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La máquina de coser (Cuentos de sábado en la tarde)

Coser era un placer para las hermanas Puello. Mataban el tiempo pedaleando bajo la impertinente mirada de los animales que paseaban por la casa. La envejecida perra siempre buscaba el calor de los pies en movimiento, encima del pedal metálico. Ellas se abstraían en pensamientos de un pasado infértil, el presente suspendido y un futuro incierto.

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Verónica Bolaños
13 de febrero de 2021 - 08:00 p. m.
"...Y para qué mentirle, me dio tristeza imaginar que sacaban mi cuerpo de la casa, y la máquina de coser  se quedaría allí solita oxidándose, entonces decidí venderla, pero no vaya a creer que lo que me importa es la plata, no se equivoque, lo que quiero es dejarla en buenas manos".
"...Y para qué mentirle, me dio tristeza imaginar que sacaban mi cuerpo de la casa, y la máquina de coser se quedaría allí solita oxidándose, entonces decidí venderla, pero no vaya a creer que lo que me importa es la plata, no se equivoque, lo que quiero es dejarla en buenas manos".
Foto: Verónica Bolaños
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La vieja y oxidada máquina la compró su madre a un gitano de piel curtida con ojos espantados y talante de comerciante honrado.

El gitano se llamaba Melquíades ─no el de Cien años de soledad, este pertenece a otra época y vivía en otro pueblo, en Turbaco─. Una tarde apareció en la plaza con un burro negro de piel lustrosa. En el lomo el animal transportaba la máquina. El pedal resplandecía con el sol que se filtraba entre las hojas de caucho. Los cajones de madera estaban minuciosamente forrados con papel y el cuerpo de la máquina envuelto en una tela blanca, como si estuviera enyesada.

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Las mujeres chismoseaban detrás de las cortinas floridas, como contemplando una escena insólita…

Al cabo de un rato el burro cayó en el adormecimiento, cerró los ojos legañosos y emanó un respiro recóndito. El peso de la máquina en su dolorido lomo no le producía molestia alguna: estaba acostumbrado a cargar petates, sacos de arena y piedras calizas, también leña, carbón y galones de agua.

Detrás de las cortinas, las mujeres pudorosas se tapaban la boca y luego reían ante la visión de la perversidad. En la plaza y a plena luz del día, el burro soñaba que montaba a una yegua marrón de pelo negro y musculatura fibrosa ─el pene lo tenía erecto─. Las mujeres pensaban “cómo puede ser que los hombres no estén dotados de tales grandezas”.

Melquíades, de un “¡hurra, hurra!”, sacó al burro de su placentero sueño. Lo condujo hacia la calle del Coco en la que caminaban lento, no por cansancio, sino porque se levantaban ráfagas de arena caliente. El gitano, más que gritar, susurraba como un canto celestial “¡vendo esta má… qui… na… de… co… ser…!”.

El gitano se acercó a la madre de Leonor, que en ese momento barría las hojas de matarratón que habían caído en el corredor.

─Seño, se la vendo bien baratica

─No, mijo, no hay plata. Es mejor que sigas caminando, a lo mejor en la otra calle alguien te la puede comprar. Tengo varias bocas que llenar, no son bocas exigentes, pero ajá, el hambre aprieta. ¿De dónde sacaste esa máquina, no será de contrabando?

─Doña, cómo cree, ya sé que los gitanos tenemos mala fama, pero se equivoca, no es de contrabiando

─Ajá, pero de dónde la sacaste, es lo que quiero saber, no me dejes con la curiosidá.

─Se lo voy a contar solo porque usted me ispira confianza, tiene cara de buena gente.

Verá, esta máquina era de mi madre. Ella la heredó de su madre, es decir, de mi abuela, que en paz descanse ─en ese momento el gitano se persignó y se besó los dedos─. Me contó mi madre que mi abuela se la regaló cuando se casó, era una tradición. Verá usted, yo no tengo hijos, no tuve esa suerte. Vivo allá abajo, en el barranco, con mis puercos, las gallinas y este burro que lo considero mi hermano ─unas lágrimas mojaron su rostro─. Ayer estaba en el cuarto de mi madre pensando en mi muerte y fue cuando me acordé de la máquina de coser de mamá. Me dio nostalgia solo de pensar “¡caray, cuando me muera se quedará sola!”. Y para qué mentirle, me dio tristeza imaginar que sacaban mi cuerpo de la casa y que se quedaría allí solita, oxidándose, entonces decidí venderla, pero no vaya a creer que lo que me importa es la plata, no se equivoque, lo que quiero es dejarla en buenas manos. Le juro que si pudiera llevármela a la tumba me la llevaría. Pero bien sabe usted que eso es imposible, mucha suerte tendré cuando me muera si hay un hueco libre en el cementerio para que repose mi esqueleto”.

─Yo se la compraría, si me sobrara la plata, así se entretendrían las muchachas, que se la pasan todo el día dando vueltas en el patio o sentás en las mecedoras sin cruzar palabra, mirando lejos. Como ya te dije, primero es la comida y luego hay que guardar algo bajo el colchón para medicinas.

