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Cooltivo y el oficio de sostener una librería independiente

Gabriela Carrillo lleva tres años al frente de Cooltivo, un negocio que ha estado cerca de cerrar. Para mantenerla, ha tenido también que vender café, participar en ferias y conseguir contratos corporativos. Su experiencia refleja los retos que atraviesa este sector en Colombia, como lo mostró una encuesta reciente de la Biblioteca Nacional a 137 librerías.

Natalia Ortega

04 de septiembre de 2026 - 10:29 a. m.
Gabriela Carrillo en la librería Cooltivo, que abrió hace tres años. Queda ubicada en Chapinero.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Gabriela Carrillo viajó a la Fiesta del Libro de Medellín con sesenta millones de pesos en libros y ninguna idea de cómo facturarlos. Fue hace un año. Tardó un mes y medio en calcular la magnitud de la pérdida. En noviembre se sentó con sus padres y llegaron a una conclusión: así como iba, la librería Cooltivo no tenía sentido. Hablaron de cerrarla, pero acordaron esperar a diciembre, el mes en que todo el mundo compra, y dejar la decisión para enero. Llegó la fecha. “Tuvimos días tan maravillosos que decidimos seguir”, dice. Hoy sigue en esa obstinada supervivencia, empujando un negocio del que no puede vivir.

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Cuenta la historia sentada en frente de una mesa de la librería que se convierte en parte de la vitrina. A la vista de cualquiera que camine por la calle 64 con séptima, en Bogotá, una mujer que intenta sostener su negocio. La pantalla encendida, los dedos sobre el teclado, la cabeza hundida en el trámite diario. Una fotografía distante a la que imaginó cuando abrió Cooltivo. Se veía allí, en ese mismo lugar, escogiendo los libros que más le gustaran para luego recomendarlos. Pero Cooltivo creció, y con ello llegaron otras responsabilides: una agenda cultural más ambiciosa de lo que pensaba, redes sociales que no le interesaba mover y una página web que quedó pendiente durante años. “Todas estas cosas requieren un trabajo bastante dedicado, y no me dejan a mí el tiempo de ser librera”, explica Carrillo.

En contexto: Entre márgenes ajustados y competencia digital: el panorama de las librerías independientes

Antes de abrir su propio negocio, ya había tenido otros acercamientos a los libros. Fue vendedora en ferias mientras estudiaba para ser politóloga. Allí descubrió un interés personal por los libros. Con esa experiencia pasó a ser asistente de la dirección de la Feria del Libro de Bogotá; después intentó montar una librería para un dueño en Quinta Camacho que se enfermó a los cuatro meses. Más tarde coordinó la venta de libros en la página web del Teatro Nacional. “Cuando salí de ahí siendo una pelada de 24 años, pensé: ‘quiero montarme una librería para mí, que yo me la pueda soñar y pueda tomar decisiones’. Porque, claro, trabajaba con señores muy grandes a los que tenía que obedecer y no había una confianza frente a esta peladita. Entonces, quería montar la mía, más como capricho, como una idea que me hacía mucha la ilusión, pero sin saber a qué me estaba enfrentando realmente”, señala.

El golpe de realidad llegó acompañado de una pregunta que la acecha con frecuencia. ¿Por qué tener un lugar que no le da para vivir? Dice que ha intentado no romantizar tanto la respuesta. “Después de tres años de darle tanto trabajo a esto quiero más o menos poder ponerlo a punto en los próximos meses y ver qué pasa, en el sentido de que esto pueda moverse solo y yo no tenga que estar acá, porque no va a dar para sostenerme a mí y sostener el equipo. Pero yo no puedo quedarme acá toda la vida esperando a que esto funcione de alguna forma”.

Gabriela Carrillo soñaba con un lugar en el que pudiera vender los libros que más le gustaran.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

No vive de la librería. Trabaja, además, en consolidar algo que ella llama “un estilo de agencia de mercadeo editorial”, desde la que asesora autores. A Cooltivo llega apenas dos veces por semana, a dirigir, a diseñar, a apagar el incendio que se prendió esa semana. El resto del tiempo lo cubre otra persona, que atiende, recomienda, vende. Es todo lo que Gabriela dejó de hacer cuando entendió que no tenía el temperamento para eso. “En el camino me di cuenta de algo que no esperaba: no soy una persona a la que le guste la gente”, confiesa, y enseguida los labios se le arquean en una sonrisa amable.

Esa tarea, la de atender a la gente, se la dejó a María Camila León, que aprendió rápido. “Entendió muchas cosas y ya hace su papel a la perfección. Cuando empezó a hacerlo así dije ‘ ya está hecha, yo puedo ir con otras cosas’”. Otras cosas para poder sobrevivir.

