Un detalle para tener en cuenta antes de abordar la nueva biografía de Gabo: El Nobel colombiano reconoció a Gerald Martin como su “biógrafo oficial” sólo 16 años después de que el investigador británico le anunciara, una noche decembrina en La Habana, que iba a dedicarse a escudriñar en su vida personal y literaria. Este 15 de octubre, casi diecinueve años después de aquel primer encuentro, los amantes de la historia de la literatura en Colombia podrán disfrutar de 762 páginas en las que la editorial Random House Mondadori, bajo el sello Debate, resumió el trabajo de 2.500 páginas de “El tío Yeral”, como lo terminaron bautizando todas las vertientes de la familia García Márquez.
Se trata de un dispendioso trabajo documental y testimonial, entretenido de leer pero en el que, a pesar de dedicarle “un cuarto de vida”, hay hoyos negros —el propio Gabo ya le anunció fe de erratas—. También revela una carga de emotividad construida a partir de los encuentros del maestro de Aracataca y el londinense, que alcanzan su punto culminante cuando el novelista llama a su biógrafo y le confiesa que sufre del mismo cáncer que Martin padeció. Amistad y respeto versus distancia y rigor. Una frontera que el lector tendrá que trazar y de la que no saldrá defraudado.
Martin, experto en narrativa latinoamericana, profesor de Estudios Caribeños en la Universidad Metropolitana de Londres y catedrático de Lenguas Modernas en la Universidad de Pittsburgh, contestó desde aviones y aeropuertos una extensa entrevista para El Espectador, teniendo en cuenta lo que significa este diario en la vida de Gabo, etapa a la que le dedicó el capítulo “El reportero estrella”.
¿Quién es Gerald Martin en carne y hueso?
Un londinense nacido (y bombardeado) al final de la Segunda Guerra Mundial; un británico mestizo, mitad inglés y mitad irlandés, mitad protestante y mitad católico (estoy hablando, obviamente, de mis padres); profesor, escritor, viajero, novelista manqué (aún hay tiempo) y, la intuición me dice, latinoamericano en alguna existencia anterior.
¿Cómo lo marcó, en lo profesional y personal, haber dedicado 17 años de su vida a reconstruir la vida de García Márquez?
Me sorprendió (me siento más sorprendido con cada día que pasa —¿cómo puedo haber dejado que esto sucediera?—), me cansó (pero espero recuperarme), me maravilló (es la parte que dura —qué vida más extraordinaria la de García Márquez, qué hombre más trabajador y genial, qué continente más milagroso—). Y muchas etcéteras.
¿Cuál fue y dónde leyó el primer libro de Gabo y cómo fue el momento en que decide convertir esa vida en un libro de gran aliento?
Fue en la Ciudad de México en 1968 en pleno movimiento estudiantil y crisis nacional y fue, desde luego, Cien años de soledad. Me di cuenta en seguida de que era la novela de América Latina (la enseñé por primera vez en mi universidad inglesa sólo nueve meses después). Si me hubiera atrevido me habría decidido en seguida, pero no me decidí hasta que mi editor me lo propuso en 1990.
¿Cómo describe la transformación de Gabo, como escritor y como hombre, entre 1990 y ahora?
Hasta 1997 seguía la misma trayectoria de hombre literario y activista político, sólo que políticamente estaba a la defensiva (como muchos otros) después de la caída del Muro. En 1997 se enfermó y, después de haber sobrevivido, tuvo que enfrentarse a la idea de completar su obra (con sus memorias y con Memoria de mis putas tristes) en vez de pensar en un futuro infinito (como el del narrador de Putas tristes). Si no hubiera sido por la enfermedad creo que habría seguido desafiando a la vejez sin tomarla mucho en cuenta.
¿Qué encuentra en este libro un lector, distinto a lo que ya hemos leído en ‘El viaje a la semilla’, de Dasso Saldívar, o en ‘Vivir para contarla’?
El libro de Gabo termina en 1955; el de Dasso en 1967; el mío en 2007 (con notas a pie de página que se refieren a 2009). Eso aparte de que mis interpretaciones son muy diferentes, creo (imposibles de resumir en unas pocas frases), y, a pesar de lo que han dicho ciertos críticos, y a pesar de mi enorme admiración por García Márquez, yo diría también que la mía es una biografía genuinamente crítica.
¿Qué lugar le otorga a Gabo en la historia de la literatura universal?
Yo personalmente creo que es comparable a los escritores muy grandes y casi intemporales: Rabelais, Cervantes, Defoe —es decir, a los escritores de épocas anteriores a la nuestra— además de ser equiparable a Joyce, Faulkner, Woolf, Proust, etc., en la época moderna. No todos comparten mi opinión —pero muchos sí—.
¿Desde el punto de vista del proceso de la creación narrativa de Gabo, qué aporta su libro a diferencia de ‘Historia de un deicidio’, de Vargas Llosa?