─Mire, doña, voy a descargar la máquina. ¿Dónde quiere que se la ponga? Usted no se preocupe, si quiere podemos hacer un trato: págueme con los almuercitos. Al mediodía, cuando ya esté de regreso de recorrer las calles vendiendo mi mercancía, vendré aquí y usted me pone el almuerzo en una ollita. Por cuchara ni se preocupe, yo traeré la mía, y ná, me iré a la plaza a sentarme bajo el palo de caucho, almorzaré y luego haré la siesta hasta que baje el sol. Y así, hasta que me acabe de pagar los 40 pesos que vale la máquina de mi mamá.

─Bueno, pero sin exigencias, aquí todos los días se almuerza sancocho y arró blanco. Aveces mi hija Idalia hace arró con ahuyama. Lo que no quiero son quejas si algún día te pongo un hueso pelao, sin carne, ni ná. Lo que sí puedo ofrecerte sin limitaciones es agua e’ panela con hielo y limón, pa’ que te refresques de este calor. ¡Mira cómo estás de negro de tanto sol!

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─Doña, no se preocupe, lo que quiero es que quede en buenas manos, además, yo no soy exigente.

El burro se tambaleó y rebuznó cuando el gitano desamarraba la máquina. Las muchachas salieron corriendo al corredor a ver qué pasaba.

─¿Mamá, esto qué es? ─Preguntó, Leonor.

─Acaso están ciegas, es una máquina de coser, de pedal, para ustedes, para que se entretengan, que están todo el santísimo día mirando lejos o dando vueltas de allá para acá, de acá para allá, que me dan es mareo. Como no quieren salir…

Las mujeres iban detrás del gitano que empujaba despacio la máquina. Leonor e Idalia apartaron las mecedoras y Noris se llevó al patio a los perros que incordiaban el paso. Melquíades le quitó los papeles y la tela, “quedó desnuda” ─dijo Idalia─. Le parecía que el aparato tenía cuerpo de mujer. La apoyaron contra la pared, detrás de la puerta que daba al patio. Las hermanas al principio peleaban para sentarse a coser, después se turnaban: una por la mañana y otra por la tarde. Cuando una de ellas cumplía años, podía coser durante todo el día, gastar el hilo que necesitara y disponer de las telas que estaban encima de la mesa. Cuando acababan de usarla, debían de limpiarla, no dejar los carretes de hilos embolatados, colocar el dedal y tijeras en los cajones y las agujas clavadas en la bolita blanca de icopor para evitar que alguien se la clavara en las nalgas. Si algún día no la dejaban en condiciones, perdían un turno de uso. Algunas veces la sacaban al patio y la montaban en una plataforma de cemento que mandaron a hacer para poder coser bajo el canto de los pájaros y el olor de las naranjas agrias y de los jazmines que florecían como lombrices de tierra. Mientras una de ellas disfrutaba su turno pedaleando, las otras barrían la casa, preparaban la comida, llenaban los baldes de agua, y esperaban con alegría su momento de disfrute. Cuando era el turno de Leonor, ella se persignaba como si asistiera a un ritual. En una ocasión se ensartó el dedo índice con la aguja y tuvieron que mandar a buscar a Melquíades para que aflojara el tornillo de mano del sujetador de la aguja ─Leonor gritaba y la sangre recorrió el camino polvoriento hasta llegar a la iglesia─. Los feligreses gritaron exaltados “¡la sangre de Cristo, la sangre de Cristo!”.

Después de ese día, Leonor tenía miedo de coser, volvió a dar vueltas por el patio, ya no solo de día sino también durante la madrugada. Se levantaba con los ojos cerrados, se ponía las chancletas y salía al patio. Alguna vez la encontraron durmiendo en la mecedora, con los dedos forrados de hilos de diferentes colores y los carretes vacíos tirados en el suelo. Su madre un día dijo “a esta muchacha hay que sacarle ese miedo, que es como un mal espíritu”. Una mañana la enfrentó a sus terrores: la cogió del brazo, la empujó hasta la máquina y la obligó a que cosiera el vestido que se le había roto el día anterior. Leonor miraba la aguja y las piernas le temblaban encima del pedal. Cuando acabó de coser el traje, su madre le dijo que mirara la aguja durante dos horas, para que enfrentara al miedo “los miedos se quitan plantándole cara”, decía la mujer.

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Después de este incidente, todo volvió a la normalidad, los turnos, el bamboleo del pedal que arrastraba con ellas los días y los meses… En los últimos 5 años fueron falleciendo las hermanas Puello. Morían del mismo modo, en la máquina de coser con la cabeza apoyada en el brazo de hierro y un carrete de hilo negro en la mano.

Ahora, solo quedaba Leonor, pedaleando con ímpetu en el patio, “¿Qué será de ella cuando me muera?” ─musitó.

Por Verónica Bolaños

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diego(ojbwf)14 de febrero de 2021 - 08:14 p. m.
La señora Bolaños repite y repite la misma fórmula en sus cuentos, que ademas adolecen de sensibles fallas gramaticales. Es recurrente su aparición en esta sección, pero sus historias no sorprenden para nada, siempre con los mismos elementos regionales y repetición en la caracterización de sus personajes. Flaco aporte a una sección que debería esmerarse más en la consecución de buenos autores.
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