Además de León y dos trabajadoras de medio tiempo, Cooltivo es una cuestión familiar. El padre lleva las cuentas; la madre, que fue brand manager y gerente cultural de la línea literaria de Penguin Random House, se encarga del mercadeo; la tía, experta en Excel, ayuda con las planillas y la abuela llega de tanto en tanto a contar ejemplares y pegar etiquetas en las portadas. “Ella viene, cuenta, etiqueta —cuenta Gabriela—. Se da mucho palo por no saber manejar un computador porque siempre trabajó en servicios generales. Me dice ‘yo le podría ayudar mucho’”.

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El capricho de Gabriela son unos cincuenta y cinco metros cuadrados en Chapinero. “Aquí encontrarás historias cooltivadas por nuestra tierra”, se lee en un letrero de fondo amarillo que está en la vitrina.

Cooltivo se enfoca en vender libros de autores colombianos. Gabriela Carrillo dice que tienen una posición política clara.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

El primer piso es donde viven la mayoría de los libros. Novela, poesía, cuento, historia, filosofía, arquitectura, periodismo, todo de autores colombianos. Las paredes son blancas, pero los ejemplares y algunos afiches les dan el color que les falta. Uno dice “Justicias otras, ¡minga le digo!”. Otro cita un verso de María Mercedes Carranza: “Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo”.

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Cinco escalones más arriba, el segundo piso es un café, un par de mesas de madera, un estante con aceites florales, camisetas, agendas. En el borde de una mesa, un letrero que invita a atreverse a tener “una cita a ciegas con un libro”; sobre ella ejemplares envueltos y sellados, sin título visible pero con pistas, a veinte mil pesos.

Los días se suceden entre clientes de la Jurisdicción Especial para la Paz —que queda justo en la esquina—, estudiantes, vecinos o cualquiera que sienta alguna atracción por entrar a una librería que solo vende libros colombianos y que además le apuesta a la paz. Aunque quiere democratizar la lectura, Gabriela sabe que su librería “no es para todo el mundo”. Un póster de “Las cuchas tienen razón” justo a la entrada puede espantar a cualquiera que piense que es una librería “demasiado de izquierda”.

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“Hay una posición política clara, no militamos, siempre lo aclaro para que se entienda la diferencia, pero hay una posición política clara, y es que le apostamos al tejido social, a la construcción de paz. Y esto trae consigo también una curaduría de las cosas que hay acá. Creo que eso es lo lindo de poder tener una librería independiente: poder hacer una curaduría y apostarle a un público que pueden ser los vecinos, pero también pueden ser estudiantes que estudian aquí en la esquina y viven en otras partes de la ciudad”, dice Carrillo.

El local no es de ella y el arriendo la asfixia todos los meses. “Para nosotras las librerías, o bueno, hablo de Cooltivo, el costo es del 65 % del libro. Digamos que nos queda un margen para operar del 35 %. Y de ese margen tenemos que sacar el arriendo, servicios, todo lo que supone el pago del equipo. Y con ese 35 % es muy difícil, tendríamos que vender mucho dinero para ese porcentaje. Pero lo que más pesa de todo lo que pagamos es este local. Es impresionante. En esta zona, además, el metro cuadrado es elevadísimo. Es un espacio pequeño y pagamos mucho”. Y enseguida vuelve a enfatizar esa palabra: “mucho”.

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No es solo un problema de Cooltivo. Una encuesta de la Biblioteca Nacional a 137 librerías , la mayoría independientes, ayuda a entender el contexto que atraviesa este sector, también en medio del cierre reciente de tres de ellas, Prólogo, Hojas de Parra y Garabaot. La encuesta encontró que los costos que más pesan son los salarios (69,3 %) y el pago del local (64,2 %), por delante incluso de la compra de inventario.

Frente a ese panorama, en Cooltivo han tenido que diversificar los ingresos. La librería no vive solo de los libros —de hecho, hay días en los que no venden ni uno— sino del café, de las tortas, de las aromáticas, de las agendas, de las velas, de la cerveza Trocha de firmantes de paz.

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A la 1 p. m. el segundo piso de la librería está vivo. Hay un par de jóvenes que toman café y conversan sobre cualquier cosa. Luego llegan otros más. Casi nadie se detiene a mirar libros. Van directo arriba donde pueden ordenar algo para comer. Entran, piden café, salen. Entran tres más. Luego cinco. Salen.

La venta de café es una de las formas en que la librería Cooltivo se sostiene.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

“Hola, ¿cómo estás?”, pregunta Gabriela a cada persona que llega. Con algunos hay familiaridad, como con el excomisionado de paz Danilo Rueda, que pasa solo por un café.

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—Danilo, te puedo armar mesita acá, ¿quieres?

—No, es para llevar.

“¿Ves?”, dice ella. “Por ejemplo, Danilo vino por café”.

