Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

La máscara de los periodistas

Una costumbre que tuvo su apogeo en el siglo XX y que ha perdido fuerza en los últimos años.

Steven Navarrete Cardona

09 de enero de 2014 - 05:50 p. m.
PUBLICIDAD

Atrapado en los fascinantes relatos de la agitada vida de José Joaquín Jiménez, Ximénez, el personaje principal de la última novela de Andrés Ospina que lleva por título el mismo nombre, caí en cuenta de que el uso de pseudónimos en el periodismo colombiano ha disminuido. En nuestro país, su uso tiene un origen histórico. Vale la pena resaltar algunos ejemplos destacables, como el de Soledad Acosta de Samper, que en el siglo XIX se valía de algunos, como Renato y Aldebarbarán (Muñoz, 1959) para poder publicar sus críticas literarias en un mundo impreso dominado por hombres.

En el siglo XX, con la masificación de los medios de comunicación, su uso era un símbolo de distinción, un condimento para la labor del periodista. Por ejemplo, Luis Eduardo Nieto Caballero hacía gala de un extenso listado: Faustina, Ángel Díaz, Críspulo Algarra, El Abate Tranquilo, El Duendecito, El Cronista Espejo, El Nuevecito Escritor, Higinio Pedraza, Isabel Pardo de Casas, Juanito el Caminador, Lenc, Matilde Infiesta, Rob Roy, Timonel de Carcajona, Tiberio Aguirre, Un Amigo del Gatico, Uno Que Escribe (Muñoz, 1959). Algunos de los periodistas más consagrados se hicieron a un pseudónimo por necesidad y otros, por gusto. Entre los más célebres encontramos a Septimus, de Gabriel García Márquez; Pangloss, de Antonio Panesso; Ulises, de Eduardo Zalamea Borda; Calibán, usado por Enrique Santos Montejo; Swann, de Eduardo Caballero Calderón; Klim, de Lucas Caballero Calderón; Ayax, de Roberto García-Peña, y D’Artagnan, de Roberto Posada. Para un habitual lector de prensa nunca fue un secreto quién hacía uso de los mismos.

Aunque se creería que el pseudónimo siempre es equiparable al anonimato, el abogado argentino Juan Semon, en un estudio sui géneris sobre las implicaciones jurídicas del uso del pseudónimo en Argentina, titulado El derecho al seudónimo, afirma que no. Para Semon, “el anónimo es la carencia de un nombre cualquiera. El seudónimo, en cambio, es siempre un nombre, aunque un nombre distinto del nombre civil (Semon, 1946)”.

Read more!

La relación con el pseudónimo es tan intrincada y personal que es difícil de teorizar. No se elige uno de la noche a la mañana. Existe una relación intelectual con él y no se puede concluir, a partir del mismo, la personalidad de quien lo usa. Parece entonces una aventura en la que se trata de mostrar una identidad que no corresponde a la realidad, y aun así sin renunciar a lo escrito, a las palabras plasmadas en el papel para siempre, a la inmortalidad. Su origen, en su mayoría, proviene del mundo de la literatura y alude a personajes de las obras de Shakespeare, Marcel Proust, Alexandre Dumas, Voltaire y Virginia Woolf, como en el caso de Calibán, Swann, D’Artagnan, Pangloss y Septimus, respectivamente. También los ha habido salidos del universo cultural de Grecia o simplemente surgidos de un juego de palabras.

Semon afirma que la costumbre de usar pseudónimos sólo tomó verdadero impulso y difusión con la invención de la imprenta. Los motivos para su empleo eran múltiples, afirma: “Unas veces fue el deseo de reemplazar un nombre civil por otro que reunía en mejor forma las condiciones de sonoridad y eufonía, o de disfrazar nombres vulgares o que se prestaban al ridículo; otras veces, la necesidad de evitar inconvenientes particulares o generales que debían temerse de la publicación de ciertos trabajos bajo el verdadero nombre de su autor”.

Read more!

Esta es otra de las razones que han hecho que el pseudónimo en el periodismo desaparezca, debido a que la responsabilidad de las palabras expresadas recae en el medio de comunicación y en el editor en jefe o el coordinador de opinión (cuando no se tiene certeza de quién está detrás del mismo), resultando incómodo defender las ideas de otros. El pseudónimo también se ha usado de forma jocosa cuando se le da vida a un personaje de manera colectiva, en el arte de escribir sobre algo diferente cada ocho días.

Muchos periodistas en la actualidad, en lo que a temas de opinión se refiere, han decidido prescindir del pseudónimo, tanto en su forma de tradición intelectual como en la más común de publicar sin ser identificados. Cada uno pone su rostro y su nombre para sustentar lo que ha escrito; amparados, por supuesto, en el pacto de San José de Costa Rica y en la Constitución Política de Colombia, que garantizan la libertad de prensa y opinión.

¿Por qué han desaparecido los pseudónimos? “Porque a medida que disminuían las censuras morales, religiosas, sociales y políticas, se hizo innecesario el uso de la máscara. Al desaparecer el misterio de la identidad, dejó de ser intrigante saber quién estaba detrás de esa máscara”, dice Óscar Collazos.

“La práctica del pseudónimo está en desuso en la actualidad porque existen cada vez menos periodistas ‘toderos’, esos que hacían notas en la sección política, en la económica, en las sociales y hasta eran los inspiradores del horóscopo y de las respuestas de los consultorios sentimentales”, opina Myriam Bautista.

No ad for you

Consultamos a cinco personalidades de larga data en el periodismo y la literatura, preguntándoles cuáles pseudónimos les hubiera gustado usar y cuáles han utilizado durante su trayectoria.

Daniel Samper: “No sé qué pseudónimo me habría gustado usar, pero puedo decirle que he usado muchos. Algunos apenas unas pocas veces: El Fantasma, Rogelio Rojas Rojano y 039, en notas deportivas; S y S, Hilario Guanipa, Británico y Siervo Joya, como pseudónimo colectivo con otros autores; Susana Contesti, en España; Coronel Javier Moreno, en temas culturales”.

Enrique Santos Molano: “El pseudónimo que me gustaría usar es el de Aristipo, en homenaje al gran filósofo cirenaico. Entre los que recuerdo, desde 1963 hasta hoy: Caney, Pánfilo, S y S (con Daniel Samper), Hilario Guanipa (con Daniel Samper), Calibán II, Enrique Santillana, Juan Amarillo y Tirso de Molano”.

Lucy Nieto de Samper: “En un principio, por timidez, firmé entrevistas como Lina, nombre de la menor de mis hijas”.

Óscar Collazos: “Alguna vez usé un pseudónimo, pero fue para presentarme a un concurso de novela. Utilicé Sísifo, por mi admiración a la obra de Albert Camus. Hoy lo repetiría, si fuera necesario. Es la mejor representación de un destino humano incompleto, abocado a empezar de nuevo, a devolverse antes de llegar a la cima. Si se volviera a poner de moda el uso del pseudónimo, sería para jugar el juego de las identidades múltiples. No crea: a veces quisiera publicar un libro con pseudónimo para vivir la experiencia de ser otro”.

No ad for you

Juan Gustavo Cobo Borda: “El único pseudónimo que he utilizado es el de Groucho Marx cuando colaboraba en Cromos. En ese entonces era dirigida por Margarita Vidal, quien me dio una columna para escribir sobre restaurantes y cocina, ya en aquellos remotos tiempos”.

Por Steven Navarrete Cardona

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.