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Jamás olvidaré mi primer contacto con la poesía de Czeslaw Milosz. Aún recuerdo la fascinación que me invadió al conocer sus poemas. En los años setenta, su creación fue censurada por el gobierno comunista de Polonia y sus libros, publicados por la oposición o en el exterior, circulaban clandestinamente de mano en mano. Al ser sorprendidos, nosotros, los estudiantes universitarios, pudimos haber sido hasta expulsados de nuestra alma máter, la medieval Universidad Jagellona de Cracovia. Recuerdo que un amigo, estudiante de la filología polaca, me prestó por una noche un volumen de la poesía de Milosz. Lo leí extasiado durante toda la noche. Como no era posible fotocopiar, copié a mano varios de sus poemas. ¡Más de veinte! Nunca antes lo había hecho con ninguna poesía, pero esta vez quería conservar algunos de sus versos. No admitía privarme de su conservación. Unos años después logré tener en mi biblioteca todos sus títulos.
En octubre de 1980 estaba haciendo un posgrado en Bogotá, en el Instituto Caro y Cuervo. Ya era de noche y me llamó por teléfono Ángel, un colega chileno, y me preguntó si ya conocía la gran noticia de que un poeta polaco había ganado el Premio Nobel. No creí —lo reconozco— que un poeta condenado al ostracismo, exiliado en los Estados Unidos, profesor de la Universidad de Berkeley, se llevara esta valiosa presea. Czeslaw Milosz nació el 30 de junio de 1911 en Szetejnie, Lituania, en una familia noble, de raíces polacas de varios siglos. Parecía un viejo roble inquebrantable de las tupidas y extensas selvas lituanas. Cuando falleció, el 17 de agosto de 2004, muchos no lo podían aceptar. Se morían sus conocidos, amigos y familiares, pero él permanecía. Pasó el siglo XX, del cual fue símbolo, y él seguía y seguía escribiendo. Parecía invencible. Sin embargo, este hombre, noble de cuna y de espíritu, siempre cálido, encantador, modesto, valiente y sabio, se fue pero dejó una herencia universal que pocos han logrado amasar en la historia. No solamente fue un gran poeta de lengua polaca; también los norteamericanos lo reconocían y admiraban como su poeta más grande de la época contemporánea. Su Tratado poético es reconocido en los Estados Unidos como el libro de poesía más importante del siglo XX al lado de La tierra asolada de Eliot. Esta circunstancia de que la traducción de un texto elaborado en otra lengua se vuelva un modelo clásico es realmente excepcional y sólo ocurre con las obras de alcance universal. Cuando Milosz decidió establecerse definitivamente en Cracovia, muchos poetas norteamericanos venían a los coloquios poéticos que se organizaban periódicamente en Cracovia para poder departir y conversar con su gran maestro.
Czeslaw Milosz fue testigo ocular de casi todo el siglo pasado. Observaba y participaba en los grandes acontecimientos que sacudían el mundo. Sobrevivió a la Primera Guerra Mundial y a la Revolución Bolchevique. Logró escaparse de la Unión Soviética y vivió en la Polonia restituida. Cuando el ejército de Hitler invadió Polonia, Milosz fue evacuado, junto con los funcionarios de la radio polaca, a Lvov. Decidió regresar a Varsovia, donde estaba su amada Janka. El siguiente poema, “El pobre cristiano mira el gueto”, es alucinante en su expresión temática, y su genial acople a la forma resulta de una limpieza estremecedora. El texto, inspirado por el drama de la insurrección de los judíos de Varsovia en contra de sus verdugos hitlerianos, en una densa y altamente elaborada visión conmueve por los aterradores hechos referidos y la actitud de impotencia del yo lírico:
Las abejas construyen alrededor del hígado rojo,
Las hormigas construyen alrededor del hueso negro,
Comienza el desgarramiento, el pisoteo de las sedas,
Comienza el rompimiento de vidrio, de madera, de cobre, de níquel, de plata,
de espumas,
De yeso, de lata, de cuerdas, de trompetas, de hojas, de bolas, de cristales.
¡Chas! El fuego de fósforo de paredes amarillas
Absorbe el cabello humano y la piel animal.
Las abejas construyen alrededor del pulmón,
Las hormigas construyen alrededor del hueso blanco,
Se rompe papel, caucho, tela, cuero, lino,
Tejidos, materias, celulosa, pelo, escama de serpiente, alambres,
En el fuego se cae el techo, la pared y la quemazón abraza el fundamento.
Ya sólo queda la tierra
Arenosa, pisoteada, con un árbol sin hojas.
Despacio, excavando el túnel, avanza el guardia-topo.
Con la pequeña linterna roja sujetada a la frente.
Toca los cuerpos enterrados, cuenta, se abre paso hacia adelante.
Diferencia la ceniza humana según el vapor de iris,
La ceniza de cada hombre según otro color del arco iris,
Las abejas construyen alrededor de la huella roja,
Las hormigas construyen alrededor del lugar después de mi cuerpo.
Tengo miedo, sí, tengo miedo al guardia-topo.
Su párpado hinchado como de un patriarca
Que estaba sentado mucho tiempo a la luz de las velas
Leyendo el gran libro del Génesis.
¿Qué le diré yo, el judío del Nuevo Testamento,
Yo que espero desde hace dos mil años el regreso de Jesús?
Mi cuerpo hecho pedazos me entregará a su mirada
Y me contará entre los ayudantes de la muerte:
Los no circuncisos.
El poema formó parte del primer libro que publicó después de la recuperación de la independencia, en 1945, titulado Salvación. Antes, al final de la guerra, logra establecerse en la región de Cracovia. Allá se entera del fin de la guerra. Es comprensible que en esta época haya crecido su sensibilidad a los problemas de la persona y de la sociedad.
Recordemos el final de su introducción al mencionado libro:
¿Qué es la poesía que no salva
A las naciones ni a la gente?
La complicidad de las mentiras oficiales,
La canción de los borrachos a quienes alguien en un momento degollará,
Una lectura para habitación de señoritas.
*Fragmento de un ensayo publicado en la revista ‘Pensamiento y Cultura’. Filólogo polaco radicado en Colombia, director del Instituto de Humanidades de la Universidad de la Sabana.