A la entrada de su estudio en Bogotá, a la izquierda, hay una mesa de trabajo. Detrás, en una pared inmensa, se ven fotografías de la serranía de La Lindosa (Guaviare) que la artista tomó en 2019. Son las mismas que hoy pueblan una de las paredes del tercer piso del Museo de Arte Moderno de Bogotá y que, en su silencio, hablan de una presencia humana, antigua e inquietante: la voz de viejos pobladores de América que dejaron testimonio de su existencia y de su cultura.
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Su universo artístico se asienta, fundamentalmente, sobre dos grandes movimientos: el minimalismo y el “land art”. ¿Qué ha tomado su obra de cada uno de ellos?
Es una pregunta que cruza por 20 años de trabajo. Comencé haciendo fotografía del paisaje en Inglaterra, cuando estaba estudiando la maestría en Londres, y ahí me di cuenta de la importancia de esta herramienta para poder traer a la sala de exposiciones, a museos, a la galería, esas locaciones y esos contextos específicos. Allí empecé a hacer intervenciones en el lugar con objetos escultóricos, con objetos que pueden considerarse de una naturaleza efímera. Posteriormente, esas esculturas traducían una manera de hablar o de narrar esas fuerzas que son inherentes al paisaje. De ahí el cariz minimalista de mi obra.
Usted ha intentado aprehender y retratar elementos inasibles, y en cierto modo irrepresentables, como el viento, la temperatura y la gravedad. ¿Cómo lo logra?
Se trata de estar atento a esos fenómenos, a esas fuerzas invisibles que transforman el paisaje. En mi caso, la fotografía me ha servido para materializar esa sensación. No necesariamente esas fuerzas que aparecen en el paisaje son sensaciones físicas (el aire, la lluvia o los movimientos tectónicos que generan la gran movilización de las placas geológicas), sino también fuerzas que aparecen en el paisaje y que pueden ser consideradas en el mundo del arte como las fuerzas políticas, las fuerzas de colonización o las fuerzas extractivas. Estos elementos me han movilizado y han captado mi atención en esos lugares geográficos que he visitado durante estos años.
Precisamente, quizá por la influencia del “land art”, el territorio cumple un papel importante en su universo artístico. ¿Qué papel desempeña este durante la construcción de la obra?
Es un tema con mucha vigencia, pues somos muchos los artistas, los activistas o los líderes sociales que estamos manifestando nuestro descontento frente a las problemáticas en torno al territorio y de qué manera ellas son transversales a todas estas fuerzas que están modificando ese lugar específico. Hay, además, otro elemento que es muy interesante -lo hemos desarrollado con mucho vigor desde la universidad y desde la práctica en el taller con mis estudiantes-, y es el cuerpo. Se trata de estudiar cómo esa relación cuerpo-espacio, cuerpo-territorio, empieza a generar otro elemento más de interacción con nosotros, con los seres humanos, con los no humanos, con todos los elementos que están actuando en ese territorio. Pienso que es un tema inquietante, que se convierte en un asunto de mucha atención y de mucha escucha.
En algunas de sus series hay una reflexión sobre el vacío. ¿Por qué le interesa el vacío como fundamento de la obra artística?
Esa pregunta puede referirse a dos universos paralelos. Por un lado, y a partir de la Modernidad (o incluso antes), los artistas han estado empecinados en tratar de encontrar esa presencia del vacío a través de la materia. Si se hace una escultura de bloque, la operación formal de los escultores es tratar de escudriñar o de hacer una excavación profunda sobre la materia y de este modo hacer evidente la presencia del vacío. Por otra parte, dese un universo teórico que repercute en lo físico, en Occidente le tenemos mucho temor al vacío y se cree que siempre hay que llenarlo.
¿Cómo se retrata el vacío?
Es una operación que he intentado perseguir en términos escultóricos a través de los límites. Para mí, los límites son los que pueden proponer esa polaridad. Los límites tienen una porosidad, una permeabilidad, una elasticidad, y cuando se define un territorio a partir de unos límites elásticos, porosos, permeables, las relaciones van a ser diferentes a las que se tienen con un límite duro, inquebrantable, rígido, racional.