El libro de Vargas Llosa, que admiro enormemente, sólo tiene un breve bosquejo biográfico (y él empieza con la llegada del padre a Aracataca mientras que yo empiezo con el regreso de la madre) y su concepción de la escritura es muy romántica; a mí el romanticismo me encanta —de ahí mi amor a América Latina— pero creo que los biógrafos tenemos que ser también un poco materialistas.
Si Macondo es una clave universal de la obra garciamarquiana, ¿cuál clave o claves añadiría usted después de estudiar 80 años de vida del escritor?
En Macondo viven el famoso Coronel y también la célebre Mamá Grande (son abuelos, padres, madres, etc.), además de una serie de putas tristes y mamagallistas. En otras esferas histórico-literarias existe un gran general de trascendencia continental y un comandante caribeño con pretensiones planetarias.
Luego de entrevistar a más de 300 personas y revisar documentos, ¿cómo define al Gabo “marido de Mercedes” y al Gabo amigo?
Es un hombre leal.
Usted alcanza a profundizar en el tema de la salud del maestro después del cáncer. ¿Él está todavía en situación de leer esta biografía o los problemas de memoria, que él mismo reconoce, ya no se lo permiten?
Hace más de quince años que García Márquez se queja en sus entrevistas de los problemas de memoria (nos pasa a casi todos después de los 60 años) y se sigue quejando. Para él es más grave que para otros porque él ha vivido, en cierto sentido, de su memoria. Pero sí, ha leído el libro y esto para mí fue muy importante.
¿Cuál fue la última vez que usted habló o se encontró con Gabo y qué balance final le hizo de este libro?
Me encontré con él en enero y no me dio ningún balance final pero sí dijo que sabía que a pesar de “ciertos errores” y “algún desacuerdo” el libro había sido investigado y escrito de buena fe. También dijo que se alegraba mucho de verlo terminado “porque yo siempre había querido ser famoso”.
¿Cómo asimiló él y su esposa historias privadas que se cuentan en el libro como la de Tachia Quintana, que fue novia de Gabo?
No sé. Me imagino que habrán aceptado que ciertas experiencias han sido tan influyentes —o incluso determinantes— a la hora de componer sus libros que a veces la discreción tiene que sufrir cierta elasticidad. Pero también pienso que obré con respeto y responsabilidad y que ellos lo saben. Por otra parte, ellos y Tachia (para referirme a tu ejemplo) siguen siendo excelentes amigos.
¿Me puede enumerar un balance de cualidades y defectos del Premio Nobel que usted haya visualizado a través de estos años?
¡Relee el libro y hazlo tú!
¿Cree que no cayó en la idolatría del mito literario? ¿Qué tan crítico pudo ser con el Nobel?
Bueno, algunos críticos ingleses y norteamericanos piensan que fui muy “deferente” y demasiado “admirativo”; algunos colombianos piensan que soy “amarillista” y que tengo “instintos malsanos”. No puedo negar que mi visión de García Márquez hombre es infinitamente más positiva ahora que hace veinte años pero me pregunto quién, sabiendo lo que sé, podría sacar otras conclusiones. (!Veremos!). Te aseguro que Gabo no piensa que yo lo idolatré.
Finalmente, ¿para qué cree que le sirvió a Gabo su lado político, que según su libro fue más protagónico de lo que se creía?
Hizo lo que pudo. Cumplió con su deber como él mismo lo concebía. Más concretamente, consiguió la liberación de muchos (miles de) prisioneros políticos y algo contribuyó a la pacificación de Colombia. Ayudó a evitar la invasión de Cuba. Demostró que no todos los socialistas se vuelven conservadores en su vejez. Y también (y pienso que esto es muy importante) que las palabras también son cosas, y cosas políticas, y que los escritores también son personajes reales y concretos, y que sus libros tienen una dimensión histórica, política y moral que no tiene por qué existir en alguna zona etérea llamada “literatura” sino en el reino de este mundo donde también existimos y sufrimos todos nosotros.
¿Le sirvió más a Fidel Castro ser amigo de Gabo que viceversa?
Indudablemente. Gabo ha pagado un precio muy alto por esa amistad. Llamarlo “cortesano” y “lacayo” me ha parecido siempre un insulto gratuito y un poco tonto. El autor de Cien años de soledad no tenía necesidad de la amistad de Fidel Castro.
¿Qué lo sorprendió de la etapa de su vida como periodista de El Espectador?
Me sorprendió —entonces y después— la valentía de los dueños y periodistas de El Espectador que, probablemente, también le inspiró valentía a Gabriel García Márquez. También me sorprendió su increíble capacidad de aprovechar las oportunidades que la vida le iba brindando —en este caso de convertirse de la noche a la mañana en uno de los mejores reporteros de América Latina en un país (con perdón) bastante conservador—.
