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La locura del poder

Tres escritores venezolanos conversaron junto a Héctor Abad Faciolince en torno a la literatura, la realidad política venezolana y la manera en que la ficción puede funcionar para comprender el presente.

El Espectador

03 de febrero de 2011 - 06:25 a. m.
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El escritor Héctor Abad Faciolince, que moderaba la conversación organizada por el Librero que se llevó a cabo el pasado martes en el Gimnasio Moderno, decidió empezar con una deducción simple. Los autoritarismos —pero también las guerras y las represiones— suelen tener un efecto colateral, casi invisible: la migración de muchos intelectuales a otros países.

Es decir, la manera en que enriquecen otros contextos culturales. La deducción era, en el fondo, un elogio para los tres escritores venezolanos con los que Abad conversaría, acaso tres de las voces narrativas más importantes de la literatura venezolana reciente.

Pero había algo más: la certeza de que Alberto Barrera, Francisco Suniaga y Federico Vegas tenían, aparte del gentilicio, una poderosa razón común: el interés por explorar, desde el periodismo o la literatura, la vida y las circunstancias de ciertos caudillos, de ciertos héroes que vienen a salvar la patria y se vuelven locos en el intento.

En principio, y antes de decir cualquier otra cosa, Francisco Vegas habló del Gimnasio Moderno, el lugar donde se llevó a cabo el encuentro: “qué colegio tan bello”, exclamó. Y entonces habló de la imposibilidad de control que tienen los escritores sobre la época en que viven. “Hay control sobre la estética, mas no sobre el tiempo”, dijo.

La razón para pensar lo político desde la literatura era simple: como sus opiniones sobre política actual son generalmente tontas —“un bobo trágico”, sostuvo—, prefiere comprender la realidad mirando el pasado a partir de la ficción. En Falke, la novela en la que Vegas narra las peripecias de Rafael Vegas, el tope contemporáneo es el 99, el mismo año en que Chávez llegó al poder.

La realidad venezolana actual tiene una vocación ficcional, parece decirnos Vegas. Los hechos reales (el caso del fiscal Danilo Anderson, muerto y con una máquina de contar dinero en su casa) están impregnados de cierta irrealidad, de cierta mentira. El dilema de Vegas es rabiosamente contemporáneo: hacer ficción para apartarse de una realidad que es cada día más ficción.

Alberto Barrera, que es el autor de una biografía autorizada de Hugo Chávez, sugirió que muchos tratan de entender lo que los venezolanos todavía no entienden. La venezolana es, según Barrera, “una sociedad tan polarizada que casi nunca estamos de acuerdo, que no consigue comprenderse”.

El fenómeno Chávez es algo avasallante, tal vez inasible, que los venezolanos tampoco entienden bien. Las pocas pistas que hay tienen que ver con la manera de hablar del comandante, un encantador de serpientes que lleva el ejercicio político a sus extremos emocionales. Y, de cualquier forma, con ese paradójico efecto de identificación que genera: “Chávez le dice a Bush lo que casi todo el mundo quiere decirle a Bush”, afirmó.

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Para Francisco Suniaga, que escribió El pasajero de Truman a partir de Diógenes Escalante (fallido candidato presidencial), un patrón político venezolano tiene que ver con la idea del salvador. En ese sentido, la figura de Escalante era promisoria: un civilista en medio del caos de los años 50 en Venezuela.

Como anécdota definitiva, Suniaga recordó que a su familia nunca le perdonaron la adhesión al URD, el partido de Escalante. Con la elección (y la derrota, pues Escalante nunca se presentó a las elecciones), los Suniaga quedaron discriminados y debieron afrontar la pobreza. El niño Francisco le preguntó a su padre por qué estaban tan mal: “porque Diógenes Escalante se volvió loco”, le respondió el viejo.

Por El Espectador

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