El cazador perdió el olfato con pocos años de vida. Todo empezó a sus diez, un hombre de veinticinco lo golpeó tantas veces con un bate que estuvo a punto de morir. Después vinieron muchas peleas, una tras otra. Un día su nariz se convirtió en un elemento fantasma del cuerpo, podía palparse con las manos o arremolinarse con más golpes, pero incapaz de sentir otra vez el olor de la sangre o la carne. Después los aromas fueron igual o más importantes que antes; el cuerpo desarrolla al máximo otros sentidos frente a la ausencia de uno, el cazador huele con la lengua como una víbora. “El gusto lo tengo desarrolladísimo. Puedo cazar palomas y decirte a ciegas cuál es la carne de cada cual”, dijo para una entrevista en La Nación.
Guillermo Arriaga no sólo acecha presas en medios naturales con arco y flecha, también está siempre a la expectativa de una buena historia. Conoce la violencia y la retrata con majestuosidad en sus relatos. El salvaje es su novela más reciente, un guiño preciado de más de 600 páginas a la novela corta de Jack London. Arriaga construye una historia con el tiempo quebrado por la memoria de Juan Guillermo, un adolescente que sobrevive en la colonia (barrio) Unidad Modelo de Ciudad de México. El mismo barrio en el que pasó su infancia el escritor de ese tríptico maravilloso que fue Babel, Amores perros y 21 gramos.
La historia de El salvaje se mueve en una espiral de violencia en la que Juan Guillermo pierde a los miembros de su familia. A partir de allí todo gira alrededor de la venganza y la redención, ambientada a fines de los sesenta e inicios de los setenta, en medio de la violencia estatal después de la noche de Tlatelolco y los controles policiales abruptos en los barrios, con el narcotráfico atravesando las venas y la crudeza de la violencia urbana en las zonas marginales. La novela es una apuesta dura hacia la naturaleza humana y su fragilidad, retrata el peso de las ausencias y el desamparo.
Guillermo Arriaga es conocido por las estructuras fragmentadas con las que construye sus historias, narraciones paralelas que se enlazan en puntos infinitos. Esta estrategia narrativa es influencia directa de Faulkner y algunos de sus escritores preferidos. “Este escritor me influye por el realismo, los temas y el manejo del tiempo. Cualquiera que lea mi obra y lea a William Faulkner se dará cuenta de la gran influencia que tengo de él. El otro es Juan Rulfo, porque es quizás uno de los escritores que más se apegan a las paradojas profundas de lo humano y eso me llama la atención. También está un escritor colombiano que desafortunadamente muchos jóvenes no conocen, se llama Hernando Téllez, escribió el cuento Espuma y nada más y sugiero que lo lean y lo repasen porque es uno de los grandes maestros de la tensión narrativa latinoamericana, de cómo en sólo dos o tres páginas puede hacerse todo un retrato de la realidad colombiana capaz de permear en lo que sucede en la Colombia de hoy”.
La obra del cazador es atávica, realista, dura y en algún punto vivencial. Los días que pasó en las azoteas de la Unidad Modelo lo eclipsaron constantemente hasta reflejarlas en las páginas de El salvaje. Cualquiera podría encontrar en la novela la pulsión tanática con fuerza, pero el escritor busca redimir todo lo contrario: “No es de la muerte es de la vida, tú no puedes hablar de lo potente que es la vida si no te das cuenta de que hay una finitud, de que hay una urgencia y hay un pulso. Ese pulso es el que hace que la vida sea más potente y más fuerte. Entonces no es que hable de la muerte, hablo de la finitud de la vida, para darle un peso y una gravedad a la vida. Tú no puedes hablar de vida sin hablar de muerte, si tú no tienes sentido de que esto se va a acabar entonces la vida se convierte en algo gelatinoso, blando”.
En este punto convergen la literatura y la cacería, ambas como reafirmación de la vida, ritos profundos que requieren de paciencia, una mirada implacable, los sentidos abiertos, conexión con todo lo que está alrededor, respeto por lo desconocido y humildad para saberse ínfimo en el universo. Arriaga se define como un contador de historias sin importar el formato en el que se presenten, cuenta historias para vencer de algún modo a la muerte. “Como decía Kafka, ‘la literatura es una afirmación contra la muerte’. De alguna manera un escritor le da sentido a su existencia escribiendo y por otro lado la obra que escribes te trasciende y lo hace a veces desde el sentido de la muerte para darle peso a la vida. En los bantús, una tribu africana, dicen que no te mueres hasta que dejan de pronunciar tu nombre. Entonces Shakespeare está más vivo que nunca, ¿no?”.
El salvaje, esa obra donde convive la finitud humana con lo más sublime de nuestra naturaleza, termina por parecerse a las palabras mágicas de una antigua canción esquimal en la que “la mente humana tenía poderes misteriosos. Una palabra dicha por casualidad podía provocar extrañas consecuencias, de súbito cobraba vida y lo que la gente quería que sucediera, sucedía, lo único que necesitabas hacer era decirla. Nadie pudo explicar esto, así es como era antes”.