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La inquieta sombra de “El fantasma de la ópera”

El docente y escritor Jefferson Echeverría habla sobre “El Fantasma de la Ópera”, novela de Gaston Leoux, publicada recientemente por Panamericana Editorial bajo la traducción de Juan Fernando Merino e ilustrada por Carlos Díaz Consuegra.

Jefferson Echeverría

01 de septiembre de 2023 - 03:58 p. m.
Una de las ilustraciones de “El fantasma de la ópera”, obra de Carlos Díaz Consuegra.
Foto: Carlos Díaz Consuegra
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Estimado público, sean todos ustedes bienvenidos a este gran espectáculo narrativo que compone una serie de misterios crueles, inexplicables y trágicos. Prepárense para ser partícipes de una obra que pondrá a prueba todo su escepticismo y los llevará a recorrer las tragedias más oscuras que nadie, por más amplia trayectoria que presuma como espectador, ha podido presenciar: y eso ya es mucho decir. Pero, bueno. No perdamos tiempo en tanto preámbulo. Sabemos que están ansiosos por que esta historia empiece cuanto antes. Sólo déjenme hacerles una breve aclaración: el director de esta obra (cuyo nombre me reservo por miedo a recibir un castigo despiadado de parte suya) me ha permitido mencionarles una serie de recomendaciones.

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Como primera medida, les pido por favor que tomen con firmeza el extraño libro que se les ha dispuesto en cada silla o palco de este lúgubre teatro, de acuerdo con sus reservaciones. Ahora contemplen esta maravillosa edición que Panamericana Editorial ha dispuesto para ustedes. Pálpenla como si fuera un tesoro recién encontrado, como si lo que tuvieran en sus manos fuera más que un libro compuesto por aventuras extrañas. ¿Ya lo hicieron? ¡Perfecto! Como pueden apreciar, en su oscura portada refulge a primera vista un título eterno y grueso cuyas letras plateadas parecen señalarnos una antesala misteriosa hacia un pasaje oculto. Si lo abren, percibirán un primer murmullo, breve, acogedor, digno de un canto inicial hecho por el Ángel de la Música, capaz de despertar todos sus instintos de curiosidad. Aprécienlo, porque esta primera y simple melodía está dedicada exclusivamente para ustedes, quienes todavía están dispuestos a sumergirse en las próximas escenas donde se perfilan los destellos de una larga y tormentosa travesía.

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Como segunda recomendación, quiero avisarles sobre los posibles riesgos que pueden correr si se atreven a ejecutar el siguiente paso. Se dice que, apenas alguien del estimado público observa por primera vez el guarda anterior de este libro, una magia indescriptible lo envuelve, lo seduce, lo conduce a un estado de contemplación inevitable. Es tal la obsesión por explorar con los ojos y las manos esta bella y rara imagen, que hay un impulso inmediato de penetrar en alguna de esas puertas imaginarias y de recorrer los amplios pasillos que conforman aquella hermosa ilustración, una voz secreta se introduce como un hechizo en la mente de cada uno de los observadores. Si ustedes lo acaban de hacer, déjenme decirles que ya no hay vuelta atrás. En este momento sus espíritus están obligados a recorrer esta delirante y cruel obra dirigida y protagonizada por un fantasma, el Fantasma de la Ópera, persona (¿o sombra?) de extraña apariencia que ha venido preparando con ingenio sobrenatural lo que se considera el drama más abrumador en la historia del teatro.

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Dadas estas advertencias necesarias, también es importante anunciarle al estimado público lector que, tras la delirante contemplación de aquel teatro adornado por un paisaje en penumbra, no se espante si, al palpar la siguiente parte de la imagen, un leve temor trate de arrebatarles la tranquilidad. Es normal. Es parte del espectáculo ideado por este Fantasma de la Ópera que siempre tiene la rara costumbre de pensar en todo. Este hombre, o sombra, o aparición, o espectro (ustedes, al final de la lectura, serán libres de concederle alguna de estas descripciones), es el mismo que ha extendido su fama a todos los rincones del mundo. Entre sus logros más detestables se encuentran el haber desaparecido a una mujer en un parpadeo durante una función, el haber hurtado dinero con facilidad a los directores de la Ópera, el haber arruinado la carrera de artistas con un porvenir promisorio, el haber asesinado a tramoyistas y a otras personas que han tratado de invadir su intimidad subterránea, y un largo etcétera.

