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Aun así ella cumple su jornada diaria de regar las plantas y dar de comer a los animales. Una mañana no se levanta y el nieto con quien vive sale corriendo por el médico. Cuando lo trae la abuela ya tiene los labios morados y está fría. No hay mucho aspaviento. El nieto va hasta el pueblo más cercano a certificar oficialmente la muerte. El médico, pesaroso, sale por un ataúd de beneficencia y cuando regresa encuentra la puerta cerrada. Toca, ignorando que el nieto está todavía en el pueblo. Quien abre la puerta es la anciana. El médico la ve y cae desmayado, ella trata de reanimarlo, pero cada vez que él despierta ve que quien tiene en frente es la difunta y se vuelva a desmayar. Tirado en el piso empieza a ponerse morado, deja de respirar y muere. La anciana lo pone en el ataúd que él había traído, en el que es enterrado al día siguiente. Seis años después ella muere –esta vez sí para siempre– por alguna enfermedad que nada tenía que ver con la catalepsia que padecía.
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