En los espacios que habitan las personas se desarrollan lazos, apegos y hábitos que el tiempo convierte en maneras de vivir y convivir con el otro, construyendo momentos que se guardan a manera de recuerdos, hasta juntar los suficientes cuando de “vivir en pareja” se trata.
El deber ser de la convivencia es compartir un mismo espacio, tiempo y entorno de manera pacífica y armoniosa, pero Olivia Wilde, recordada por su participación en la serie Dr. House (2004-2012), y en películas como Tron: Legacy, entre otras, se embarcó en su tercera película como directora luego de su debut con Booksmart (2019) y No te preocupes, cariño (Don’t Worry Darling, 2022). La actriz y ahora directora presentó La invitación (The Invite, 2026).
La película de Wilde es una invitación a mirar íntimamente las relaciones de pareja y sus vicisitudes, con una historia que inicia con una invitación a los vecinos a su casa. Esto desencadena una velada llena de giros inesperados, que revela emociones profundamente reprimidas y una sexualidad inexplorada. Esta historia aborda las complejidades de las relaciones de hoy y está basada en la obra de teatro de Cesc Gay: “Los vecinos de arriba”, que dio origen a su película Sentimental (2020).
La mirada de Wilde, por medio de la cámara, muta todo el tiempo del teatro al cine. La película heredera de Sentimental de Cesc Gay se despliega hacia los espacios cerrados del departamento de una pareja en crisis, que, a partir de algo trivial como una cena, pone en marcha el dispositivo dramático desde el regreso a casa de Joe (Seth Rogen), que, con base en su frío trabajo, muestra cómo su vida se convierte en plana y cotidiana.
Luego, el personaje de Angela (Olivia Wilde) entra en escena con un claro desinterés por Joe, mostrando que está cautivada por otros intereses. Esto, desde temprano, se convierte en el activador del cuestionamiento central, que solo es la primera inquietud cultural hacia el espectador. Mientras tanto, la cámara sigue a sus personajes desde el lenguaje cinematográfico en esta incomodidad interpersonal entrelazada en una cotidianidad solitaria de una pareja ausente en mente, apenas presente en su estado físico.
El guion escrito por Rashida Jones y Will McCormack, tomó el tema del matrimonio y el deseo con una lectura cultural que reta al espectador sutilmente sobre cómo se ve a sí mismo, que lo confronta desde las distintas perspectivas de la complejidad del problema. La cinta problematiza la institución matrimonial y el deseo aparece como esa fuerza que rompe la monotonía, pero que quiebra los estándares establecidos, exponiendo la fragilidad de los pactos afectivos socialmente delineados.
La directora articuló de manera hábil la tensión con un lenguaje visual que enfatiza la incomodidad por medio de planos cerrados, encuadres que aprisionan a los personajes y un ritmo narrativo que oscila entre la comedia y el drama, pero con un perfilamiento de los personajes que se abre a lo largo de la película.
Por momentos, el ritmo se percibe similar al de clásicos de esta temática como sucede en el libro La guerra de los roses (1989) de Warren Adler, con su adaptación al cine con el mismo título, proponiendo el matrimonio como campo de batalla, al igual que el sociólogo inglés Anthony Giddens y su noción de relaciones puras, y esta película evidencia cómo la pareja contemporánea se sostiene en negociaciones constantes, más que en estructuras tradicionales.
Cuando la película ya está caminando a buen ritmo y con una narrativa interesante, se suma con mayor fuerza la introducción del deseo como catalizador, con los otros buenos personajes como Piña (Penélope Cruz) y Hawk (Edward Norton), con una propuesta de intercambio de parejas que prueba de nuevo a los otros personajes y se convierte en un espejo que obliga a confrontar lo que por tanto tiempo se evitó mientras estaba escondido en lo cotidiano.
La dirección de Wilde se caracteriza por una estilización que evita el naturalismo absoluto y apuesta por una escenificación donde lo doméstico y los espacios siguen construyendo el perfil de cada personaje. Estos se encuentran encerrados en sus lamentos y frustraciones, escondidos en sus íntimos rincones, mientras que los diálogos funcionan como combates verbales y un humor ácido que permite que la audiencia no deje de prestar atención a lo que pasará. Por otro lado, la cámara, lejos de ser neutral, también señala sutilmente y se posiciona como testigo atento y morboso, sumando a la tensión entre lo dicho y lo silenciado.
La secuencialidad del rodaje refuerza la sensación de lo inmediato con el ritmo teatral, característico del metraje de 1 hora y 47 minutos que pasa volando, con interpretaciones que encarnan la incomodidad con una naturalidad en los espacios que recuerda al cine del gran Woody Allen. En estos, la verdad emerge de la fricción más que de la armonía; los diálogos desentrañan temores y se encarnan como frustraciones que se comparten destructivamente en las relaciones de pareja.
La película puede leerse como un ensayo cinematográfico sobre la fragilidad del amor contemporáneo, aunque no lo sentí así. En cambio, Wilde se aproxima a lo complejo del perdón propio y a cómo su ausencia no permite confrontar un presente desgastado por pretextos vacíos que se volvieron cotidianos y que obligan al espectador a confrontar aquello que preferiría evitar.
La invitación confirma a Olivia Wilde como una directora que sabe ver y mostrar emociones, capaz de articular humor, tensión y crítica cultural en un mismo contexto. Mientras que articula una comedia que parece condicionada por un género, pero que resulta un ensayo sobre el desgaste del deseo y la represión de sostener lo que culturalmente sería una vida en pareja. Wilde logró una obra que incomoda, provoca y obliga a mirar de frente las grietas de la intimidad.
Para mí, una de las mejores películas del año, hasta ahora.
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