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Bien. Ahora les invito a que, mientras una nueva melodía acude a sus mentes lúcidas y los lleva a otra dimensión, dirijan sus expectantes miradas a la primera página escrita. Esta frase, expuesta en una mayúscula sentenciosa, es el vivo testimonio de una leyenda viva, de una historia que va más allá de la ficción, de una verdad revelada que coincide con todas las afirmaciones hechas por testigos cercanos que han comprobado la cruel magia extendida por el poder de sus artimañas: “El fantasma de la ópera exisitó”. Dicha frase se abre ante sus ojos como el primer telón de una gran variedad de actos. Ahórrense los aplausos, más bien, tengan alerta todos sus sentidos porque la obra exige en ustedes un extremo cuidado fraguado por el hechizo de unas palabras que obligan a todos los espectadores a descubrir más y más el drama oculto que este genio de la maldad ha perpetrado a lo largo de varias generaciones.

Ahora quiero hablarles del reparto que conforma esta gran función. En este momento me limitaré sólo a mencionar los personajes principales, es decir, aquellos que interactúan, en una gran parte de los actos, con el Fantasma de la Ópera. En cuanto a los demás, no es que carezcan de importancia (ni más faltaba); todo lo contrario, su influencia durante la obra es de tal magnitud, que es deber de ustedes como espectadores explorar sus actitudes, pasados y expresiones, para hallar más detalles que conduzcan al origen y engrandecimiento de la fama que este legendario espectro le ha dado crédito a su particular ingenio.

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Tenemos a Christine Daeé, la amada imposible del Fantasma, la mujer con un talento excepcional para el canto y la interpretación, la artista que ha sido capaz de hacer llorar a los ángeles con su voz en medio de una función nocturna. Esta mujer cae en el embuste del Fantasma y prontamente debe sacrificar muchas de sus emociones y preferencias solo para complacer las infamias y los caprichos de la leyenda hecha espectro.

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Por otra parte, está Raoul de Chagny, el joven amante de Christine a quien la fuerza de su amor y el impulso de las pasiones lo obligan a vencer continuamente su propio escepticismo y de paso encarar las fuerzas oscuras del Fantasma de la Ópera, para así lograr el retorno de su amada. A medida que su obsesión por empezar una nueva vida con Christine persiste en su interior, son más las terribles encrucijadas por las que debe atravesar, sobre todo cuando descubre el origen y los poderes increíbles de aquel ser, al parecer, demoniaco.

Y, aunque sus apariciones suelen ser momentáneas, no dejan de ser relevantes ante un suceso inesperado: el Persa, el hombre supersticioso al que su sentido del humor no le impide destacar un heroísmo incuestionable, resulta ser una pieza clave para desentrañar el secreto del Fantasma. Es el único que conoce el origen de aquel espectro y es consciente de su magia inigualable. Sabe muy bien sobre las prácticas de tortura que lleva a cabo el Fantasma y cómo su creatividad se ensancha de un modo letal, haciendo del sufrimiento un fino y prolongado espectáculo.

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Para finalizar con estas recomendaciones y agradeciéndoles por su infinita paciencia, les quiero confirmar que, durante la lectura de esta gran obra, reconozcan la precisión narrativa expuesta por su autor, el francés Gastón Leroux, quien fue el primero que se atrevió a indagar sobre el mito de El Fantasma de la Ópera. Con una traducción impecable de Juan Fernando Merino, es menester también que aprecien las ilustraciones fascinantes, con un sombreado único, que Carlos Manuel Díaz ha diseñado para ustedes.

Ahora sí, sin más para decir, disfruten, sufran, vivan, escuchen sus múltiples voces y experimenten cada una de las artimañas fabricadas por este ser oscuro. A lo mejor terminen por odiarlo más de acuerdo a ese prestigio dado o, por el contrario, justificarlo ante sus destellos de humanidad muy bien representada. Que empiece la obra y ojalá que el Fantasma de la Ópera nunca los atormente con su voz y su encanto.

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Por Jefferson Echeverría

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