A usted le ha interesado, desde hace muchos años, el ejercicio curatorial. ¿Cómo dialogan sus obras con los espacios de exposición?
Me encanta concebir el espacio como un lugar que voy a habitar durante un determinado tiempo, pero también como un escenario donde voy a tener unos pares con quien disfrutar esa habitabilidad del espacio. Resulta ser estratégico el hecho de cómo me imagino que las personas van a entrar a dialogar con los objetos escultóricos que ponga en el lugar, o cómo van a empezar a leer las imágenes que propongo para esa exposición. Se trata, pues, de adelantarse un poquito e imaginarse cómo pensaría el otro y cómo habitaría el otro el lugar que estoy construyendo.
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Estos elementos de reflexión y de representación le dan una impronta muy particular a los objetos terminados y a sus esculturas. ¿Qué es una escultura?
Hablaría más de instalación, al fin y al cabo, lo que procuro es un esquema, una representación de un espacio en donde el sujeto está interactuando con todos los elementos que están dispuestos en un escenario. En este sentido, los objetos escultóricos, las fotografías, como el mismo ambiente que se crea, señalan cómo habitarlo y recorrerlo. Es tan importante lo fotográfico que podría ser un problema de representación bidimensional, pero también es ese equilibrio perfecto como evento, de tal manera que lo uno no le resta importancia a lo otro, sino que están imbricados en una conversación permanente. Y un tercer elemento es el espectador, que termina juntando los puntos o completando esa ausencia de información que no está dada ni por el objeto ni por la fotografía.
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Al fondo del taller hay una escalera que conduce a la segunda planta. Geometrías logradas con materiales livianos, que delinean el vacío sin capturarlo, ocupan el piso y las mesas de este espacio. Esculturas en tenso equilibrio constituyen una síntesis sugerente y sutil del universo artístico de Rosario López.
Usted estudió un máster de escultura en el Chelsea College of Art and Design y se formó como artista plástica en la Universidad de los Andes. ¿Qué le debe a la academia?
Le debo casi mi vida entera porque además trabajo como profesora. Ha sido una relación de amor y desamor, pero al final le guardo mucha gratitud, pues uno nunca termina de aprender. Lo que aprendí en los Andes lo desaprendí apenas me gradué. Creo que esta también es una enseñanza muy positiva, porque a veces uno cree conocer un tema o una técnica y resulta que tiene que volver a empezar. Es muy bonito, cuando uno no está contento con lo que hace, seguir estudiando, aprendiendo o experimentando. Ahí se genera esa pasión por el arte.
¿Por qué le interesa la fotografía como medio de expresión?
Para mí la fotografía tiene un propósito cartográfico, pues me ayuda muchísimo a levantar información que está en terreno y a establecer un límite de observación, porque no es solamente el hecho de cómo miro yo a través de la lente, y de dónde a dónde establezco esos paralelos o esos límites, sino que también me ayuda a traer los instantes fragmentados de un paisaje. Desde la perspectiva que estoy trabajando (la de la naturaleza), me encanta el hecho de que al final no hay una idea totalizadora del paisaje, más bien es una suma de fragmentos que lo constituyen. Si se ve en términos conceptuales, una escultura se construye de la misma manera: a partir de fragmentos, a partir de paleadas del barro que se hacen cerámica. El recurso fotográfico es justamente eso: intentar ofrecer una suerte de índice que al sumarse conforma una totalidad, la cual, como decía, el espectador termina de construir.
Usted ha invitado a participar en su obra formas tradicionales del arte, o de la artesanía, como la cerámica y los tapices. ¿Cómo los ha ido integrando a su quehacer artístico?
Lo he hecho desde la intuición, desde cómo responde la experiencia de vivir un paisaje, así como a partir de la interacción y del aprendizaje con las comunidades que habitan estos territorios; posteriormente, las moldeo –experiencia e intuición– a partir de ciertos materiales.
