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La ilusión viaja en el cine

En el libro ‘La máquina cinematográfica y el arte moderno’, de Mauricio Durán, se describe la evolución del cine y sus relaciones con el arte del siglo XX.

Hugo Chaparro Valderrama

08 de octubre de 2009 - 04:56 p. m.
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El cine como vampiro del arte. Aprovechando el legado de la pintura, el teatro, la literatura y cuanto pueda enriquecer a la pantalla. Una relación que convierte la información de una imagen en un billar de referencias que no terminan de trazar sus carambolas. Amistades peligrosas —cine vs. literatura, cine & teatro, pintura filmada—, descritas en el plano general de La máquina cinematográfica y el arte moderno (Universidad Javeriana, Departamento de Artes Visuales), un volumen escrito por el arquitecto e investigador Mauricio Durán, interesado en descubrir la forma como se construyó el cine y su edificio, donde conviven diferentes inquilinos.

Introducción descriptiva, narrada con visión panorámica, instala una vez más en la consciencia del lector cómo surgió, de qué se nutrió y cuál ha sido la evolución de un arte, apoyado por los que estuvieron antes: la fotografía y sus recreaciones del mundo; las imágenes en movimiento que antecedieron y anunciaron la buena nueva del cine —con nombres de sonoridad clínica como el perifanoscopio, el pantinoscopio o el taumatropo—; el interés de espectadores pioneros como León Tolstói o Máximo Gorki y su comprensión ante la capacidad del recién llegado para transformar el oficio de escribir historias.

Los tres cuerpos del libro —Bellas artes y nuevas técnicas; Cine y vanguardia; Conclusiones—, recopilan la recepción ante un hecho que definió la modernidad artística: la presencia de las máquinas como instrumentos creativos. La cámara como la herramienta que prolonga el ojo del autor y de sus colaboradores durante un rodaje. Otra versión de lo escénico, que estableció afinidades y diferencias para espectadores como el teatral y el cinematográfico en su recepción del espectáculo.

Poblado por las citas obligadas que sirven de referencia y juicio de autoridad en un texto académico, el primer cuerpo del libro presenta el escenario al que llegó como actor secundario el cine, para convertirse con el tiempo en uno de los personajes principales que matizaron la evolución del siglo XX. La vanguardia comprendida como un puesto de avanzada que renueva, se descubre en el segundo cuerpo del libro a través de distintos movimientos que dialogaron en abierta complicidad con el cine: el expresionismo alemán, el futurismo italiano, el cubismo y la abstracción sin fronteras, los juegos conceptuales del dadaísmo y el sueño hecho profesión estética según los delirios del surrealismo —con Salvador Dalí y Luis Buñuel como santos patrones de historias en las que era posible cercenar delicadamente el ojo de una muchacha con una navaja de afeitar—.

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En las conclusiones se le recuerda al lector qué leyó y cómo: influencias, intervenciones, recursos técnicos —el montaje y el sonido como una representación de la realidad en la pantalla—, hallazgos y encuentros con el cine por el camino de la curiosidad que interesó a una legión de artistas para extender sus visiones.

La esperanza de la última página evoca la necesidad de un arte en movimiento contrario a la rutina y a sus hábitos hechos vicios visuales. Recordando a los directores latinoamericanos de los años 60 y su necesidad de revolucionar la mirada con posturas radicales, Durán concluye: “Aunque olvidadas por la industria, el mercado y el público, la revisión y actualización de estas propuestas es, hoy más que nunca, de total vigencia y urgencia”.

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¿Un público menos ingenuo para un cine más arriesgado? Parodiando la película de Luis Buñuel, La ilusión viaja en tranvía, la ilusión viaja en el cine según la perspectiva de un libro que recuerda cómo las excepciones siempre han confirmado las normas, resquebrajadas por los tiempos cambiantes que absorbe y atestigua la pantalla.

Por Hugo Chaparro Valderrama

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