Durante estos días de encierro, he pensado en la indolencia del Estado frente a la salud: el monstruo creado a partir de la Ley 100 de 1993, que dio la bienvenida al neoliberalismo en nuestro país y convirtió el sector de la salud en un negocio. Hoy, cuando nos enfrentamos al invisible virus, no tenemos ninguna certeza. La infraestructura debería estar bien equipada y, por supuesto, el trabajo del personal de la salud debería tener más garantías.
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Uno de los lugares que ejemplifica la situación y que persiste en nuestro imaginario es el Hospital San Juan de Dios, también llamado la Hortúa. Un sitio que está convertido en ruinas despojadas de su función. Una arquitectura fantasmal llena de espectros, pero también de personas que habitan y hacen resistencia laboral en la institución.
En 2001 fue clausurado a pesar de ser considerado un referente de salud pública. Su historia data de la Colonia. Se dice que hubo atención a esclavos afectados por bacterias foráneas. A mediados del siglo XX fue un centro de investigación y uno de los hospitales universitarios asociados con la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional.
Para la crisis, Corferias fue adecuado como un hospital y se han acondicionado otros lugares de emergencia, pero de nuevo viene la pregunta: ¿por qué hemos desperdiciado tiempo, recursos y este lugar, que podría estar habilitado con tecnología de punta para batallar contra el virus? Para recuperar este hospital se han trazado planes a muy largo plazo, pero todos se están cayendo.
La desidia, el abandono, las camas cubiertas de vegetación, las paredes descascaradas o cayéndose, las camas amontonadas y los trabajadores que aún habitan el lugar han inspirado obras de artistas bogotanos que reflexionan sobre el Hospital San Juan de Dios.
Quiero mencionar, en particular, las fotografías y videos titulados Estado de coma, de María Elvira Escallón, y Manos a la obra, exposición producto de la experiencia vivida por el artista Gustavo Sanabria, quien fue enfermero del hospital y padeció toda la tragedia de su desmantelamiento. La obra en la que profundizaré en este texto, Hortúa inhospitalaria, fue realizada por David Lozano en 2017.
Lozano es un artista, profesor e investigador de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional. Su sentido es coherente, perspicaz y crítico. Posee la constancia de tomar el cuerpo como un territorio para el ejercicio de lo político y sus acciones se caracterizan por crear situaciones extrañas enmarcadas en tensiones. Su interés se centra en explorar la cultura por medio de acciones participativas en las que el cuerpo se encarna en diferentes situaciones para propiciar y analizar las resistencias que se presentan en la colectividad.
Las personas que participan en sus acciones pertenecen a diferentes disciplinas y realizan trabajos ajenos al arte. En Marca y ego logró que el Esmad entrara a un museo. El Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía Nacional de Colombia realizó una práctica de formación en una Bienal de Arte, y con ellos apareció un grupo de fisiculturistas exhibiendo sus músculos, como si fuera una competencia. Sus performances producen extrañeza, incomodan y algunas causan temor. En Sicalipsis, título de otra exposición, aparecieron dos boxeadores peleando en un cuadrilátero. La muestra poseía un límite entre los cuerpos eróticos y pornográficos. Las esculturas y objetos utilizados por el artista contenían bolitas de grasa y fluidos similares a los corporales. También había máscaras y un hombre en un video con una acción que podría conducir hacia lo abyecto.
En Hortúa inhospitalaria la acción la realizan unas damas blancas, un enfermero del centro médico y un actor de teatro que también es modelo de dibujo y pintura. Una obra que sintetiza el monumento al desamparo en mitad de la cancha de fútbol, enfrente de la iglesia del hospital.
Lozano sitúa una serie de camas que le pertenecen a la institución. Las ubica como si fuera un pabellón sin techo ni resguardo alguno. En cada una se encuentra una enfermera con tapabocas rojo, color que en los hospitales se utiliza para señalar los productos que se desechan, como jeringas; también para avisar que es un material contaminado: el virus de la negligencia se instaló en la Hortúa. Ellas también están silenciadas y sentadas en una silla frente a las camas vacías despojadas de colchones, sábanas y equipos que, habitualmente, se utilizarían en un hospital. ¿Qué esperan? Las repuestas son múltiples: esperan un paciente, esperan que la institución reaccione, que el Estado recupere y ponga a funcionar el hospital, esperan que les paguen.
En la acción también aparece un hombre desnudo que lleva un colchón y realiza malabarismos para conseguir una cama. Es un enfermo atormentado, despojado de su salud, indigente y solo que carga a cuestas un colchón. Sus deseos y derechos se reflejan en la necesidad de dormir, de ser atendido, de descansar o morir en una cama. Este hombre busca apaciguar el dolor en un catre vacío y, por supuesto, lleva a cuestas el peso de una institución. Carga con el desmoronamiento de una sociedad, con la falta de salarios, de garantías, con la destrucción del hospital y la salud en Colombia.
Como un grito de auxilio, se declaró el hospital como patrimonio cultural y arquitectónico en 2012, no solo por su arquitectura sino por toda la significación de la edificación. Allí estuvieron los heridos de la Guerra de los Mil Días, que se llevó a cabo entre el Gobierno conservador y las guerrillas liberales a finales del siglo XIX y comienzos del XX. También, como lo anota David Lozano, es un hospital que tuvo grandes aportes en las investigaciones científicas. Ahí se llevó a cabo la primera cirugía de corazón abierto y la primera cirugía estética. Ese lugar también representa la violencia política que acaece en el país.
Hortúa inhospitalaria es una metáfora que nos recuerda que el país se derrumba por las políticas que se han devorado lo público. Nos hace entender que Colombia está rota, que la guerra continúa y que su estado de abandono se reproduce en casi todos los rincones del país.
La performance surgió de un recuerdo: cuando Lozano era un niño y fue al hospital, encontró el afiche icónico de una enfermera con su cofia, su uniforme blanco y el dedo índice en la boca pidiendo silencio. Esta obra nos recuerda que este mes se celebra el día de esta profesión difícil y que en la Hortúa viven seres humanos en medio del olvido.
El artista trabajó con las enfermeras que habitan el hospital. Con ellas estrechó un vínculo. Solo ellas poseen ese sentimiento de arraigo por el lugar en el que trabajaron.
Lozano acude a un relato que se ha vivido en el hospital. Acude también a la ciudad, la fragmentación, la desolación, al antes y al después, a las personas que se quedan sin un ser a quien cuidar, desprovistas de su derecho a trabajar. En ellas Lozano descubre sus sentimientos: la nostalgia y la melancolía, no solo de ellas sino de ese cuerpo fantasmal y agonizante que es el hospital. Al conversar con ellas descubre que el cuidado y la empatía que se establecen con un paciente se quebraron.
“Hoy en el cuerpo se descubren los malestares generalizados de un orden social marcado por dicotomías excluyentes. El cuerpo marcado en la imposibilidad de una identidad estable. Un cuerpo sin lugar a la naturaleza de lo propio o desde lo abyecto: desde las lágrimas, la orina, las heces, el semen. Lo lúbrico del cuerpo siempre será negado. Un lugar entre el deseo y el peligro. Cuerpos instrumentalizados y desinfectados con la imagen proyectada de la belleza formateada bajo prácticas de representación hegemónica, y modelos de reconocimiento ilusorios y mediáticos”, concluyó Lozano.
Esta acción, tan presente y visionaria, cuestiona una sucesión de acontecimientos desafortunados que hoy se perciben con mayor claridad.