El género biográfico, autobiográfico o de memorias muchas veces se aproxima a la novela en la medida que su autor haya tenido una vida de aventuras, una singular apreciación de la realidad o una contribución significativa a las ciencias y las humanidades. Tal es el caso, por ejemplo, de Pablo Neruda en “Confieso que he vivido” en donde el poeta narra en tono intimista, no solo su vida y el desarrollo de su obra, sino también cómo estas circunstancias se entrelazan con los fundamentales eventos artísticos y sociales de su país en una época de luchas políticas matizadas con romances y viajes exóticos.
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Además de su propia vida, el escritor/periodista es un atento observador de la naturaleza y la sociedad en donde se halla inmerso, para luego recrearlas en cualquiera de las modalidades literarias que decida adoptar. Desde el siglo XIX, con el auge de la novela realista en Europa, con exponentes tan destacados como Dickens en Inglaterra y Balzac en Francia, el escritor ha sido un observador concienzudo de esa realidad palpitante para luego verterla en una obra literaria. Se dice que Balzac solía recorrer los bajos fondos de París en busca de temas y personajes para sus novelas, al igual que Charles Dickens en Londres.
La materia prima de estos escritores radica de manera esencial en las vivencias de ciudadanos marginados en cuyas vidas se daba toda la gama de excitantes circunstancias que estos escritores registraban transformándolas en sus novelas y cuentos de una manera artística que aún conmueve a sus lectores. No intentaban en ningún momento alejarse de la realidad sino todo lo contrario, se ceñían tan estrictamente como fuese posible a las más elementales normas de objetividad y realismo, aunque de tal manera que no aparecía como un registro estadístico sino como un retrato emotivo y sincero de la sociedad de su época.
De igual modo, Emile Zolá en la segunda mitad del siglo XIX imprime a su producción novelística de tendencia naturalista, una dimensión humana que se fundamenta en el análisis científico de la realidad francesa de su generación. Es proverbial su sagaz sentido de la observación que ponía al servicio de una minuciosa descripción de situaciones sociales de profundo contenido crítico. Asimismo, se caracterizó por una decidida inclinación a experimentar de primera mano muchos de los sucesos que después elaboraba en su obra narrativa.
Así como la novela fue evolucionando con el correr de los tiempos, del mismo modo ha ido variando el método de investigación utilizado por el escritor o periodista de nuestro tiempo para aprehender la realidad. Dentro de esta misma tradición de Balzac, Dickens o Zolá, se ubica la novela realista estadounidense de la década del treinta en escritores como John Dos Passos o John Steinbeck quienes en busca de materia prima para sus novelas, recurrían a los trabajos más rudos y extravagantes para encontrar argumentos que más tarde asimilaban a sus novelas. Era ésta una forma de investigar la realidad, no en libros ni en suposiciones sobre la realidad, sino yendo al campo mismo donde se cocinaba la vida en medio de esa etapa tan difícil y patética como fue la Gran Depresión de los años treinta.
No hay duda de que aquellas técnicas metodológicas influyeron medularmente tanto la novela realista y naturalista europea del siglo XIX como la norteamericana de la década del treinta en el siglo XX, y sirvieron de base para una elaboración posterior que habría de impactar el mundo literario y cuyo epicentro se sitúa en Estados Unidos, específicamente en Nueva York, a principios de los años sesenta. Fue aquella una década de traumáticos cambios sociales y acontecimientos históricos que golpearon no sólo a la sociedad de Estados Unidos, sino que sus ondas se dispersaron rápidamente por el mundo entero.