Le pregunto si le preocupa vender más tazas que libros. “Hay muchas cosas allí”, responde y empieza a enumerar los matices: los lazos que han logrado con funcionarios de la JEP, la chica que llegó por un tinto y terminó en el club de lectura, la red de contactos que se teje en la barra, la comunidad que sostiene el local y lo que significa la librería para esa calle. “Si bien no es el objetivo —porque no es que yo quiera servir el café más rico, porque no es mi interés principal—, sí me ha permitido que vengan lectores a la librería. Y no es en gran medida la venta directa aquí lo que nos mueve la librería. También participamos en ferias, vendemos plan lector en colegios y hacemos ventas corporativas, que es lo que nos sube el margen. Pero sí hay formas en las que nos acercamos al lector a través del café, o gente que viene por un libro y se queda tomando algo. A veces entra una persona, compra varios libros al mismo tiempo y nos permite cubrir lo que no vendimos en un par de horas”, añade Carrillo.

Aunque el café atrae, no resuelve todos los retos a los que se enfrentan quienes tienen librerías independientes. Gabriela habla de otro de los problemas del oficio. “En términos generales, en el ecosistema colombiano, una de las cosas que más golpea son los descuentos inmensos que hacen las distribuidoras”, explica.

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La Biblioteca Nacional identificó ese problema. El 76,6 % de los encuestados dice que la práctica más dañina a la que tienen que enfrentarse son los descuentos agresivos, que consideran difíciles de igualar. A eso se suman las ventas por debajo del costo (43,8 %), las ventas directas de la editorial al público (38 %) y los acuerdos exclusivos con editoriales o distribuidores (27 %).

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Cuando pasa la hora del almuerzo, el local se duerme un rato. Sobre las 2:30 de la tarde deja de escucharse el chin chin de las tazas sobre los platos después de que alguien toma un sorbo. Tampoco el murmullo de las conversaciones ni las frecuentes palabras de bienvenida de la dueña.

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Sin clientes, solo quedan Gabriela, su tía, María Camila y las dos empleadas de medio tiempo. A esa hora, Gabriela sube al segundo piso y se sienta en una mesa a devorarse un pedazo de torta. Mientras tanto, parece absorbida por el computador: sube una pierna encima de la silla y trabaja sin parar.

“Generalmente ella siempre está en el computador porque es nuestra diseñadora, la community manager, tiene que hacer un montón de cosas”, cuenta María Camila. Una de las tareas que no ha abandonado la dueña de la librería es la de curaduría de las obras, aunque ya no lo hace sola. León dice que lo hacen juntas. “Ella inicialmente lo hacía, pero uno va aprendiendo más o menos lo que le gusta a la gente. Por ejemplo, las editoriales tenían la costumbre de enviar las novedades porque sí, y hemos estado también un poco educándonos entre todos: no, mira, nosotros solo vendemos colombianos. Antes teníamos muchísimos autores de todo”, añade la librera.

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Alrededor de Gabriela y su computador, siguen las conversaciones que buscan aligerar una jornada larga. Hablan de la importancia de las onces en los días de trabajo, de lo rico que quedó el café que acaban de prepararse y cantan. Kany García suena de fondo. De vez en cuando alguna se acerca a Gabriela para comentarle alguna duda; siempre le hacen preguntas, como si en esa cabeza de pelo crespo, negro y largo estuviera la solución del mundo, o al menos ese mundo que se empeñan en mantener vivo.

En Cooltivo también venden aceites florales, velas, camisetas, agendas y bebidas ancestrales.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

“Las veo echando como mucho chisme”, dice Gabriela, que parece salirse un momento de la pantalla. Se escucha una risa explosiva y todas vuelven a enfocarse en lo que sigue: organizar de nuevo la Fiesta del Libro de Medellín. Alguien pregunta si algún libro “sí le gustará lo suficiente a los paisas”.

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A las 3:44 llegan dos clientas más. Parecen frecuentes. Saludan con familiaridad, piden café y luego se dan un recorrido por la tienda. Una pregunta por las agendas. La otra baja al primer piso y pregunta por algún libro de Laura Restrepo. Es, tal vez, una de las pocas consultas sobre libros que le han hecho a la librera en todo el día.

Para las cinco menos algo, solo han vendido cuatro libros y mucho café. “No es siempre así”, aclara León, mientras saca de unas cajas de cartón ejemplares de Tinta Invisible de Javier Peña.

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A esa hora, Gabriela sigue sentada en la misma mesa, con las mismas mujeres alrededor que no dejan de hacerle preguntas sobre lo que llevarán a Medellín. El año pasado, ese viaje la dejó discutiendo con su familia si cerrar Cooltivo para siempre.

Esta vez, espera, va a salir bien.

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Por Natalia Ortega

Periodista de la Universidad Javeriana. Interesada en temas de género, paz y memoria.@ortegarnatalianortega@elespectador.com
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