¿Cómo define el papel de Mercedes Barcha en la vida de Gabo?
Lo arraigó. Sabía de dónde venía y le garantizaba, pasara lo que pasara, esa experiencia compartida. A él todo lo sorprendía, a ella no le sorprendía nada. Le garantizaba el espacio para escribir. Además, ha seguido siendo un misterio —productivo— para él desde hace cincuenta años. Esposa. Musa. Portera. Consorte. Caja de resonancia. Mujer (con mayúscula).
¿Un documento que lo haya sorprendido en esta investigación de 17 años?
La carta que García Márquez le escribió a Carlos Alemán en 1950. La cito en el libro. Una piedra de Rosetta.
¿Y un testimonio?
No puedo: hay tantos.
¿Una anécdota inolvidable?
Al mero comienzo de mi investigación estoy en la habitación donde supuestamente nació Gabito en la casa del coronel Márquez en Aracataca y llega un hombrecito vestido como Sancho Panza. Le pregunto si conoce a García Márquez y me dice: “No, yo no conozco a García Márquez pero él me conoce a mí”. Resulta ser (después de cinco cervezas) el compositor de Te olvidé, el himno del Carnaval de Barranquilla. Ahí empecé a comprender la relación entre Gabriel García Márquez y la cultura popular de su país (relación única, posiblemente, desde la muerte de Miguel de Cervantes) —y también la manera increíble (y un poco aterradora) en que, si uno estudia a García Márquez, “empiezan a pasar cosas”—.
¿Cuál fue el momento más difícil y por qué?
La Habana, 22 de diciembre de 1990. Me dice Gabo: “Tú no puedes ser mi biógrafo; no te gusta El otoño del patriarca, lo cual quiere decir que no me comprendes a mí”. Alcancé a balbucir: “Lo siento mucho. Pero a mi esposa le encanta el libro”.
¿Y el más dichoso?
Dos horas después cuando, en la puerta de su casa (no me había dado ningún indicio) me dijo: “OK. Pero no me hagas trabajar”.
¿Cuáles son las fortalezas y las deficiencias de su biografía?
Es demasiado pedir. ¡No me hagas trabajar!
¿Cuál es su libro preferido de Gabo y el que menos le gusta?
El que más, Cien años de soledad (después El coronel; después El general en su laberinto). El que menos, Memoria de mis putas tristes.
¿Visualiza en la literatura colombiana o latinoamericana una figura capaz de hacerle sombra a la de Gabo?
No. Lo dijo muy bien Carmen Balcells. El fenómeno de García Márquez es irrepetible. Esto pasa sólo una vez en cien años.
¿Cuántos libros imprimió la editorial británica Bloomsbury? ¿Cuántos se editaron en español?
En cuanto a Bloomsbury, no sé. Pero me consta que se vendieron todos. Ahora está en reimpresión. En español se están imprimiendo unos 60.000.
En el libro usted promete una “biografía de la familia”. ¿Cuándo la terminará?
En cinco años. O el día anterior a mi muerte.
La versión de Vargas Llosa
Historia de un deicidio es el libro en el que el escritor peruano Mario Vargas Llosa exploró a fondo la obra de su entonces amigo García Márquez. Tuvo una edición única de 20 mil ejemplares en 1971. Un fragmento: “Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. Éste es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales porque no acepta la vida y el mundo tal como son (o como cree que son). La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida; cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad. Todos los novelistas son rebeldes, pero no todos los rebeldes son novelistas. ¿Por qué? A diferencia de los otros, éste no sabe por qué lo es, ignora las raíces profundas de su desavenencia con la realidad: es un rebelde ciego. La demencia luciferina a que lo empuja su rebeldía —suplantar a Dios, rehacer la realidad—, el carácter extremo que ésta adopta en él, es la manifestación de esa oscuridad tenaz”.
Otras dos biografías
El viaje a la semilla (Alfaguara, 1997) fue la ambiciosa biografía de Gabo escrita por el periodista colombiano Dasso Saldívar, quien recibió elogios de la crítica y ahora reside en España.
En 2000 se rodó La mirada de los otros, la versión en documental de la periodista Silvana Paternostro. Para realizar una biografía oral viajó durante tres meses por diferentes ciudades latinoamericanas entrevistando a amigos, parientes, vecinos, escritores, periodistas y compañeros de juerga del Nobel. Incluye desde sus primeros pasos en Aracataca hasta su presente como celebridad, las noches de rumba, el enojo de algunos vecinos, las escenas más agridulces que depara la fama, la fascinación que despiertan en él los presidentes, sus conversaciones sobre Faulkner con Bill Clinton, su amor por las prostitutas y las madrugadas en que debía empeñar el manuscrito de Cien años de soledad como parte de pago.