Era la época de la Guerra en Vietnam y el primer viaje a la Luna. Se discutía sobre una real o supuesta “brecha generacional” que impulsaba a muchos adolescentes, y aún a personas de más edad, a rechazar el modo de vida capitalista, lanzándose a la militancia política de izquierda (fresco todavía el seminal ejemplo de la Revolución Cubana), o salirse (drop-out) de la comunidad tradicional, marginándose en núcleos aislados ya fuesen comunas rurales o urbanas de jóvenes que cuestionaban el establecimiento familiar, político y económico. Son los jipis que adoptaron estrafalarios estilos de vida en el vestir, el sexo, en sus relaciones interpersonales, y se arriesgaban a explorar los recónditos laberintos de la mente con las drogas alucinógenas o estimulantes. Se incuba el germen de la liberación femenina y se intensifica la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles con militantes tan audaces como los Panteras Negras, ala radical del movimiento por la igualdad racial en su país, todo esto con un provocativo trasfondo de música rock interpretada por los Beatles o los Rolling Stones, entre otros conjuntos musicales que vuelven frenéticas a las muchedumbres de jóvenes en recurrentes festivales orgiásticos.
Sin embargo, no existe el novelista que haya captado esta década tormentosa de la misma manera que los grandes narradores realistas de la Europa del siglo XIX, que fueron cronistas de su época. Sólo quizás en la poesía de los beatnicks se percibe algo de este sentimiento de rebeldía, en poetas como Allen Ginsberg o Lawrence Ferlinghetti y en la narrativa de William Burroughs o Jack Kerouack aunque, en rigor, estos escritores se ubican más dentro de la tradición bohemia de la década del 50 que en los tempestuosos años 60. Es entonces que en este vacío para recrear de manera literaria aquella época surge el llamado nuevo periodismo o periodismo narrativo que tanta influencia ha ejercido en su lugar de origen como también en el resto del mundo, dejando una profunda huella en Colombia.
Se ha situado la génesis del periodismo narrativo en el libro “A sangre fría” de Truman Capote quien bautizó el género como novela de no-ficción por cuanto era la historia narrada en forma de novela, pero basada en hechos reales de reciente factura que podían comprobarse fácilmente en la prensa. “Un libro ─según definición del mismo Capote─ con la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura de la prosa y la precisión de la poesía”.
El argumento contado por el escritor estadounidense sobre la vida y muerte de dos pandilleros que asesinaron y robaron a una familia de granjeros acomodados de Kansas, apareció por primera vez en forma seriada en la revista The New Yorker en el otoño de 1965 y luego en forma de libro unos años después. Esta primera novela de no-ficción marca el inicio de todo un género literario que si bien ha alcanzado una paulatina popularización, no es del todo conocido por los lectores de América Latina aunque aquí en Colombia ha tenido ya sus cultores en las últimas décadas.
El método empleado por Capote para la realización de “A sangre fría”, consistió en entrevistar en forma minuciosa a los criminales en la cárcel hasta obtener una visión completa de las circunstancias que rodearon el crimen. La investigación duró cinco años, durante los cuales el autor viajó al lugar de los acontecimientos, tomó nota del ambiente y conversó con los vecinos de la familia asesinada, hasta trasformar todo el material desdeñando el estilo tradicional de la crónica periodística en primera persona para trasladarlo a un punto de vista en tercera persona, actuando como una cámara de cine que sigue los pasos de los criminales de un lado y de la familia por otro, hasta el fatal desenlace en la granja; clímax al cual se arriba a través de una prosa audaz, tensa, que rivaliza con una novela ficticia de suspenso. Sin proponérselo, Capote había descubierto un filón inagotable de posibilidades para la literatura en un momento crucial en que la novela norteamericana y europea atravesaba por un período de pobreza conceptual y temática.
Pero antes de Capote, ya se había experimentado con artículos y crónicas narrados en tercera persona, sobre sucesos reales que se leían como cuentos o relatos literarios incorporando diálogos, describiendo la ambientación y recurriendo a cuanta técnica o artificio literario sirviera para estimular la imaginación y los sentimientos del lector, intentando así recuperar su interés en momentos en que se compite con otros medios masivos de comunicación como la televisión, el cine, la radio y otros estímulos externos. Era necesario encontrar otros caminos para vigorizar el periodismo y la literatura.
Espere mañana la segunda parte de este artículo en El Magazín Cultural de El Espectador.
(*) Es escritor, periodista e investigador cultural, autor de una docena de libros entre novela, cuentos, biografías, crónicas y reseñas críticas de artes visuales, teatro y literatura que publica en el diario El Espectador de Colombia y en revistas culturales de Estados Unidos.