Un ilustrador es, ante todo, un buen observador. Y eso es Ivar Da Coll, una persona que vive pendiente de los gestos humanos y animales para traducirlos al complejo lenguaje de las imágenes. Esa tarea cotidiana nutre el esbozo y el dibujo de cada escena anecdótica que quiere plasmar y ese ha sido su entrenamiento profesional desde que, muy pequeño, asumió diversas labores artísticas en el grupo de títeres Cocoliche.
Todo estaba programado para que se consagrara en el arte con la pintura. Sin embargo, como él mismo afirma, “uno hace planes y Dios se sonríe”. Las influencias maternas pudieron más y optó por las ilustraciones, que hace en cualquier momento y sin importar el lugar, empleando la vieja usanza, a pleno pulso, porque requiere el contacto directo con el material pues su trabajo es sensitivo y le gusta tener el medio al alcance de su mano.
Ivar, de su propio puño y letra, escribe y hace las ilustraciones. Cuando el trabajo está en su fase final, lo pasa al computador para hacerle algunos retoques indispensables para conquistar el corazón de sus lectores, un selecto grupo conformado en su mayoría por niños y jóvenes.
“Yo no creo en el discurso recurrente de los adultos que dicen que todavía son unos niños. A mí lo que me mueve para hacer este trabajo es la emoción que me produce hacer un buen libro o recrear historias para los más pequeños. Es una especie de pasión infantil en la edad adulta”, comenta este bogotano con ancestros italianos y suecos, que comenzó a ilustrar y a escribir pequeños relatos a comienzos de la década de los ochenta.
Un ilustrador, como Ivar Da Coll, es una persona que realiza una narración a través de imágenes, refiriéndose a anécdotas, poemas o a textos literarios. Por tratarse de una labor creativa, su obligación es enriquecerse en todo momento. Se debe leer mucho y estar atento a lo que pasa en la vida cotidiana, porque ahí están determinados los trazos de muchos personajes e, incluso, la realidad puede interferir en el desarrollo normal de la historia.
Dentro de sus libros, Ivar trabaja textos muy cortos y por eso es muy exigente con las palabras que emplea. Cada palabra lo debe seducir tanto en concepto como en sonoridad. Y su misión está cumplida a cabalidad cuando las ideas son contadas con pocas frases y muchas imágenes.
“Como yo ilustro pero además escribo, muchas veces me surgen ideas literarias primero o frases contundentes. Sin embargo, a veces también lo primero que me arriba a la cabeza es un dibujo, aunque también pasa que llegan tanto imágenes como letras al mismo tiempo”, afirma este creativo, que ha publicado con editoriales reconocidas en Colombia y el mundo, entre las que se incluyen Babel, Carlos Valencia Editores (Colombia), Alfaguara (México), Ediciones Anaya (España), Ediciones Ekaré (Venezuela), Houghton Mifflin Company, Mc Graw-Hill y Simon & Schuster (Estados Unidos).
Para Ivar Da Coll, el ilustrador tiene la misma responsabilidad del pintor o del escritor, pues la ilustración más que un soporte es un lenguaje que enriquece las palabras. Y lo dice con pleno conocimiento de causa, ya que tiene varios libros publicados y tres de ellos (Tengo miedo, Torta de cumpleaños y Garabato) han sido traducidos al inglés.
En 1985, Da Coll realizó una serie de libros de imágenes llamada Chigüiro, cuyo personaje central es este mamífero de la fauna colombiana. El personaje tiene una gran acogida entre los lectores infantiles y juveniles, y marcó el camino exitoso del ilustrador, que en la actualidad alterna el trabajo de sus propios libros con la elaboración de imágenes para textos ajenos.
“Con Chigüiro y el lápiz, que fue mi primer libro, recuerdo que mi mamá me leía un cuento sueco en el que unos niños dibujaban un león y el animal se convertía en real y para que no los atacara le dibujan una jaula enorme y de esa manera lo controlan”, recuerda el ilustrador autodidacta, quien pasó por el Liceo Juan Ramón Jiménez, en Bogotá, trabajó en la elaboración de escenografías para montajes teatrales y encontró su nicho en la concepción de pequeñas historias para todos los públicos.
A estas alturas de su vida ya no entiende sus días sin la posibilidad de construir imágenes y más cuando logra identificar la emoción de los niños al ver sus dibujos. Su chigüiro es un personaje admirado en todos los países a los que ha sido invitado para dictar conferencias y charlas didácticas.
La presencia, tanto del personaje como del autor, en la Feria del Libro en Guadalajara, México, hace un año, y su reciente participación en la Feria de Santiago de Chile, corroboran la acogida del ilustrador a nivel mundial.
“Todo el proceso para que me invitaran a los eventos internacionales comenzó hace un año en la Biblioteca Nacional. Esa fue la primera vez que un recinto tan solemne les abrió las puertas a todos los niños de la ciudad para que vieran la muestra de un ilustrador colombiano. Estuve en la Feria de Guadalajara en 2007 y este año me invitaron a participar en la Feria del Libro de Santiago de Chile. Ambas experiencias han sido importantes para mí, para mis personajes y, por supuesto, para Colombia”, dice.
Su exposición se robó el show en Chile, aunque a Ivar Da Coll le tocó motivar personalmente a los niños para que visitaran su muestra, pues los organizadores no entendían que lo más importante para el trabajo de un ilustrador son la interacción y el contacto directo con el público. En un lugar ubicaron la exhibición, en otro sitio distante realizaban las conferencias y los niños no podían acercarse ni al autor ni a sus personajes. Sin embargo, la experiencia fue grandiosa y en el mundo ahora está la imagen de que Colombia es un país de artista e ilustradores.
Ivar quiere que esta fama nacional siga cosechándose y ahora está metido en la ilustración de los libros del escritor español Antonio Ventura y de la argentina Ana María Machado.