Mientras espera a que llegue su maleta al apabullante aeropuerto de Nueva York, de vuelta de México a donde tuvo que viajar de improviso —como la mayoría de los viajes que hace últimamente—, el escritor dominicano Junot Díaz es víctima de un ataque de mensajes de textos y de llamadas que retumban en su celular. Todas le reclaman tiempo para las entrevistas y los asuntos que ha dejado pendientes durante esta semana de ausencia. Parece que la vida diaria simple del maestro que iba al MIT a dictar sus clases de literatura y sacaba las tardes para escribir resguardado en un café del Lower East Side, ha quedado atrás desde que el 9 de abril de 2008 recibió el Premio Pulitzer.
Hay menos tiempo ahora. Cierto que sus continuas colaboraciones con el semanal New Yorker y su primer libro de cuentos Drown (en español publicado como Negocio), el cual recibió buenas reseñas en los dominicales más respetados, ya hacían su vida algo más agitada, pero sin duda, después de ganarse la más alta distinción para las obras publicadas en los Estados Unidos —usualmente reservada sólo para la lengua inglesa— hay menos tiempo para bailar la bachata, menos tiempo para rondar por los barrios bajos de Nueva York y vivir en carne propia la movida hip hop que tanto lo seduce, (a la final, como él lo confiesa, fue esa la comunidad con la que creció).
Pero el escritor radicado desde los siete años en Parlin, New Jersey, y ahora, a sus 40, un habitante más de la Gran Manzana, no se queja. Sabe que no puede hacerlo, al fin y al cabo, debe aprovechar este cuarto de hora con el que puede hacer que la literatura latinoamericana “tenga más prominencia en la tierra del Tío Sam”.
Junot Díaz, un inmigrante, un habitante de las capas más bajas de la sociedad estadounidense, un dominicano atípico y un fanático de la literatura, ha logrado llamar la atención. No es sólo ese estilo literario juguetón y candente de su primera novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, definida por el New York Times como “una ópera prima que es tan original que sólo se puede describir como un encuentro entre Mario Vargas Llosa, Star Trek, David Foster Wallace y Kanye West”. Es además que ha logrado merecer uno de los grandes premios de la literatura cantándole ácidamente muchas verdades a los Estados Unidos.
“Considerando la acentuada naturaleza blanca de los Estados Unidos, y en especial de la organización del Pulitzer, debí haber escrito el tipo de libro que ellos no podrían rechazar. Pero no lo hice”, comenta el escritor. Y añade con ironía: “Más bien lo que sucedió fue que en 2008 los estadounidenses dejaron sus prejuicios de lado, lo suficiente como para ver el genio de Obama y para reconocer la genialidad de un libro escrito por un inmigrante de República Dominica en Jersey”.
En medio de una novela sencilla, que cuenta la historia de un moreno dominicano del gueto, obeso y nerd, obsesionado por poder conquistar la chica con la que sueña, Junot Díaz introduce la historia del dictador Rafael Leonidas Trujillo, quien sometió a las peores torturas a su pueblo; narra además las inclemencias del mundo de los inmigrantes, y en eruditos y extensos pies de página lanza apuntes sobre la historia que no dejan bien parado al país del norte.
“¿Quieres saber de verdad cómo se siente un X-Man? Entonces conviértete en un muchacho de color, inteligente, estudioso, en un gueto contemporáneo de Estados Unidos… Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos creciéndote en el pecho”, profesa la novela en las notas al margen, para continuar más adelante: “La palabra pariguayo comenzó a utilizarse comúnmente durante la primera ocupación norteamericana de la República Dominicana, que fue de 1916 a 1924 (¿no sabían que nos ocuparon dos veces en el siglo XX? No se preocupen, cuando tengan hijos ellos tampoco sabrán que E.U. invadió a Irak)”.
Aunque la vida de Óscar Wao tiene ciertas similitudes con la de Junot Díaz: la misma geografía y nacionalidad de tela de fondo, la misma afición por la literatura fantástica como refugio y un delirio por el cómic Watchman, no podría afirmarse que el escritor narra una historia desde el resentimiento; al final, el escritor cree que “ser un inmigrante en los Estados Unidos no es más duro que ser, por ejemplo, un pobre en Colombia”. Ambas son posiciones que representan el mismo nivel de dificultad para alguien que quiere brillar, comenta Junot, quien considera que los mayores retos de cualquier individuo, en alguna de las dos posiciones, son “derrumbar las barreras, manteniéndose fiel a sí mismo, a su dignidad y a su carácter positivo”.
Llevando mesas de billar pool
Junot Díaz suele leer media hora antes de empezar a escribir, una especie de manía que le ayuda a entrar en un estado especial, en el ánimo necesario para la escritura. Quizá sea esa la razón por la que se demoró casi diez años para producir una novela de 309 páginas. “Haces lo que puedes” es la evasiva que siempre contesta el escritor ante las preguntas que formulan los periodistas por su demora. “¡Escucha! soy un escritor que tuvo la casualidad de ser dominicano e inmigrante, lo cual no me hace necesariamente un experto en ninguna materia de la inmigración”, replica cuando lo acosan en busca de cifras y balances sobre la diáspora latinoamericana. Pero tal vez no todo sea culpa de los periodistas, quienes han visto lo comprometido que ha sido el dominicano desde cuando empezó a figurar con sus narraciones cortas, con la defensa de esta comunidad que está regada por todo el mundo.
Si el tema de la vida de haitianos y dominicanos en los suburbios de New Jersey seguirá siendo la base de su narrativa y si podrá, después de hacerlo en sus dos primeros libros, seguir extrayendo historias de la realidad del gueto, será algo que habrá que constatar en su próxima producción, en la cual ya trabaja y de la que no revela ningún detalle. Lo que sí se puede anticipar es que seguirá escribiendo en inglés, el idioma en el que se siente más cómodo, seguirá dándole un lugar en sus novelas al uso del spanglish y no abandonará el uso de regionalismos dominicanos, detrás de los cuales se esconden grandes historias y que forman parte ya de su estilo personal. “Cada vez que un fukú levanta sus muchas cabezas, sólo hay una manera segura de detener la maldición, de detener que el desastre te envuelva, una sola palabra: zafa”.
Es ese estilo el que sorprende a quienes no lo conocen, porque los que lo han leído y se han adentrado algo en su vida saben que a pesar de que Junot Díaz lleva cinco años dictando cátedras de escritura creativa en el prestigioso MIT y parece, por su atuendo, un sofisticado hombre de negocios, pasó la mayor parte de su vida lavando platos, bailando merengue y llevando mesas de billar pool a sus adinerados compradores... también leyendo libros prestados de la biblioteca pública cercana a su casa, si no, ¿de dónde habría salido tanto genio?
Pero su procedencia y su coloreada vida de adolescencia no es garantía de éxito y el escritor dominicano lo sabe: “Tener una vida difícil o una privilegiada no cambia el simple hecho de que tienes que trabajar increíblemente duro para escribir un buen libro. Igual si tienes unas manos callosas o no”.
Y debe dar igual, pues ahora que tiene una vida más de aviones y de Blackberrys, ahora que le teme más “a los republicanos que al fukú” —la mítica fuerza vengadora de su tierra—, ahora que la vida parece más liviana, el escritor dominicano sigue escribiendo grandiosas novelas.
El escritor se presentará durante el Hay Festival en el Claustro de Santo Domingo el sábado 31 de enero, de 10:30 a 11:30 a.m.