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¿Qué clase de mujer era Vivian Maier? ¿Se llamaba en realidad Vivian Maier? ¿Por qué dedicó gran parte de su vida a trabajar como niñera, criando a los hijos de los otros, sin atreverse a confesar ninguno de los secretos que se llevó a la tumba? Por ejemplo, que coleccionaba periódicos lentamente envejecidos en las buhardillas donde vivió, transformando sus noticias en historia cuando el pasado se agolpaba en montañas de papel que narraban episodios pasajeros, rescatados por la señorita Maier antes de que se perdieran en el tiempo. Periódicos de los que recortaba, con morbosa y apasionada curiosidad, los reportajes de crímenes atroces, cuidadosamente preservados en fundas plásticas, pegados a las paredes de su habitación o guardados en cajas infinitas donde era posible encontrar papeles tan diversos que descubrieron los misterios cotidianos de la señorita Maier a través de los recibos incontables que guardó de cada una de las compras que hizo durante su vida, tan larga como su estatura.
Una silenciosa y discreta niñera, alta y delgada como una palmera, que alcanzó a tomar cerca de 150.000 fotografías desde que se fascinó con las fantasmagorías de las cámaras que estuvieron en sus manos, iniciándose en el arte de retratar el mundo cuando era una jovencita de algo más de veinte años y hasta el que fue su último aliento: a la edad de 83 años, la anciana y solitaria mujer que había nacido en Nueva York el 1 de febrero de 1926, criándose durante su adolescencia en Francia –por lo que su inglés tenía una pronunciación rugosa, que desorientaba aún más a todos los que intentaban averiguar dónde habría nacido Maier-, sufrió un accidente al resbalar en una calle sobre el hielo, golpeándose en la cabeza para soportar desde ese día el infortunio del mal paso que la doblegó al cansancio y la inclemencia de su cuerpo, deteriorado hasta causarle la muerte en el 2009, cuando fallece en un ancianato de Chicago.
150.000 imágenes –y cerca de 3.000 fotos impresas- que trazan la asombrosa historia de una biografía secreta, en la que Vivian Maier prefirió observar a los demás antes de que la observaran a ella, revelando una mirada inusual para describir, con encuadres delicados y un blanco y negro luminoso, los dones que enaltecen a un ser humano cuando vive un momento cercano a la poesía según como lo vio al azar la señorita Maier –incluso a pesar de la sordidez ocasional que capturó con su cámara-. Demostrando un sentido excepcional para retratar lo irrepetible. Congelando en la brevedad de una imagen la dirección de las vidas que se cruzaron con su vida. Aprovechando el escenario callejero donde el destino se podía revelar en la sorpresa de un segundo.
¿Qué habría pensado de un joven llamado John Maloof cuando su curiosidad despertó con la energía de un huracán su vida secreta, girando alrededor del testimonio fotográfico con el que seguimos sus caminatas por las calles del mundo, haciendo de la cámara un aparato donde el pasado permanece y detiene el transcurso del tiempo?
Hasta el 2005, Maloof soñaba con tener una casa propia y un futuro asegurado en el negocio inmobiliario. Su vida transcurría tranquilamente en Chicago, donde se interesó por el lado noroeste de la ciudad. Tanto así que le propuso a un editor escribir un libro sobre la que él consideraba un área subvalorada. La suerte acercó a Maloof a una pasión absoluta por la fotografía y por Vivian Maier cuando su editor le propuso que consiguiera 220 imágenes para ilustrar el volumen.
Durante un año, Maloof y el co-autor del libro, Daniel Pogorzelski, estuvieron en la cacería de cualquier imagen sobre la historia de Chicago, revelándose la suerte de manera inesperada durante una subasta en la que Maloof pudo comprar por cuatrocientos dólares una caja con negativos que describían la vida de la ciudad en los años 60.
Las imágenes no eran útiles para el proyecto, así que Maloof decidió archivarlas y, poco después de que se publicara el libro, las revisó de nuevo, sorprendiéndose de varias maneras con su hallazgo: por la forma como aprendió a ver un arte en el que apenas se había interesado; por la documentación sobre la ciudad, que empezó a recorrer siguiendo los pasos de Maier, y por la hipnosis que hechizó su vida para descifrar los misterios fotográficos de una mujer acerca de la que no sabía absolutamente nada distinto a lo que podían mostrarle los negativos que compró en la subasta.
Para sucumbir aún más al hechizo, Maloof se vio, un año después, no sólo recorriendo los pasos de la señorita Maier, también se dedicó a tomar fotos de Chicago con una cámara Rolleiflex semejante a la que usaba ella, para revelarlas en el ático de su casa, transformado en cuarto oscuro.
¿Cómo perseguir a un fantasma? Maloof hizo del misterio su cruzada personal: negoció con los otros compradores que asistieron a la subasta el material que no había podido conseguir, sorprendiéndose una vez más cuando aparte de las fotografías pudo ampliar su colección con películas caseras, cintas grabadas con la voz de Maier y cientos de rollos fotográficos sin revelar. También visitó a la familia Gensburg de Chicago, donde Maier trabajó durante 17 años, y encontró sus pertenencias archivadas en un par de armarios, descubriendo el tesoro invaluable de su correspondencia, por la que pudo visitar a otras familias que la habían contratado.
Pero la intensidad de una pasión solitaria no suele tener el eco que se espera cuando intentamos compartirla: a nadie le interesaron los tesoros de Maloof. El circuito chic de los museos emblemáticos en Estados Unidos apenas le prestó atención. Vivian Maier no era nadie. Un nombre que despertara algún recuerdo en alguien. Aún peor, no habían escuchado nada acerca de una mujer que ni siquiera aparecía en el directorio universal de Google con algo tan sencillo como la rapidez de un click. ¿Y cómo se podía digerir el personaje de una niñera que tomaba fotos? ¡Estaba fuera del circuito snob!
El blog con el que Maloof trató de salvar del anonimato a Maier, exhibiendo en su galería virtual cien fotografías durante meses, no recibió una sola visita. Hasta que el azar llamado internet lo llevó a presentar a Maier en la página de Flickr, dialogando con los miembros planetarios del grupo HCSP (Hardcore Street Photography). Vivian Maier recibió entonces el interés y el respeto que siempre mereció, aunque jamás le preocupara ser reconocida. El resto, felizmente, es la historia del artista oculto que se convierte en motivo de culto.
En el documental realizado por Maloof y Charlie Siskel, Finding Vivian Maier (2013), una mujer recuerda que le preguntó “¿Cómo te llamas?”, respondiendo la señorita Maier: “Llámeme Smith”. Las dos se veían con frecuencia en el almacén que atendía la mujer y donde le guardaba los objetos que Maier le encargaba y prefería recoger personalmente, negándose a que le enviaran la mercancía a domicilio, pues nunca quiso decir dónde vivía, blindándose aún más cuando le aseguró a la mujer que no tenía teléfono.
chaparrohugo@yahoo.com
Definida como “una excéntrica”, según los hábitos de la rutina social, Vivian Maier fue una independiente que vivió un amor secreto y paradójico para alguien que defendía de manera radical su intimidad: retratar al ser humano y acumular alrededor de sus historias miles de fotografías donde la vida continúa y permanece.