperar alrededor de un año para obtener el permiso de adaptación que solicitó al norteamericano David Belasco, primer dramaturgo en llevar la historia a la escena. Su pri- mera representación, en La Scala de Milán en febrero de 1904, fue un completo fracaso, entre otras porque parte del público, que se encargó de abuchear a diestra y siniestra, estaba pagado por el archirrival del director de escena Tito Ricordi. Cuatro meses después, en la Ópera de Brescia, co- menzaría la historia de éxito perpetuo de la sexta ópera del compositor toscano. Extrañamente y a pesar de eso, Puccini no se sintió conforme tras la puesta en escena, de ahí las demás variaciones de la ópera, que de dos actos pasó a tres. Una primera intención del compositor era escenificar una parte de la acción en Japón y la otra en los EE. UU. Pero nunca se fraguó la idea, decantándose por unas pocas locaciones imaginarias en la ciudad de
N a g a s a k i . Huelga decir que no todas las sopranos se han arriscado a meterse en la piel de la inocente Butterfly. Más allá del carácter vocal que se requiere para superponerse al summum orquestal en algunos de los momentos más intensos de la trama, el papel tan tre- mendamente emocional de una Cio-Cio-San que podemos adivinar condenada desde los primeros compases de la obra, ha hecho que muchas cantantes decidieran hacer del de la geisha un papel proscrito, al menos para llevar a escena. Como proscrita fue le ópera misma en Norteamérica durante la Segunda Guerra Mundial, por las implicaciones de un amorío entre ciudadanos de países enemigos.
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Elocuente es el caso de la soprano Mirella Freni, que grabó la ópera pero nunca quiso representarla. Si se trata de encontrar a la más completa Cio-Cio-San posible, James Jorden, crítico del New York Times, ha dicho que quien mejor la ha representado en la Metropolitan Opera ha sido Kristine Opolais, justamente famosa por la versión producida por el director de cine Anthony Minghella, en escena en el Met desde 2006.
Esta vez la responsabilidad mayor, en la temporada 2019-2020 del célebre escenario, recaerá en las sopranos Hui He, de China, y Ana María Martínez, de Puerto Rico. Ahí estarán encargadas de asumir arias tan potentes y celebradas como Un bel dì, vedremo, en la que la geisha cuenta con total convicción cómo su adorado Pinkerton volverá el día menos pensado. Momento para ver a las cantantes alternar con el tenor de turno (en este caso Piero Pretti y Andrea Caré) en instantes esperanzadores como el dúo de amor Viene la sera y, por supuesto, para dejar que otros instantes célebres de Madama Butterfly como el coro de murmullos y otras exuberancias protagonizadas por el muy pucciniano coro, nos lleguen de nuevo al oído y al corazón.