Algunas de sus series reflexionan sobre la grieta y sobre el intersticio. ¿Qué preguntas le suscitan?
Esta pregunta estuvo siempre rondando cuando visité las ruinas de Machu Picchu en el 2005. Esas construcciones, esa monumentalidad, esa manera de manejar la piedra, me generaron muchas inquietudes porque varios guías decían: “¡No cabe ni una tarjeta en uno de estos intersticios!”. Entonces me pregunté de qué manera uno puede, con esa monumentalidad, con la densidad de esas rocas, capturar esa pequeña intersección. A partir de esa pregunta empecé a desarrollar un montón de operaciones escultóricas, también de dibujos, y eso siguió alimentando mi obra. En realidad, es una pregunta referida también al minimalismo: cómo los materiales y el pensamiento escultórico pueden estar orientados a esa pregunta en términos de lo formal. La idea de la grieta es una pregunta por lo que falta o por lo que no se ha completado, por algo que estuvo junto y se separó.
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Además de la reflexión sobre el vacío y sobre el territorio, es decir, sobre el espacio, en su obra hay alusiones constantes a la muerte. ¿Qué papel cumple dicha figura en su universo artístico?
Está presente todo el tiempo. Durante los años noventa había muchas exposiciones a las que no me invitaban porque no hablaba de violencia, y mi trabajo no era como el de todos los artistas. Pero de alguna manera sí se estaba mencionando el asunto de la muerte. Diría que también está presente el tema de la ausencia. Todo el tiempo estoy hablando de ello a través de los materiales, de las operaciones formales, de lo fotográfico y también desde la misma construcción de los objetos. Estoy debatiendo todo el tiempo la referencia a la ausencia, al vacío, a lo lleno.
¿Surge de ahí la inquietud en torno a la huella y a la presencia?
Creo que mi trabajo “Trazas, oficios y territorios” tiene mucho que ver con eso, con la forma en la que podemos reflexionar sobre esa superficie, que es la roca donde están esas figuras, pero también la huella que nos dejaron nuestros antepasados y la manera en la que se puede hablar de ello, no con un carácter extractivo, sino como una conversación con los ancestros.
¿Cuáles artistas han sido determinantes en la construcción de su obra o de su universo artístico?
Hay muchos, y hay veces que los recuerdo y otras que los olvido, pero de los artistas nacionales mencionaría al maestro Ramírez Villamizar, porque cuando era más joven lo entrevisté en varias ocasiones. Alcancé a visitarlo unas tres o cuatro veces en su estudio y era muy bonito conversar con él, pues era un escultor importante, aunque también intentaba construir unas bases propias. Me transmitió un pensamiento que yo después subvertí, y aprendí de abstracción y de geometría. En mi obra está presente todo eso con un carácter más blando, maleable, más poroso, y esa influencia de lo orgánico se la agradezco a las escultoras de los años 60, Eva Hesse o Gego, que para mí han sido claves.
Cuando usted vivió en Londres se movilizaba en bicicleta, por lo cual intentaba siempre trabajar con materiales livianos para que fuera fácil transportarlos. Eso sin duda da una impronta particular a algunas piezas de su trabajo y a algunas series. ¿Qué papel juega el azar en el arte?
Para mí es clave no solo el azar, sino también la intuición. Hay algo muy valioso y es el rescate de esos materiales que nos han cuidado, que nos hablan de una proximidad hacia el cuerpo. Una de las razones más importantes en la selección de los materiales es que se establezca una intimidad, una cercanía, un cuidado y, claro, un afecto; es decir, cómo me interrelaciono con este objeto, y si su materialidad rígida, dura o agresiva no me atrae tanto, no me genera cercanía, prefiero trabajar con elementos como telas, hilos o bordados, que es lo último que estoy haciendo.
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Va terminando la mañana en la que resuenan las palabras de la artista. A lo lejos se oye aún el eco de las reflexiones de quien ha teorizado sobre el arte gracias a su labor docente. Sus respuestas son huella del camino que la ha conducido a su concepción estética y a la realización de una obra concebida a lo largo de los años, que hoy hace presencia en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.