Publicidad

La leyenda continúa

El actor norteamericano David Carradine, protagonista de la serie ‘Kung Fu’, fue hallado muerto el jueves en Bangkok.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Hugo Chaparro V.
04 de junio de 2009 - 11:00 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Tres años fueron suficientes para sembrar en la imaginación de sus televidentes el rostro de David Carradine interpretando al monje shaolín Kwai Chang Caine. El “grasshoper” o “pequeño saltamontes” dialogó con su inquietante Master Poe (Keye Luke), sabio ciego con ojos como nubes blancas de sabiduría, desde 1972 hasta 1975. Sus aventuras definieron una actitud ante la vida, con la paciencia extrema que marcó el hablar tardío del personaje —hasta que los bandidos de la Frontera Americana por la que viajaba Carradine a finales del siglo XIX, buscando a un hermano desconocido, lo violentaban, haciendo de él una versión de Bruce Lee capaz de dividir en dos a una mosca con los ojos cerrados.

Extraña paradoja: el actor que fue hijo del mítico John Carradine —conocido en Hollywood como el Bardo del Boulevard por su costumbre de caminar por las calles recitando a Shakespeare—; hermano de Bruce, Keith y Robert –Keith como el tímido fotógrafo que se siente acorralado por la insólita y pérfida belleza de Brooke Shields en Pretty Baby (Malle, 1978); Robert, como el actor camaleón que no conoce fronteras entre el cine y la televisión—; tío de dos actrices, Ever Carradine y Martha Plimpton, permaneció en la búsqueda insaciable de un familiar hecho fantasma en el paisaje y reveló el artificio de la ficción, donde es posible crear mitos en situaciones contrarias a la vida del lado de acá de la pantalla.

Una vida relativamente breve —acaba de morir en Bangkok a los 72 años de edad—, luego de crecer al ritmo de la estimulante excentricidad paterna, tras probar la farmacia psicodélica de su generación en los años 60, acercándose al remolino del cine, el teatro y la televisión, que difícilmente permiten escapatoria, cuando protagoniza los ineludibles papeles secundarios que forman a un actor. Acaso no sugieran recuerdos inmediatos películas como Taggart (Springsteen, 1964), The Violent Ones (Lamas, 1967) o Macho Callahan (Kowalski, 1970), tanto como la celebridad shaolín de Kung fu o su aparición en la mítica Bound for Glory (Ashby, 1976), donde interpreta al no menos mítico Woody Guthrie, nuestro santo folk de la política musical, padre por inspiración de Bob Dylan, dueño de una guitarra donde se podía leer, atreviéndose en una década como los años 40, una frase que decía: “Esta máquina mata fascistas”.

Fue como su padre, un personaje tan auténtico como los que interpretaba en la pantalla. Amante del western, honraba la iconografía mítica del cowboy a la que pertenecía desde que trabajara en Taggart. Supo conjurar la odisea tóxica que redujo con los años a café y cigarrillos. Estableció contrastes de actuación: hizo del monje budista un trampolín que lo llevó a saltar al Huevo de la Serpiente de Ingmar Bergman en 1977 y al mundo de la caricatura karateca según Quentin Tarantino en Kill Bill Vol. 1 y Vol. 2 (2003-2004), donde protagonizó a Snake Charmer, la serpiente encantadora, tan hábil como Kwai Chang Caine pero en versión degradada por su carácter atemorizante y su destreza brutal.

Su biografía pertenece al cine tras la decadencia y muerte del Hollywood dorado. Actuar con la dirección de Hal Ashby en Bound for Glory significó lanzar una respuesta generacional al caos heredado por la fascinación bélica de Richard Nixon. El sindicalista al que protagoniza en uno de los primeros resplandores de Martin Scorsese, Boxcar Bertha (1972), con el desgaste que ha dejado el tiempo en la película y la visión de padre cariñoso que tiene Scorsese por ella —el director de entonces no era el ser humano de hoy—, situó a Carradine en el escenario de las historias políticas. Su talento se descubrió en la gran pantalla. Mejoró con su presencia la pantalla doméstica de la televisión cuando Kung Fu hizo de él una estrella pop del misticismo. La muerte como último episodio de su vida permite suponer que la leyenda continúa.

Por Hugo Chaparro V.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.